Francia según Michel Houellebecq [Opinión]

Las opiniones del novelista después de los atentados del 13 de noviembre vuelven a encender la arena política. ¿Sobre qué pilares se asientan?

París

La emoción predomina en gran parte de las reacciones que han expresado los escritores ante los atentados en París el pasado 13 de noviembre. Reacciones vivas que a veces se detienen demasiado en la empatía que se tiene por las víctimas y sus familiares. Algo que  a pesar de lo molesto que puede resultar es comprensible ante lo inesperado de los sucesos. Sin embargo, no creo que quien dedica su vida a escribir pueda limitarse a hablar de sí mismo o, lo que es peor aún, a decirnos que Francia es un gran país, con grandes valores y que, gracias a ello, logrará resistir y vencer.

Tal es el caso de Michel Houellebecq, que lo ha dicho claramente: el pueblo de Francia no tiene nada que reprocharse. Nada. La culpa de lo que ocurre hoy la tienen quienes lo gobiernan. Houellebecq acusa al actual gobierno socialista de no cumplir su “misión fundamental” que consiste, según él, en “proteger a la población francesa”. La culpa la tiene, así pues, esa “izquierda moral” que le ha “inculcado durante años la idea de que las fronteras son una absurdidad anticuada, el símbolo de un nacionalismo nauseabundo”. Y, sin matices, afirma que la población ha recibido con “desprecio” las “predicaciones” de la izquierda que la alienta a recibir a los refugiados y migrantes. Y concluye diciendo que a ese pueblo que sabe resistir y que no ha perdido “la confianza en el ejército y en las fuerzas del orden” habría que darle la palabra y atreverse a dirigirlo hacia la democracia real, es decir, la democracia directa.

Resulta por lo menos sorprendente que estas declaraciones que conciernen explícitamente a la política francesa aparezcan traducidas al italiano en el Corriere della Sera. ¿Por qué no dirigirse en su lengua a ese pueblo del que se toma la defensa? El título de su texto es, por cierto, “Yo acuso a Hollande y defiendo a los franceses”, como un pobre eco del célebre texto de Zola. ¿Y quiénes son esos franceses a los que se refiere, los de arraigo? Lo que sus últimas novelas dejaban suponer este texto lo dice sin ambigüedad, y su responsabilidad en la escalada mediática que no hace sino dividir al país queda asentada. Quizá las urnas le darán la razón en las próximas elecciones de diciembre y el partido de extrema derecha, el Frente Nacional, gane varias regiones y, entre ellas, la emblemática región del norte, antiguamente bastión de la izquierda.

Sin embargo, lo que me preocupa no es tanto lo que dice sino cómo lo dice. Quien dedica su vida a escribir, quien vive, como él, de su escritura, no debería escribir de manera tan floja, tan insípida. Pues no es cuestión aquí de “escritura neutra”, como la entendía Barthes, o de una escritura que busque acercarse a la inmediatez del lenguaje cotidiano. Se trata de una escritura que ha olvidado la importancia de la lengua, como puede comprobarse al leer su última novela, Sumisión. Cuando se escribe, no basta con decirse provocador para serlo, como lo supone Houellebecq, y hacerse pasar por víctima por atreverse a decir lo que todo el mundo calla. La escritura misma debe provocar, producir un choque, hacer reaccionar. No solo las ideas. La provocación es necesaria en el debate y la reflexión y lo es más aún hoy en este espacio público dominado por lo políticamente correcto, lo bien pensante, los buenos sentimientos. Pero Michel Houellebecq se encuentra muy lejos de todo esto. Su escritura es banal, aunque no por una apuesta estética, sino simplemente por pereza.

En este momento de gran desconcierto, prefiero quedarme con las reflexiones de Laurent Mauvignier, porque no olvida cuestionar el papel de la literatura, su poder y su impotencia ante el horror y el desasosiego, su relación con lo real, con el sufrimiento propio y el de los demás. Para el escritor, la literatura no consiste en “instrumentalizar” a los personajes en función de las ideas: “los libros que crean personajes para ilustrar ideas o mensajes son insignificantes justamente a fuerza de querer significar. O a veces, peor que insignificantes, se vuelven peligrosos a fuerza de intentar reducir a la gente, las trayectorias humanas, a categorías, ilustraciones”. Y aborda también la cuestión de la democracia, a partir del ángulo que es el suyo, el de la escritura: “Hay que inventar la democracia en los libros, es decir, luchar contra el efecto de masa, recordar que la masa, la multitud, es una suma de destinos individuales, y nunca será esa masa indiferenciada a la que los asesinos y las estadísticas quieren reducirnos”. El riesgo en Francia, en Europa, en su relación con esos otros continentes a los que los liga una historia dolorosa, se encuentra precisamente en las generalizaciones y las amalgamas que impiden ver lo que nos hace humanos, es decir, nuestra vulnerabilidad que es a la vez una fuerza. Cada vida que la violencia interrumpe cuenta, cada vida debería ser contada en su singularidad y complejidad. Y devolver a cada una de las víctimas su nombre, esa sería la utopía de la literatura, su verdadera razón política.