Un genio que cayó en la tierra

Memoria
David Bowie
David Bowie (Jimmy King)

A poca gente le causó extrañeza que David Bowie rechazara los títulos de Caballero Comendador y Caballero de la Orden del Imperio Británico en 2000 y 2003, respectivamente, ya que, para ser honestos, no era fácil imaginarlo compartiendo la cepa nobiliaria con personajes reconciliados con la (alta) sociedad, digamos Elton John, Paul McCartney o Sir Mick Jagger. Los genuinos fans del alter ego de Ziggy Stardust sabían que le importaban un comino las credenciales de ralea y que su sentido de la vida se cifraba, esencialmente, en la exaltación de las más sutiles coordenadas del espíritu: “Nunca aceptaré algo así. Realmente no sé para qué sirve. No es por lo que me he pasado la vida trabajando”, de este modo explicó a la prensa tan escandalosa decisión.

Declinar sendos honores le confirió una saludable sensatez, como la de ciertos artistas para los que la Orden del Imperio no significó absolutamente nada (Aldous Huxley, Graham Greene, Alfred Hitchcock y Francis Bacon, por ejemplo) y, por supuesto, la ratificación pública de su elegancia proclive a la ironía.

Y es que a pesar de las apariencias, David Bowie fue un ser que quiso recorrer los dédalos del estrellato sin urdir mayores aspavientos (su peor desliz fue la publicidad que ganó al declararse bisexual cuando siempre prefirió los deleites femeninos), y su tentación por el glamour quedó sepultada en la tierra baldía de la inspiración; su apego por estremecer a las almas puras a través de la androginia se desvaneció lenta, irremisiblemente, y dejó de interesarse en el abigarramiento de las vanguardias: su concepto musical cruzó un serio proceso de depuración que aterrizó en el punto medio de los gustos transgeneracionales y la partitura se convirtió en el espacio de las probabilidades infinitas.

Quizás esto se deba a una súbita comprensión de que el tiempo es implacable y como en ese videoclip de su rola “Thursday’s Child” (el sencillo del álbum Hours…, de 1999), en el que Bowie se enfrenta a su pasado y su presente a través de un espejo defectuoso porque contrario al lienzo de Dorian Gray, en su reflejo sí se vuelve viejo, la convicción por producir álbumes rotundos, materiales deslumbrantes y piezas meritorias para alcanzar la trascendencia, desplazó al nocivo deporte del impudor y la liviandad que perjudica a cualquier músico, pintor, escritor o cineasta que pretenda enloquecer al mundo con su propia vacuidad y nulidad.

Heathen (2002), Reality (2003), The Next Day (2013) y Blackstar (2016), sus últimas producciones, muestran matices que lo alejan y/o aproximan a sus mejores hits como “Space Oddity” o “Young Americans” o “Ashes to Ashes” o “Blue Jeans” o … la lista es bastante larga.

Demonio de los desvelos de Lou Reed, cazador del Santo Grial (embebido por el pensamiento de Albert Speer, las paradojas del nazismo y una crisis existencial producida por su adicción a la cocaína, en la década de los setenta decidió lanzarse a la azarosa aventura de encontrar el cáliz donde Cristo bebió e instauró la eucaristía), héroe paradigmático de la diversidad y esteta de la metamorfosis, entre muchísimas andanzas que circunscriben el brillante itinerario de un metafórico inmortal, Bowie ahora ha perpetuado al Mayor Tom al perderse en el espacio y solo nos queda el recuerdo de que a diferencia de otros músicos y, sobre todo, del infortunado astronauta de su mítica canción, David Bowie fue simplemente un genio que cayó en la Tierra.