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Gibrán Bazán:“Tendría que haber nacido en los años cincuenta”

Entrevista

Lucien (J. C. Montes–Roldán), un solitario librero francés, sobrevive junto a un enano amante del jazz y las mujeres
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Atrapado en el duelo por su mujer, cree poder regresarla a la vida mediante un acertijo matemático. En El buquinista, el director mexicano Gibrán Bazán presenta no solo un homenaje al cine de las décadas de 1960 y 1970, también plantea una reflexión sobre el duelo y la melancolía.

¿El buquinista es una película que nace de la nostalgia?

La historia parte de un cuento que escribí en 2001. Desde pequeño me han gustado las librerías de viejo. Quería recuperar su universo para dárselo a un migrante. Los habitantes de la Ciudad de México olvidamos que esta metrópoli está constituida por españoles, argentinos, franceses... En el cine mexicano predomina el localismo cuando la realidad es que esta noción ya está dispersa en las culturas que nos integran. 

Pero en su cine hay una continua revisión del pasado.

Provengo de la cultura análoga: la televisión en blanco y negro, las primeras videocaseteras, los discos de vinil. La mayoría de mis libros vienen de las librerías de viejo. Me gustan mucho las décadas de 1960 y 1970. Quizá me equivoqué de época para nacer.

Hay también un culto al objeto.

Proviene de lo mismo. A quienes formamos parte de mi generación nos cuesta trabajo un mundo digitalizado. Ahora tenemos Netflix, pero cada vez somos más personas las que extrañamos el disco o el DVD. La pérdida del soporte físico nos deshumaniza. Hay millennials que nunca han abierto un periódico en papel. Vivimos una etapa de transición quién sabe a qué. 

Gracias a esta digitalización es más fácil hacer cine.

Cierto, pero al mismo tiempo el establishment se las ha ingeniado para que el cine siga siendo caro. Ahora es más barato conseguir una cámara, pero la postproducción es muy costosa.

¿Por qué hacer de El buquinista una película de personaje?

Quería plasmar una voz muy profunda en el interior, casi esquizofrénica. Cuando hablamos con nosotros mismos nos relacionamos con una voz presente e invisible.

Recurso, por cierto, muy literario.

Sin duda, y tiene que ver con el cine que hizo Truffaut, en particular con El hombre que amó a las mujeres. Crecí con el cine de la Nouvelle Vague. Vivía cerca del cine Bella Época e iba casi todos los días a ver al menos una película. 

¿Cómo concilió el uso de las imágenes con el monólogo del personaje?

La imagen tuvo un peso abrumador. Hicimos 1400 pequeños cortes. Ilustramos cada palabra con una pequeña toma. Fue un trabajo de edición brutal.

Hay una estética que remite a los años sesenta y setenta. 

Quería hacer una película antigua en un presente hipertecnologizado. Insisto, tendría que haber nacido en los años cincuenta. 

¿La presencia del jazz obedece al mismo homenaje?

El jazz, el vino, el cine de autor y los libros forman parte de la misma bohemia. Usar la música original de Thelonius Monk habría sido caro, pero sobre todo quería aportar referencias menos explícitas y para ello me encontré a Giovanni Buzzurro, un enorme músico siciliano que toca con Lila Downs y quien junto con Fernando Mesa trabajó las ilustraciones de jazz. Para como están las cosas, El buquinista no debería existir. 

Aunque lo vintage está de moda en ciertos círculos. 

Supongo que ahí estará el nicho de la película. Me gustaría llevarla a Europa; además, forma parte de una trilogía de filmes coproducidos por instancias europeas dado que aquí no hemos encontrado apoyos. Junto con otros cineastas estoy apelando a que proyectos que tengan apoyos adelantados de otros países sean apoyados por ley por Imcine.



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