El freak creativo

Escolios
El poeta Leopoldo María Panero
El poeta Leopoldo María Panero

Ciudad de México

Observo la foto de 1984, remota adolescencia: tengo el pelo muy largo, los ojos deliberadamente desorbitados y un gesto de fiereza impostada, estoy muy flaco, uso una sucia playera con el grabado fluorescente de una virgen lúbrica y pantalones de mezclilla deshilachados, cargo un morral de terciopelo rojo donde atesoro libros y cervezas. Recuerdo al ver la foto que, más allá de la repulsiva indumentaria, a  cualquiera que tenía el infortunio de acercarse a mí lo ahuyentaba con pedanterías, bromas pesadas o acertijos sin sentido, supongo que buscaba actuar como una mezcla de Diógenes y Hamlet y forjar mi prestigio de loco inconformista. No era extraño. Mi generación todavía padeció las secuelas de la creencia en el indisoluble matrimonio entre locura, excentricidad y talento artístico: la escena de aspirantes a artistas estaba llena de dementes sublimes, genios atormentados que bebían y blofeaban mucho, y producían poco. Un individuo apacible y sensato era lo antagónico al creador, quien requería vivir, con la mayor velocidad e intensidad, experiencias abismales, sufrimientos y placeres indelebles. Hacer arte no podía concebirse como una actividad que requería rigor y disciplina, sino como una enfermedad prestigiosa, manifestada en síntomas visionarios. La vocación del arte era una inmolación, un sacrificio no apreciado por la sociedad banal, un oficio peligroso que, sin embargo, sacralizaba al practicante y le brindaba un valor agregado a sus productos.

Por supuesto, la noción del desorden mental como fuente de creatividad (derivada de la más antigua entre la locura y el genio) es muy controversial dentro del ámbito de la psicología; sin embargo, su prestigio romántico modeló incluso la opinión de unos cuantos psicólogos que esgrimíamos como bandera. Lo cierto es que el consenso profesional en ese campo tiende a concluir que puede haber una correlación entre algún desorden psiquiátrico y la creatividad, pero no una causalidad. Por ejemplo, una depresión moderada puede contribuir a que un individuo pueda ser más espiritual, empático y sensible ante lo ordinario, en tanto que algún episodio de manía puede generar desinhibición, fomentar el pensamiento divergente y elevar la sensibilidad, pero no todos los artistas son depresivos o maniacos y, de hecho, el dolor emocional y la alienación que generan las enfermedades mentales severas inhabilitan la creación de largo aliento. Cierto, la locura y la depresión han sido motivos artísticos inmemoriales y han marcado a muchos creadores eminentes; sin embargo, algunos críticos o científicos han exagerado las relaciones entre patología mental y creatividad y pasan de la especulación médica a la mitología artística. La identificación mecánica entre locura, enfermedad y arte conduce lo mismo a poses y desplantes pintorescos que a equívocos tragicómicos: conocí a muchas víctimas mortales de esta superstición y yo mismo, si se me permite la confidencia, soy un agradecido superviviente.