Viaje al centro de la Galaxia

Desmetáfora
Un agujero negro súper masivo donde el Universo que observamos se desconecta
Un agujero negro súper masivo donde el Universo que observamos se desconecta (Especial)

El viaje comenzó hace 26 mil años y ha terminado en forma dramática. El centro de la Galaxia no es un lugar hospitalario. Esa barra alargada y densa en cuyo centro se encuentra una intensa fuente de ondas de radio es enorme, pero el centro mismo al que llamamos Sagitarius A* ocuparía el espacio que describe la órbita de Mercurio alrededor del Sol. Si lo tuviéramos como estrella, desde la Tierra veríamos su resplandor mortal a la distancia que vemos hoy al planeta más interior de nuestro acogedor sistema planetario.

Para llegar al centro de la Galaxia, la longevidad necesaria y el transporte insólito es cada día más probable. Hemos simplificado en archivos informáticos todo lo que somos. El formato de ceros y unos que el sistema binario nos ofrece para almacén de información nos da la opción de biblioteca interminable para nosotros que somos apenas una corta lista de instrucciones. La naturaleza humana se puede reconstruir una vez que tenemos 5 gigabytes, quizá menos, de códigos genéticos, registros epigenéticos, historia y desarrollo sicosocial. Podemos reunir las claves en un haz de luz que viaje al interior de la Galaxia. La reconstrucción posterior reclama de los elementos, las condiciones y un proceso aún por descubrir pero imaginable para la literatura fantástica. Viajar como luz es la  única manera de llegar tan rápido, en tan solo 26 mil años, al centro de la Galaxia.

Hay que dejar la franja transversal Orión que nos aloja, esa saliente que se extiende entre los brazos espirales de Perseo y Carina–Sagitarius. Hay que pasar por un costado de la nebulosa Águila a pocos años luz de los portentosos Pilares de la Creación, atravesar las ramificaciones Scutum–Crux y Norma para llegar hasta el centro ovalado, poblado de estrellas, nubes de gas y exóticos astros que se forman y destruyen.

En el camino se debe evitar la distorsión que los cuerpos masivos pueden  provocar al improbable haz binario. Las estrellas de neutrones son objetos muy pesados. Son el resultado del colapso de las estrellas cuando en estas se ha agotado el combustible de su núcleo. Su nombre delata la composición de este peculiar objeto hecho de neutrones. Al aplastarse se vuelve tan denso que hasta los electrones se fusionan con los protones para formar neutrones. Es como si los átomos se compactasen eliminando todo posible vacío entre sus componentes. Lo que queda parece, así, un inmenso núcleo atómico. 

Cuando estas estrellas giran vertiginosamente emiten pulsos de radiación y por eso se las llama pulsares. Palpitan en el cielo como gigantescos corazones que baten sin parar. Un pedacito de estrella de neutrones del tamaño de un terrón de azúcar pesa alrededor de 100 mil millones de kilogramos. Los astrónomos han determinado que estos cuerpos de inusual materia tienen una corteza sólida formada de hierro con un espesor de entre uno y dos kilómetros.

En el cielo que atraviesa la mirada está escrito nuestro destino; aquí podemos leer el pasado y el futuro de todo lo que existe como un simple artificio de la estadística. Basta con mirar atentamente el desarrollo de otros para saber qué pasará con nuestro Sol y sus planetas. En este caminar al centro de la espiral láctea lo más abundante son las “enanas blancas”. También la pequeña estrella que hoy nos alumbra terminará en un objeto compacto del tamaño de nuestro planeta. Será una “enana blanca” más en el aluvión que deposita el tiempo.

Un trozo del mismo tamaño que el terrón de azúcar para el café pesará solo un par de toneladas. En una enana blanca, la fuerza de gravedad típica es 100 mil veces mayor que en la superficie de la Tierra.

Uno de los aspectos que desde su descubrimiento más ha fascinado a los investigadores es el hecho de que las enanas blancas son calientes al inicio de su formación pero se van enfriando durante su vida de manera tal que el elemento que lo compone en su interior se empieza a cristalizar. Una de estas estrellas llamada BPM 37093A, descubierta en 2003 cerca de la constelación Centauro, parece estar formada de carbono cristalino. Según los cálculos de los astrónomos el astro debe pesar unos 2,268 billones de trillones de kilogramos, lo que representa muchos quilates de diamante: a tan solo 54 años luz de nosotros tenemos un diamante con 4000 kilómetros de diámetro. 

Cuando por fin alcance el centro, se encontrará con Sagitarius A*, un gigantesco agujero negro con una  masa 4 millones de veces más grande que la del Sol. Acercarse a él no será fácil, es preciso alinear bien y ajustar las coordenadas para dar con tan pequeño objetivo en la vastedad del espacio. Si logra acercarse lo suficiente entrará en su campo de fuerza gravitacional y entonces comenzará a caer, primero lentamente, para que después su velocidad aumente en forma creciente. Pronto estará girando envuelto en la luz que rodea a un inmenso disco negro. Cuando cruce el “horizonte de eventos” no se percatará de que ha traspasado el umbral más dramático y tajante del universo. Desde ese momento ya no hay vuelta atrás. Usted desaparecerá de nuestra vista porque la luz que antes se reflejaba en su estructura, dibujando en nuestros ojos la configuración de su cuerpo, ya no podrá rebasar esa línea imaginaria que devora el brillo de las cosas. Para usted la posibilidad de un retorno ha desaparecido. Regresar no es más una opción en su futuro. Se encuentra ya dentro del agujero negro. 

El horizonte de sucesos que acaba de rebasar es lo que define el adentro y el afuera en el último de los escenarios cósmicos. Esto es la  separación entre lo que somos y lo que no sabemos que es. A partir de ese momento, su viaje se prolongará por 10 segundos más mientras usted sigue cayendo. Durante ese tiempo recorrerá una distancia de 3 millones de kilómetros y tendrá la oportunidad de ver cómo es un agujero negro por dentro. Un paisaje desconocido estimulando los sentidos de su cuerpo en extinción. Un último destello en la conciencia aislada, en el vapor de un pensamiento y en un instante que desaparece. Ha llegado al centro mismo del misterio donde todo acaba en una singularidad matemática sin extensión ni dimensiones.  

Por fin tendrá ante sus ojos la cualidad central del punto indiviso, la esencia de su naturaleza, la propiedad única de ser albergue de todas las cosas, de todo lo que ha sido y de todo lo que será. Su viaje ha terminado.