Génesis del Primer Folio de Shakespeare

Ensayo.
Primer folio de Shakespeare.
Primer folio de Shakespeare. (Globe Theatre por Ja Kitsu Ryou)

A finales de noviembre de 1623, el librero Edward Blount finalmente aceptó entrega en su establecimiento bajo el rótulo del Oso Negro en St Paul’s Churchyard, Londres, de un libro cuya producción se había llevado mucho tiempo. Mr. William Shakespeares Comedies, Histories, & Tragedies (Las Comedias, Historias y Tragedias del Sr. William Shakespeare)fue la primera edición de las obras teatrales completas de Shakespeare, que apareció alrededor de siete años después de la muerte de su autor en 1616. Sus novecientas cincuenta páginas en folio incluían treinta y seis obras de teatro, la mitad de las cuales no habían sido impresas con anterioridad, divididas según los tres apartados genéricos del título. No hubo fanfarria a la llegada de este libro: ni promoción ni reseñas, premios literarios, listas de lo más vendido o publicaciones de remedo. En suma, nada sensacional. Sin embargo, es difícil exagerar la importancia de este momento literario, cultural y comercial. El consorcio editorial encabezado por Blount en asociación con la imprenta de William Jaggard y su hijo Isaac no lo sabía, pero ellos son los responsables de habernos dado a “Shakespeare”: no solo sus obras, no solo el famoso retrato, sino una marca integrada y sumamente exitosa con connotaciones de valor literario, longevidad e individualidad.

El Primer Folio de Shakespeare es ahora un libro de extremo valor, aunque no particularmente raro. Sobreviven casi 240 ejemplares, o ejemplares parciales sustanciosos (quizá alrededor de un tercio del tiraje original), en comparación con solo un ejemplar completo de la primera impresión de Venus y Adonis o Hamlet. Su peso y repercusión le otorgan una cualidad monumental, y ha acumulado el aura de una preciada reliquia. El ejemplar descubierto más recientemente en la biblioteca jesuita de St–Omer, será exhibido en el Teatro Globe este año de 2016 para los peregrinos de Shakespeare. Es parte de la naturaleza de una reliquia que tiendan a oscurecerse las circunstancias de su producción. Pero el libro en sí no es un milagro, sino el producto de recuperable iniciativa humana, tecnológica y comercial; surge de una muy calibrada red de relaciones y procesos. “Habría sido asunto”, escribieron John Heminge y Henry Condell, sus colegas actores de la compañía The King's Men en su prefacio al libro, “digno de desear, que el Autor mismo hubiese vivido para emprenderlo, y cuidar de sus propios escritos.” Pero a falta de un autor, surge todo un reparto de personajes: poetas y artesanos, hombres de negocios y actores, nobles e impresores, para dejar su huella en este libro. Del famoso panegírico de Ben Jonson que canta las alabanzas del “Cisne de Avon”: “no para una época sino para todos los tiempos”, a las huellas digitales accidentales en algunos ejemplares de los chicos de los talleres de impresión conocidos como diablos porque estaban tan ennegrecidos por la tinta, el Primer Folio es un producto profundamente social.

El nombre de Isaac Jaggard está asociado con el volumen venidero de Shakespeare por el primer anuncio en la feria del libro de Frankfurt de 1622. Era un joven librero que estaba tomando el mando en el Barbican de Londres del negocio de impresión de su padre: William estaba para entonces ciego y empezaba a debilitarse, y moriría unas semanas antes de que su publicación más famosa llegara a los quioscos de libros. Los Jaggard estaban involucrados con el teatro porque tenían un monopolio para imprimir carteles, aunque tenían poca experiencia previa en la impresión de obras dramáticas. En algún momento formaron sociedad con Edward Blount, un cosmopolita editor de literatura que había apoyado la traducción de Florio de los ensayos de Montaigne y la primera versión en inglés de Don Quijote, al igual que publicaciones de Marlowe y otros. Jaggard y Blount trabajaron con los actores Heminge y Condell para obtener los textos de las obras que no habían sido publicados previamente, y también negociaron los derechos con colegas y rivales de la Compañía de Papeleros para reimprimir los ya publicados. En algunos casos las negociaciones se prolongaban: Henry Walley, quien era propietario de los derechos de Troilo y Crésida, parece haber accedido solo hasta el último momento, por lo que el catálogo de las obras teatrales enumera solamente 35 títulos, y ejemplares tempranos del Folio se vendieron probablemente sin la inclusión de éste.

Como propuesta de negocio, es muy probable que el Primer Folio haya sido un caso marginal. Tendemos a asumir que debe haber habido un apetito enorme por obras impresas de Shakespeare, pero es probable que en realidad éste fuera un punto bajo de su reputación póstuma inmediata (pensemos por ejemplo en los Beatles en los años setenta: ni en boga ni vintage). Para principios de la década de 1620 las obras de Shakespeare estaban siendo eclipsadas en el escenario por el popular equipo de autores formado por Beaumont y Fletcher (muchas de estas obras eran, de hecho, de autoría solo de Fletcher). Y si bien la cuestión de la popularidad de Shakespeare impreso es controvertida entre los académicos, es cierto que de sus obras jacobinas se imprimieron menos en cuarto que de las isabelinas: una interpretación es que su obra estaba empezando a pasar de moda a medida que avanzaba su carrera. Quizá el teatro, al igual que el entretenimiento popular moderno, no era un país para viejos.

Los riesgos financieros de la publicación fueron asumidos probablemente por Jaggard y Blount. Tenían que correr con los gastos del costoso papel importado (en esta época no había una industria inglesa de fabricación de papel), de impresión y almacenamiento, y de propiedad literaria. Habrían tenido que vender al por mayor la mitad del tiraje para poder recuperar el desembolso inicial: si el libro resultó lucrativo, le llevó tiempo. Para cuando se imprimió una nueva edición, el Segundo Folio, en 1632, tanto Jaggard como Blount ya estaban muertos. Y si bien el precio de venta del Folio de 15 chelines sin encuadernar significaba que 36 de sus obras dramáticas costaban el equivalente de cinco peniques cada una (menos del costo de un libreto individual de seis peniques), es probable que muchos compradores potenciales ya tuvieran varias de las obras en formato de cuarto, lo que volvía las más nuevas proporcionalmente más caras.

No es sorprendente, por lo tanto, que el volumen fuera cuidadosamente comercializado. Heminge y Condell denigran las obras de Shakespeare impresas anteriormente como “diversos ejemplares, robados y subrepticios, mutilados y deformes”. Más que ofrecer una designación exacta de la procedencia de esos textos, es probable que estén persuadiendo a los compradores de que vale la pena adquirir el libro aun si ya tienen algunas de las obras. Su mensaje inicial “para la gran variedad de lectores” es un llamamiento inmediato a lo fundamental: “el destino de todos los Libros depende de… sus bolsas”. Dos verbos imperativos: leer y comprar, luchan por supremacía en su ingenioso anuncio: “lean… pero cómprenlo primero”; “hagan lo que hagan, Compren”. El primer comprador del que hay constancia fue un aspirante a cortesano de Kent, Sir Edward Dering, quien adqurió dos ejemplares el 5 de diciembre de 1623. El resto es historia.

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*Publicado con permiso de la revista Around the Globe editada por el Globe Theatre.

Traducción de Adriana Díaz Enciso


RECUADRO

La Dra Emma Smith es profesora de estudios sobre Shakespeare en la Universidad de Oxford. Ha realizado un trabajo sustancial con el Primer Folio (1623), un proyecto que combina aspectos de la historia del libro, historias de lectura y la intepretación de Shakespeare en la página.

Junto a otros académicos corroboró la autenticidad del Primer Folio descubierto recientemente en Mount Stuart House, en la Isla de Bute, Escocia. El volumen será exhibido por primera vez al público en dicha mansión. El último Primer Folio descubierto antes de éste fue el ejemplar de la biblioteca de St-Omer en Francia.

El ejemplar de la Isla de Bute fue propiedad de un editor en el siglo XVIII y apareció en la colección de la biblioteca en Escocia hasta 1896.