No apagues la luz

Con autorización de Salamandra, ofrecemos un adelanto de la nueva novela del escritor francés, destacado exponente de la novela negra contemporánea.
'No apagues la luz', de Bernard Minier.
'No apagues la luz', de Bernard Minier.

Obertura

 

Bosque de Bialowieza, frontera entre Polonia y Bielorrusia

 

Caminaba en pleno corazón del bosque, en medio de la nieve y la ventisca. Tenía tanto frío que le castañeteaban los dientes. Los cristales de hielo se le pegaban a las cejas y las pestañas; la nieve formaba costras en su anorak y en la lana húmeda del gorro, e incluso el propio Rex tenía dificultades para avanzar sobre aquel grueso manto blanco, en el que se hundía hasta el espinazo con cada salto. El animal ladraba a intervalos regulares, sin duda para expresarle su desaprobación, y el eco devolvía sus ladridos. De vez en cuando se paraba para sacudirse como si acabara de salir del agua y lanzaba en torno a su pelaje negro y pardo una nube de nieve y agujas de hielo. Sus patas finas y musculosas imprimían un profundo rastro en el sudario blanco, y su vientre, una huella curvada en la superficie, como la de un trineo de plástico.

Estaba anocheciendo y comenzaba a soplar el viento. ¿Dónde estaba ella? ¿Dónde estaba la cabaña? Se detuvo para recobrar el aliento. De sus pulmones brotaba un ronco jadeo y el sudor le empapaba la espalda bajo el anorak y el jersey. El bosque, con sus ruidos, le parecía un ser vivo: el roce de las ramas cargadas de nieve que se movían con el viento, los chasquidos secos de la corteza resquebrajada por la mordedura del frío, el susurro del cierzo que, por momentos, sonaba desmesurado, el balbuceo cristalino de un riachuelo cercano, que aún no se había 10 helado del todo... Y luego estaba el sedoso crujido de sus pasos, que marcaba el ritmo de su marcha mientras levantaba bien alto las rodillas y tenía que hacer cada vez mayor esfuerzo para arrancarse de la presa de la nieve. Y del frío. Por Dios, qué frío hacía; no había tenido tanto frío en toda su vida.

A través de la penumbra del crepúsculo y de los copos que se le metían en los ojos, atisbó algo en la nieve, al frente. Reflejos metálicos, dos cercos dentados... “Una trampa...”. Sus mandíbulas de acero retenían una figura oscura.

Durante unos segundos, sintió un malestar indefinible. Lo que allí había no guardaba ya parecido alguno con una criatura viva. “Aquello” había sido devorado, despedazado, desgarrado. Una sangre viscosa mezclada con pelos manchaba la nieve alrededor del cepo. Había también vísceras rosadas y huesecillos recubiertos de una fina capa de hielo.

Todavía observaba la trampa cuando sonó aquel alarido que lo traspasó como la hoja de un arma oxidada. No recordaba haber oído nunca un grito semejante, tan lleno de terror, de dolor, de un sufrimiento casi inhumano. De hecho, ningún ser humano habría podido emitir un sonido como aquél. Provenía de la espesura del bosque, más adelante. “No muy lejos...”. Se le heló la sangre en las venas cuando el alarido volvió a hendir el aire del crepúsculo, al tiempo que se le erizaba el vello del cuerpo. Después el grito murió en el ocaso, transportado por el viento polar.

Por un instante, el silencio pareció instalarse de nuevo. Luego, otros alaridos, más lejanos, más modulados, hicieron eco al primero. A derecha e izquierda, “por todas partes”; provenían del bosque invadido por la oscuridad. “Lobos...”. Un largo escalofrío le recorrió la piel, de la nuca a los dedos de los pies. Reanudó la marcha levantando las rodillas con más vigor aún, con una energía desesperada, hacia el punto de donde había brotado el grito. Entonces vio la cabaña. Su silueta se recortaba, sombría y encogida, al final de una especie de avenida natural dibujada por los árboles. Recorrió los últimos metros de suelo helado casi 11 a la carrera. Rex parecía haber olido algo, porque se abalanzó hacia allí ladrando.

—¡Rex, espera! ¡Ven aquí, Rex! ¡Rex!

Pero el pastor alemán ya se había precipitado por la puerta entreabierta, bloqueada en esa posición por un alto montículo de nieve. En el claro reinaba una insólita calma. De las profundidades del bosque se elevó de improviso un aullido más potente que los otros, que obtuvo como respuesta un concierto de gañidos: ecos guturales que se llamaban unos a otros. Que se acercaban. Entró en la cabaña sorteando con dificultad la nieve acumulada. Lo acogió la luz, cálida como la mantequilla fundida, del quinqué que iluminaba el interior.

Volvió la cabeza y se quedó inmovilizado. Una aguja de hielo le traspasó el cerebro.

Cerró los ojos. Volvió a abrirlos.

“Es imposible. No puede ser real. Estoy soñando. Tiene que ser un sueño”.

Estaba viendo a Marianne. Yacía desnuda encima de una mesa, en el centro de la cabaña. Su cuerpo aún estaba caliente, porque humeaba literalmente en medio del aire helado. Pensó que Hirtmann no debía de estar lejos. Durante un instante sintió la tentación de lanzarse a perseguirlo. Entonces tomó conciencia de que le temblaban los brazos y las piernas, de que estaba al borde de un negro abismo, del desmayo o de la demencia, a punto de sufrir un síncope. Dio un paso y luego otro. Se obligó a mirar. El torso de Marianne estaba abierto desde la pequeña depresión de la base del cuello hasta la ingle; saltaba a la vista que se lo habían hecho estando viva, porque había sangrado mucho. El torso estaba barnizado de rojo en los costados y la mesa sobre la que reposaba, así como las toscas planchas del suelo, estaban casi totalmente impregnadas de una sangre densa, aún humeante también. El verdugo había separado después la piel y la caja torácica de un tirón. Los órganos parecían intactos, sólo faltaba uno... “El corazón...”. Hirtmann lo había depositado delicadamente sobre el pubis de Marianne antes de irse. El corazón estaba todavía más caliente que el resto. Servaz veía el vapor blanco que ascendía en la atmósfera glacial de la cabaña. Le extrañó no sentir náuseas ni asco. Había algo que no encajaba. Debería haber vomitado hasta las tripas ante aquel cuadro. Debería haber gemido, gritado. Estaba dominado por un embotamiento raro. Entonces Rex soltó un gruñido. Se volvió hacia el animal. El pastor alemán miraba por la puerta entreabierta con el pelo erizado. Amenazador y “asustado”.

Servaz sintió que un intenso frío se apoderaba de él.

Se acercó a la puerta y se aventuró a mirar fuera.

Estaban allí mismo, en el claro. Rodeaban la cabaña. Contó ocho. «Ocho lobos.» Flacos y hambrientos.

“Marianne...”.

Tenía que llevarla hasta el coche. Pensó en su arma, que había dejado olvidada en la guantera. Rex seguía gruñendo. Adivinó el miedo y la tensión del animal y le acarició la cabeza. Bajo el pelaje percibió el temblor de los músculos.

—Tranquilo —le dijo con un nudo en la garganta mientras se agachaba para rodearlo con los brazos.

Rex le dirigió una mirada tan dulce y afectuosa que notó que las lágrimas le afloraban a los ojos. El cálido flanco del pastor alemán subía y bajaba rápidamente junto al suyo. Servaz sabía que solo tenía una posibilidad de salvarse. Y era lo más triste, lo más difícil que había tenido que hacer nunca.

Tras volverse hacia la mesa, cogió el corazón y lo colocó de nuevo en el pecho de Marianne. Tragó saliva, cerró los ojos y tomó en brazos el cuerpo desnudo y ensangrentado. Pesaba menos de lo que había creído.

—¡Vamos, Rex! —dijo con firmeza dirigiéndose a la puerta.

El animal emitió un ronco ladrido de protesta, pero siguió a su amo sin dejar de gruñir, con el trasero bajo, la cola entre las piernas y las orejas gachas.

Los lobos aguardaban, dispuestos en semicírculo.

Sus ojos amarillos parecían incandescentes. El pelo de Rex se erizó con más fuerza que antes, al tiempo que enseñaba de nuevo los colmillos. Los lobos respondieron con gruñidos aún más potentes: bocas abiertas armadas de terroríficos caninos. Rex les dedicó un ladrido. Uno contra ocho. Un animal doméstico contra las fieras. No tenía la menor posibilidad.

—¡Vamos, Rex! —lo azuzó no obstante—. ¡Vamos! ¡ATACA!

“¡No, no vayas! ¡No ataques! ¡No me hagas caso!”, gritaba en silencio, con las mejillas inundadas de lágrimas y el labio inferior temblando. El perro ladró varias veces, sin moverse un ápice. Aunque estaba adiestrado para obedecer órdenes, aquélla chocaba demasiado con su instinto de supervivencia.

—¡Ataca, Rex! ¡Ataca! Sin embargo, la orden provenía de su amo, su adorado amo, por quien nadie sentiría nunca tanto amor, fidelidad y respeto como él le profesaba.

—¡POR DIOS, ATACA DE UNA VEZ!

El animal percibió entonces la cólera en la voz de su dueño. Y también captó algo más. Quería ayudarlo, demostrarle su apego y su lealtad. A pesar de su miedo.

Atacó.

Al principio, casi pareció que adquiría ventaja cuando uno de los lobos, sin duda el cabecilla de la manada, se precipitó hacia Rex, que, tras esquivarlo con habilidad, lo agarró por el cuello. El lobo aulló de dolor y los demás retrocedieron prudentemente un paso en la nieve. Los dos animales rodaron aferrados el uno al otro. El propio Rex se había transformado en una bestia feroz, salvaje, sanguinaria.

Servaz no podía esperar más. Dio media vuelta y se puso en marcha. Los lobos ya no le prestaban atención. De momento. Se fue por el camino abierto entre los árboles, con Marianne en brazos, el anorak impregnado de sangre y la cara empapada de lágrimas. Oyó tras él los primeros aullidos de dolor de su perro y los gruñidos redoblados de la manada. Se le heló la sangre. Rex aulló de nuevo. Un grito agudo. Lleno de dolor y de terror. Estaba pidiéndole socorro. Apretó la mandíbula y aceleró el paso. Aún faltaban trescientos metros...

Un último grito entre el viento de la noche.

Rex había muerto... Lo comprendió por el silencio que siguió. Se preguntó si los lobos iban a conformarse con aquella victoria o iban a perseguirlo a él. Enseguida tuvo la respuesta. Tras él se oyeron unos ladridos, en medio de la tormenta. Al menos una parte de los lobos había reanudado la caza. Y aquella vez la presa era él.

“El coche...”.

Estaba aparcado en el camino, a menos de cien metros. Una capa de nieve había empezado a cubrir la carrocería. Aceleró aún más, con los pulmones abrasados, espoleado por el miedo. Los gruñidos se oían justo a su espalda. Se dio la vuelta. Los lobos lo habían alcanzado. “Cuatro de ocho...” Lo miraban con fijeza con aquellos ojos amarillentos y desvaídos como el ámbar, calibrándolo. No iba a llegar al coche. Estaba demasiado lejos. Y el cuerpo de Marianne pesaba cada vez más en sus brazos.

“Está muerta. No puedes hacer nada por ella. Pero tú todavía puedes salir de ésta...”.

¡No! Su cerebro rechazaba la idea. Ya había sacrificado a su perro. Ella aún estaba tibia contra su torso. Sentía la sangre cálida que le impregnaba el anorak. Levantó los ojos al cielo. Los copos caían hacia él como estrellas, como si el firmamento se descolgara, como si el universo entero se precipitara para engullirlo. Soltó un grito de rabia, de desesperación. Pero aquello no pareció impresionar a las fieras. Los famélicos lobos se habían cansado de esperar; sentían que no tenían gran cosa que temer de aquella presa solitaria. Olfateaban su miedo... y sobre todo la sangre que manaba de aquella segunda presa. Dos festines en uno. Estaban demasiado hambrientos, demasiado excitados. Avanzaron.

“¡Largo! ¡Marchaos! ¡BESTIAS INMUNDAS, MARCHAOS!”

Se preguntó si había gritado realmente o si solo había sido su cerebro el que gritaba.

“¡Huye! ¡Rápido! No puedes hacer nada por ella. ¡Huye!”

Entonces sí escuchó su voz interior. Soltó las piernas de Marianne y, mientras los pies aterrizaban en la nieve, hundió una mano en su pecho. Apretó con los dedos enguantados el corazón aún caliente, firme y elástico, y lo sacó de la caja torácica. Luego lo deslizó bajo su anorak, contra su pecho, pegado a su propio corazón. Notó que la sangre le impregnaba el jersey. Después la dejó caer en la nieve. El pálido cuerpo desnudo se hundió en el manto blanco con un silbido apagado. Retrocedió tres pasos, despacio. Los lobos se arrojaron sobre ella al instante. Él giró sobre sí mismo y huyó. Llegó al coche. El cierre no estaba activado, pero por un momento creyó que el frío había bloqueado la puerta. Tiró de la manecilla con toda la fuerza de que eran capaces sus dedos ensangrentados. Estuvo a punto de caer de espaldas cuando la puerta se abrió de golpe, con un chirrido. Se dejó caer en el asiento del conductor. La mano le temblaba con tanta violencia bajo el pegajoso guante escarlata que cuando sacó la llave le faltó poco para que se le cayera entre los asientos. Echó un vistazo por el retrovisor. De repente se dio cuenta de que había alguien sentado atrás. Entonces supo que estaba volviéndose loco. “¡No, no puede ser!” Pero, ella habló:

—Martin —suplicó.

 

“¡MARTIN, MARTIN!”

Se sobresaltó. Abrió los ojos.

Estaba hundido en el viejo sillón de cuero gastado. Rex le lamía la palma de la mano derecha, que colgaba del brazo del asiento.

—Largo —le dijo la voz al perro—. ¡Vete a molestar a otro! ¿Está bien, Martin?

Rex se alejó meneando la cola en busca de otro compañero de juego. Allí no le faltaban. Rex pertenecía a todos y a nadie, era el auténtico amo del lugar. Servaz se sacudió como había hecho el perro en su sueño y miró la tele que tenía delante. En la pantalla desfilaba un reportaje sobre la aventura espacial francesa. Reconoció el enorme mapamundi de la Ciudad del Espacio, al este de Toulouse, que por las noches resaltaba con un trazo de luz azul el contorno de los continentes. Después aparecieron los edificios del Instituto Superior de Aeronáutica y del Espacio, al lado de Jolimont, en la otra vertiente de la colina que dominaba el centro de la ciudad.

Servaz se encontraba solo en el salón, con excepción de Élise. Se dio cuenta de que se había dormido delante del televisor, vencido por el calor reinante en el edificio aquella letárgica tarde de invierno que se alargaba de manera interminable. Volvió la mirada hacia el ventanal, donde el sol había brillado toda la mañana sobre el paisaje blanco. Durante aquellas pocas horas ideales, entre el olor del café suspendido por los pasillos, las risas de las empleadas, el gran abeto decorado y la deslumbrante blancura del exterior, había recuperado un poco de su alma de niño.

Luego, poco después de la comida servida en la sala común, el sol se había escondido entre las nubes, se había levantado un viento frío, las ramas desnudas habían comenzado a agitarse tras el cristal y el termómetro exterior había bajado en picado de cinco grados a uno bajo cero. Con ánimo melancólico, el policía se había dejado caer entonces en un sillón, frente al televisor sin sonido, antes de abandonarse a un sueño lleno de pesadillas.

—Ha tenido una pesadilla —dijo Élise—. Estaba gritando.

La miró, aún embotado. Después lo recorrió un escalofrío. Volvió a ver el extenso bosque nevado, la cabaña, los lobos... “Y a Marianne...”. La pesadilla que no lo era en realidad. ¿Qué esperanza le quedaba? Respuesta: ninguna.

—¿Seguro que está bien?

Élise, una mujer de cuarenta y tantos años, regordeta, con una mirada risueña que mantenía incluso cuando intentaba adoptar una expresión de preocupación, era la única empleada del centro a la que apreciaba. Y sin duda también era la única que lo soportaba a él. Los demás eran antiguos policías que habían ido allí para seguir una terapia antes de convertirse en voluntarios del lugar. Los llamaban los PAMS, policías asistentes médicos sociales. Trataban a los otros residentes con una mezcla de atención, fraternidad y compasión que a Servaz le recordaba a la gelatina. No le tenían ninguna simpatía. Se negaba a seguir su juego: confraternizar, apiadarse de su suerte. Colaborar...

A diferencia de ellos, Élise no esperaba nada de él.

Además, ella nunca había trabajado en la policía. Un día había decidido divorciarse de un marido que la humillaba, la amenazaba y la «atropellaba» desde hacía años, después de que éste, a raíz de un desacuerdo de poca importancia, cometiera el error de abandonarla junto con su hijo en medio del campo y se marchara solo con el coche en plena noche. Después del divorcio, había seguido acosándola con llamadas telefónicas día y noche, la había esperado a la salida del trabajo o en el supermercado para suplicarle que volviera con él o para amenazarla con secuestrar a su hijo, o con matarlos a ambos y suicidarse después, y, en una ocasión, la había empujado con tal fuerza en el aparcamiento que Élise se había golpeado la cabeza contra el parachoques del coche y había perdido el conocimiento. Delante de su hijo. A partir de aquel incidente, el juez dictó una orden de protección para ella y de alejamiento contra el ex marido. Pero aquello no lo arredró. Él ya había tenido que vérselas con la justicia y sabía que ese tipo de órdenes raras veces tenía consecuencias tangibles. Luego Élise había encontrado trabajo en aquella casa de reposo para policías agotados, donde rápidamente se había ganado la adoración general. Había acabado confiando sus problemas a algunos de los residentes y, de la noche a la mañana, el ex marido se había encontrado con policías que iban a visitarlo con regularidad por motivos fútiles, que lo llamaban mañana, tarde y noche al trabajo, pasaban a saludarlo «amistosamente», aparcaban el coche delante de su casa al menos dos veces por semana y lo abordaban en la calle, delante de sus vecinos, con cualquier pretexto, tuteándolo, y a veces avasallándolo un poco, mucho menos, en todo caso, de lo que él había avasallado a Élise. Él los había amenazado con denunciarlos por acoso, pero no había hecho nada; sí había dejado, en cambio, de acosar a Élise y a su hijo. Una vez que el ex marido hubo salido de su vida, ella enseguida había vuelto a ser la que 18 era antes de conocerlo: una mujer enérgica, de risa contagiosa, alegre y vital.

—Ha llamado su hija.

Servaz la miró enarcando una ceja.

—Como dormía, no ha querido molestarlo —añadió ella—. Pero dice que pasará pronto.

Él apagó el televisor con el mando y se levantó. Luego se fijó en su jersey ajado, que empezaba a desgastarse en los puños y los codos, y se acordó de que al día siguiente era Navidad.

—Quizá podría aprovechar para afeitarse —sugirió la mujer con tono desafiante.

Él guardó silencio un instante.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces confirmará lo que casi todo el mundo piensa de usted aquí.

Servaz volvió a enarcar las cejas.

—¿Y qué es lo que piensan?

—Que es un tipo huraño, intratable.

—¿Y usted piensa lo mismo?

—Depende del día... —respondió la mujer encogiéndose de hombros.

Servaz se echó a reír y ella se sumó a su carcajada mientras se alejaba. Pero en cuanto hubo desaparecido, a él se le estranguló la risa en la garganta. No le preocupaba nada lo que pensaran los demás... pero no quería que Margot lo viera en aquel estado. Su última visita había sido hacía más de tres meses: no había olvidado la turbación y la tristeza que percibió en la mirada de su hija.

Cruzó el vestíbulo y enfiló la escalera. Su habitación se encontraba arriba del todo, bajo el tejado. En poco más de nueve metros cuadrados, tenía una cama igual de estrecha que el jergón de Ulises a su regreso de incógnito a Ítaca, un armario, un escritorio, unos estantes con libros de Plauto, Cicerón, Tito Livio, Ovidio, Séneca... Un decorado espartano. Pero la vista sobre los campos y los bosques era hermosa, incluso en invierno.

Se quitó el jersey viejo y la camiseta que llevaba debajo y se puso una camisa y un jersey limpios, el anorak, una bufanda y guantes. Luego volvió a bajar la escalera hasta el vestíbulo y se dirigió a la puerta de atrás, la que daba acceso a la inmaculada extensión de nieve.

Caminó en silencio por la llanura blanca hasta el bosquecillo. Aspiró el aire húmedo y frío. No había la menor huella en la nieve. Nadie había pasado por allí.

Había un banco de piedra bajo los árboles de troncos blanquecinos. Con la mano enguantada, barrió la nieve que lo cubría. Al sentarse, notó la humedad y el frío en las nalgas.

Unos cuervos montaban guardia en un cielo que era casi del mismo color que el resto del paisaje.

Sus pensamientos, por su parte, tenían el mismo tono sombrío que el plumaje de los cuervos. Echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo mientras la sonrisa de ella volvía una vez más a su memoria, como una persistencia retiniana. Servaz había dejado de tomar los antidepresivos el mes anterior, sin consultar al médico, y de repente lo asaltó el temor de que las tinieblas volvieran a engullirlo.

Tal vez fuese demasiado rápido...

Sabía que el trastorno que padecía podía matarlo, que luchaba simplemente para sobrevivir. Se debatía en las garras de una grave depresión, y cuanto más forcejeaba, más sentía cerrarse a su alrededor la maléfica tenaza, como un nudo corredizo. Se preguntó con angustia durante cuánto tiempo más tendría fuerzas para soportar un sufrimiento tan devastador.

Tan radical. Seis meses antes había recibido en su casa un paquete enviado por ups. El remitente era un tal señor Osoba, domiciliado en Przewloka, un lugar situado al este de Polonia, en pleno bosque, cerca de la frontera bielorrusa. La caja de cartón contenía un segundo envase, éste isotérmico. Servaz había sentido que se le aceleraba el pulso al despegar el sello de lacre con ayuda de un cuchillo de cocina. Ya no se acordaba de qué era lo que esperaba encontrar, seguramente un dedo cortado, una mano incluso, dado el tamaño del paquete... Pero lo que apareció fue mucho peor. Era rojo, del mismo encarnado brillante de la carne fresca, con forma de pera grande. “Un corazón...”. Humano, sin duda. La nota que lo acompañaba no estaba escrita en polaco, sino en francés:

 

Ella te partió el tuyo, Martin. He pensado que, después de esto, te sentirías liberado. Al principio vas a sufrir, claro está. Pero ya no tendrás que seguir buscándola, esperando. Piénsalo. Cordialmente,

J. H.

 

Aún le quedaba una última esperanza, tenue y vacilante.

La posibilidad de que se tratara de una espantosa broma de mal gusto, de que fuera el corazón de otro. El Departamento de Biología del laboratorio de la policía científica había efectuado una prueba de parentesco a partir del adn de Hugo, el hijo de Marianne. La ciencia había dado su veredicto... y Servaz había sentido que su cordura se tambaleaba. La dirección correspondía a una casa aislada en el corazón del vasto bosque de Bialowieza, uno de los últimos bosques primarios de Europa, último vestigio del inmenso bosque herciniano que cubría todo el norte del continente europeo a principios de la era cristiana. Las muestras de ADN recogidas habían confirmado que Hirtmann había pasado una temporada allí, al igual que varias mujeres desaparecidas en diversos países de Europa en el transcurso de los años precedentes. Entre ellas, Marianne... Servaz había averiguado asimismo que el nombre “Osoba” significa “persona” en polaco. Hirtmann también había leído a Homero.

La pista acababa allí, por supuesto...

Un mes más tarde, a Servaz le habían dado la baja laboral y lo habían mandado a aquel centro para policías deprimidos, donde lo obligaban a hacer dos horas de deporte al día y a cumplir tareas cotidianas como barrer la hojarasca. Realizaba las faenas sin rechistar; se había negado, en cambio, a participar en las sesiones de terapia de grupo. También evitaba el trato con los otros residentes: ya fuera por lo que habían vivido o por una tendencia atávica, casi todos eran alcohólicos al llegar allí. Se trataba de policías que, después de pasar años frecuentando las orillas de lo inmundo, habían acabado desmoronándose. Que ya no soportaban seguir siendo tratados día tras día de maderos, de pasma, de perros, de sicarios, de canallas, ver cómo agredían a sus hijos en el patio de la escuela porque sus padres eran policías, cómo sus mujeres los dejaban porque estaban hartas, pasar la vida entera siendo aborrecidos mientras los verdaderos canallas permanecían repantingados en las terrazas de los bares o en sus camas... La mayoría de los que estaban allí se habían metido el cañón de su arma de servicio en la boca al menos una vez.

Entre otros efectos, la depresión lo vuelve a uno incapaz de llevar a cabo la más mínima tarea. Stehlin, su jefe, había dictaminado enseguida que ya no se encontraba en condiciones de ejercer correctamente su trabajo. Él mismo habría podido confirmarlo si se lo hubieran preguntado: a aquellas alturas, lo traían al fresco los asesinos, los violadores y los cabrones en general. También lo tenía sin cuidado todo lo demás: el sabor de la comida, las noticias de la tele, la situación del mundo e incluso sus amados autores clásicos.

Y hasta la música de Mahler...

Este último síntoma le había parecido el más preocupante. ¿Había remontado ya la pendiente? No estaba seguro. No obstante, de un tiempo a esa parte, como en un lento deshielo, los pequeños brotes comenzaban a reverdecer a través del paisaje sombrío y desolado en que se había convertido su vida... y la sangre volvía a afluir a sus arterias. De un tiempo a esa parte, asimismo, experimentaba una especie de comezón al pensar en un expediente que había quedado inconcluso en su oficina. Incluso le había preguntado por él a Espérandieu, su ayudante y único amigo de verdad. “¡Mira por dónde!”, había exclamado el joven esbozando una sonrisa. Y Servaz sonrió a su vez. Pese a que escuchara rock independiente, leyera manga y se apasionara por cosas tan profundas como los videojuegos, la ropa y los chismes tecnológicos, Vincent era una persona a la que Servaz escuchaba y respetaba. Le había explicado a Martin los últimos pormenores de los dos casos especialmente delicados en los que habían trabajado juntos y que aún estaban por resolver, y su sonrisa se había ensanchado como la de un chiquillo que acaba de cometer una travesura al descubrir la pequeña chispa de nostalgia en la mirada de su jefe.

 

A la mitad del camino de nuestra vida me encontré en una selva oscura, porque había perdido la buena senda.

 

—¿Cómo? —dijo Espérandieu frunciendo el ceño.

—Dante —aclaró Servaz.

—Hum... ¿Sabes?, Asselin se ha ido.

El comisario Asselin dirigía el Departamento de Asuntos Criminales.

—¿Qué tal es su sustituto? Espérandieu hizo una mueca. Servaz vio un bosque iluminado por un sol primaveral. El suelo seguía helado. Él estaba perdido en el corazón de aquel bosque y el frío le penetraba hasta los huesos a pesar de los tibios rayos de sol entre el follaje. Ahuyentó aquella visión. Era un simple sueño. Un día muy próximo saldría de aquel bosque. Y no sólo en sueños.