Mística sordidez exquisita

El barítono siberiano Dmitri Hvorostovsky murió el 22 de noviembre, a los 55 años, debido a complicaciones relacionadas con un tumor cerebral que se le diagnosticó en 2015
El barítono siberiano Dmitri Hvorostovsky
El barítono siberiano Dmitri Hvorostovsky (ria.ru)

Dmitri Hvorostovsky interpreta bajo la batuta de Valery Gergiev —al lado de Reneé Fleming (Tatiana) y Ramón Vargas (Lenski)— el papel protagónico de Eugene Oneguin, la dramática ópera de Chaikovsky basada en la novela de Pushkin, con el escenario cubierto de hojas secas, y su tormentoso canto imparable, cuyos colores remiten a la visión nocturna de la sangre, se proyecta desde su ágil, veloz, despiadado cuerpo gigante  (1.93 m. de estatura) y el efecto musical es de una brutal contundencia que resulta legendaria al instante. “Eres la bestia viva más grande del teatro”, le dice un patrono del MET —calvo hombre viejo de origen austriaco y levita—, durante el coctel posterior a la función; Dmitri Hvorostovsky (de 44 años) lo ignora con una media sonrisa desinteresada y dice que en la última escena no entiende a Oneguin, que él nunca ha estado en esa situación: arrepentido, al borde del llanto, rogándole amor a la mujer (Tatiana) que alguna vez despreció.  Y las 15 o 16 personas alrededor (patronos, afiliados, músicos, prensa especializada) ríen: creen que es una broma, pero Dmitri Hvorostovsky remata con lenta voz sombría: “Si, como ustedes afirman, Chaikovsky escribió este papel para mí, se equivocó de final; yo nunca me doblego”. Reneé Fleming, soprano estadounidense, se mezcla en el grupo y propone un brindis por el inicio de una nueva temporada operística en el MET; todos levantan sus copas y la cínica arrogancia del barítono siberiano se disuelve en burbujas de champaña.

La escena —acontecida el 9 de febrero de 2007 en NY— regresa a mí ahora que Dmitri Hvorostovsky está muerto. Regresa lenta, melancólica y detallada. Lo recuerdo beber agua, mecerse tres veces con la mano izquierda su largo y rizado cabello blanco e irse en silencio antes de la cena sin haber encarado con seriedad una pregunta que le formularon recurrentemente durante el pre copeo (“¿qué le has aportado a la ópera?”) y evadió una y otra vez con un desprecio entre pueril (“portadas en revistas de modas”) y desafiante (“si te lo digo, no podrías entenderlo”).

Diez años después ensayo una solución posible a esa interrogante que quedó abierta en esa noche de fiesta: Dmitri Hvorostovsky sembró la sordidez de la poética rusa en el alma de los villanos italianos; esa es su aportación a la ópera, que se enmarca en una estética romántica (el 90% de los roles que abordó fueron escritos durante el siglo XIX) de marcado sesgo verdiano.

Salvo Iago, los villanos de Verdi tienden a ser simples en su maldad y legibles en sus pasiones; ahí están, por ejemplo, Rigoletto y Giorgio Germont, que en una dimensión literaria —la del libreto— resultan transparentes en sus dobles intenciones y burdos mentirosos a grados casi infantiles. Y así habían permanecido durante 135 años hasta que, a principios de los noventa del siglo XX, los cantó Dmitri Hvorostovsky, quien les cambió el color de sus ruidos y gestos: hizo aparecer sombras ahí en donde solían habitar las certezas.

Mientras existieron en Dmitri Hvorostovsky, estos personajes encasillados por la tradición como rígidos padres vengadores, ya nunca más fueron los mismos: de pronto existieron más allá de los hijos y en sus almas se abrieron grietas hacia vidas secretas —vidas delirantes, vidas frenéticas, vidas incomprensibles en su decadencia— que les descubría el canto de un barítono cuyo sonido provenía de una tradición lírica, la de Gógol, Turgenev y Tolstoi, que aterra, excita y repele por su poética de mística sordidez exquisita.