La última posada [fragmentos]

Anticipándose a su muerte, el autor de Sin destino abordó la escritura de su último libro como un duelo contra su último enemigo, el Parkinson. Se trata de una autoficción en la que a modo de ...
El escritor húngaro Imre Kertesz.
El escritor húngaro Imre Kertesz.

Alba. Apariencia fantasmagórica del mundo y de los hombres. Como si no existieran más que espectros. Yo mismo soy uno, pero ignoro de quién soy el espectro, o más bien, no sé qué leyes determinan lo que anima y dirige sobre esta tierra mi ser espectral.

El judío de Europa es un vestigio y no un anacronismo como la ortodoxia que aún queda a pesar de todo un estatus: el judío de Europa es una raza determinada por los otros, ya no puede construirse una relación íntima respecto a la condición que le ha sido impuesta. Aun podría funcionar a nivel religioso, pero en este caso ¿por qué no es más ortodoxo? ¿Y qué significa “El año próximo en Jerusalén” —cuando Jerusalén existe en verdad y está poblada por judíos? Situación singular que debemos aceptar con una cierta nostalgia, cierto, pero sobre todo con comprensión, y que debemos supervisar sin descanso. Y partir pronto. Entendido desde un punto de vista literario. Sobre todo del punto de vista literario.

 

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El ensayo verboso de Kundera sobre la novela. La elocuencia francesa que esquiva estos lugares comunes atenúa un poco los absurdos. Dicho esto, Kundera llega a la conclusión de que, después de Kafka, la novela dibuja un hombre sumiso a una voluntad exterior, desarmado frente a un poder que extiende su imperio sobre todo. Ideas familiares que datan de la época de Sin destino[1]. Sin embargo, la pregunta permanece: ¿si la adaptación al poder totalitario es total, respecto a qué intención describimos al hombre sumiso al totalitarismo? Más precisamente ¿por qué presentamos en términos negativos al hombre sumiso al totalitarismo, respecto a la intención de una entidad misteriosa, exterior a la totalidad, que podría hacer juicios sobre ésta, y que —pues es un asunto de la novela— encontraría en la obra medios para divertirse e instruirse, e incluso se entregaría a una actividad critica, arrojando enseñanzas estéticas para el porvenir? Lo absurdo proviene de eso que no tiene una mirada objetiva después de que Dios ha muerto. Estamos en el pantha rei, no tenemos ningún punto de apoyo, y sin embargo escribimos como si fuera lo inverso y que a pesar de todo existiera una perspectiva sub specie aeternitatis que dependería de una divinidad o de lo eterno; ¿dónde se esconde la solución de esta paradoja?

 

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30 de marzo, 2001 —Esta noche, el proyecto de Solitario de Sodoma, esa primera idea de juventud, resurgió con una fuerza particular. Este tema, o cómo decirlo, esta experiencia dionisiaca, esta renuncia a la libertad individual en medio de la multitud plena de furor ritual determinó toda mi obra subsiguiente (por decirlo en pocas palabras), la acción de mis novelas. Me veo de nuevo caminando en la calle Zivatar, con un joven llamado Péter (tendríamos tal vez veintitrés años los dos), él quería escribir (no fue un buen escritor y murió joven), yo le hablaba sobre este relato inspirado de la experiencia decisiva y fundamental que había vivido en el servicio militar y que relataría años más tarde en Fiasco. Pero la historia de Lot que yo había inventado aún está por ser escrita. (Debo recalcar que encontré este tema traduciendo a Nietszche, en su descripción del griego apolíneo y dionisiaco; tuve tal impresión de déjà vu que me pregunté si no habría leído ya, durante mi juventud, la Tragedia, por supuesto en la lengua arcaica y terriblemente característica de Lajos Fülep; a fe mía que no recuerdo haberlo hecho, pero durante la traducción, tanto el texto como su tonalidad y la aprehensión del mundo que contiene, me dieron la impresión nostálgica de ser un terreno familiar.)

En lo que me atañe, cuando debo hablar de teoría de la novela, o incluso leer algo al respecto, caigo en el aburrimiento. Todo eso es tan vano pues todo depende del talento plástico del autor, de su facultad para dar vida a un mundo. A pesar de eso, mientras escribía Sin destino, me sumergí en las cuestiones teóricas. La novela lo necesitaba y además me hizo bien. Ahora las cosas han cambiado: Liquidación supone una cantidad de problemas teóricos que debo resolver, pero que trabajo con una cierta molestia, discretamente, para evitar descuidos, porque la identificación de los problemas de la novela, de la Novela en el sentido general, con N mayúscula, suponen no solamente que “la novela es el análisis de la existencia con los medios de la novela”, sino también que el análisis de las cuestiones existenciales se ha vuelto superfluo; y que así, la novela es superflua, y el escritor aún más.

La característica principal del “ser sin destino” es la ausencia total del vínculo entre la existencia y la vida real. Una existencia sin ser, o más bien, un ser sin existencia. Es la gran novedad del siglo.

 

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¿Cómo se debería escribir? “El Sr. Leuwen padre, uno de los asociados de la célebre casa Van Peters Leuwen y compañía, detestaba en el mundo solo dos cosas: los inoportunos y el aire húmedo.” Stendhal. El prefacio en el que dedica su libro a los “happy few”, un pequeño número de lectores escogidos, como se debe, conduce a la frase siguiente: “Procuren no pasar su vida odiando o teniendo miedo”. (Podrías usarla como epígrafe de tu vida).

“La mayoría adora aparentemente este conjunto empalagoso de hipocresía y mentiras que llamamos gobierno representativo.” Lucien Leuwen. Fue Ligeti quien me recomendó a Stendhal. Hubo un tiempo en el que adoraba a este autor; después, creí que los modernos eran más interesantes. No estoy seguro de haber tenido razón. ¿Quién me enseñó más cosas? Thomas Mann, creo (la determinación y la capacidad del escritor, el trabajo y la dignidad, por no hablar de la cultura), y también Camus (aferrarse sin concesión a la única posibilidad de la única forma posible). Ya no los leo. Dicho esto, Stendhal era moderno. “Todo arte es nuevo”.

Espero con amargura el momento en el que se volverá innegable que mi estilo se haya degradado y que mi espíritu haya declinado desde que escribo en computadora. Y que me haya convertido en un hablador.

Este es el título que daría a mi última novela en forma de diario: Final de juego en el cabaret del Seguro–Perdedor.

 

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Estas observaciones difieren claramente de las que escribía antes. Me pregunto por qué mi escritura se ha achatado a tal grado. Es posible que viva en un mundo más ponderado, desprovisto de metafísica o (para satisfacer las exigencias de este mundo) digamos más bien: de necesidad metafísica. Ya no hay misterio, solo queda miseria natural y espiritual, retraso histórico, existencia gregaria, parálisis política. No es el fruto de los factores exteriores, sino, es innegable, el resultado de la actividad libre e independiente del país, de la sociedad. Y si lo que se quiere saber es si yo tengo algo que ver con todo eso, debo buscar una respuesta citoyenne[2], porque soy ciudadano de un país aparentemente libre e independiente, aunque lo que yo resiento es lo contrario. Pregunta ardua a la que solo la inmigración constituiría una respuesta clara y pertinente. Pero emigrar conlleva también una cierta banalidad. Soy cada vez más proclive a admitir que las circunstancias sociales han tenido un cierto rol en la creación de este “yo–mismo”. Soy, al menos en parte, prisionero de las circunstancias, y eso concierne también a mis producciones intelectuales. Cuando digo que soy un escritor judío (porque es el hecho que ha marcado más profundamente mi condición), no me digo a mí  mismo judío, teniendo en cuenta mi cultura y mis convicciones, desgraciadamente no puedo hacerlo. Pero puedo decir que soy el escritor de una forma anacrónica de judío, de galut, el judío asimilado, soy el portador y el pintor de esta forma de existencia, el cronista de su liquidación, el mensajero de su necesaria desaparición. Desde este punto de vista la solución final juega un rol decisivo. En un cierto sentido, un hombre cuya identidad judía se reduce a Auschwitz y al intento de exterminar a los judíos no puede ser designado judío: es el “judío no judío” de Deutscher, la variante europea desprovista de lazos; juega un gran papel, incluso de primer orden, en la cultura europea (si es que aún existe), pero no juega ningún rol en la historia moderna del judaísmo, en la renovación de éste —y aquí debo precisar: si es que aún existe o existirá algún día. La categoría de judío solo es evidente para los antisemitas.

 

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Como todo infante tardío, la novela es frágil y caprichosa; suscita cantidad de inquietudes en su viejo padre. Padece todas las enfermedades infantiles, su sobrevivencia es una inquietud y un cuestionamiento permanente. No me sorprendería encontrarla muerta una mañana. Estaría inconsolable.

 

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De una cierta manera incluyo a Koestler en mi familia espiritual, como a los que la responsabilidad que sienten por el mundo los ha engañado, alejado, transformado, y que en el exilio han encontrado el sosiego, incluso su vocación. La caída de Europa en los años 1930 fue un espectáculo del que el mundo se acordará por mucho tiempo, y cuando leo a Koestler no es por sus historias, sino por los documentos conmovedores que este testigo del siglo escribió sobre el resquebrajamiento de la vida burguesa, su decepción por el movimiento comunista, su fuga y su adentramiento en Francia.

Inmensa fatiga. Hace semanas que no comunico con la Creación, en este impulso súbito (y maravilloso) de bienestar que a menudo me transportaba anteriormente. Ahora: depresión, insomnio. No puedo preservar la soledad que Dios me ha dado. Es tal vez el nombre del fiasco que me atormenta tanto durante mis instantes críticos.

No tengo grandes sueños; no tengo pensamientos elevados. Pero mi estilo es aceptable; y lo que yo comencé quiere ser concluido.

 

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Debo decidirme: ¿es necesaria esta novela? ¿El hecho de que trabaje en ella desde hace unos once años prueba que es necesaria? ¿Que yo considere este trabajo como la conclusión, la coronación de mi obra prueba que es necesaria? ¿Es posible que quiera contar una historia que no se puede, que yo no puedo contar? ¿Cuál es esta historia y porque la quiero contar? ¿No es solo por vanidad, simplemente para escribir otra novela, sea cual sea? La pregunta está fuera de lugar, porque se trata de ambición: escribir otra novela, no es una ambición desmedida, es la ambición absolutamente legitima de todo escritor, de todo artista que aún no desea retirarse.

 

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Ayer, lectura durante una velada judía (no recuerdo el nombre de la institución.) El último capítulo de Sin destino. Me sorprendió la fuerza del texto, que sigue (manifiestamente) siendo de actualidad. Enseguida, “discusión” frente al público. Fui muy incisivo (políticamente), algo que no suelo ser a menudo. Pero últimamente, todo me disgusta, al grado de que me dejé llevar con placer. M. estaba un poco espantada. En efecto, si hubiera habido delatores en la sala —¿y por qué no habría de haber habido?— habrían tenido varias cosas que delatar. Algunas afirmaciones (no) paranoicas: erigen (quisieran erigir) un muro a mi alrededor. Las famosas listas (tengo incluso pena de hablar al respecto: mi nombre omitido en la lista de los escritores del año franco–húngaro, solo me agregaron cuando los franceses protestaron, exactamente según los procedimientos de la época de Kádár; a final de cuentas, no tengo intención de aceptar el boleto de avión dado por el Estado, naturalmente, prefiero no ir.) Podría citar algunas injurias declaradas en diferentes periódicos y radios, inspiradas por las autoridades. No me interesan demasiado, pero un connoisseur de dictaduras sabrá como yo lo que significan las manifestaciones de este género (antes que nada, un renacimiento de la dictadura.) Desde este punto de vista, hay que temer la escritura en computadora, porque la maquina es más resistente que el papel que se puede romper; en efecto, ¿quién arrojaría su computadora al suelo a causa de una vaga amenaza de muerte? Además es interesante recalcar que desde que el uso de las computadoras se generalizó, ya no hay verdaderas dictaduras, sobre todo en Europa. Pero tal vez encontrarán una solución radical a esto, como para todo, como por ejemplo prohibir la venta de computadoras.

 

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Enésima semana de depresión. Vivo fuera de la novela. Todas las noches, cenar con desconocidos. La mayor parte de mi vida me parece una insensata pérdida de tiempo. No puedo librarme. Mi debilidad respecto a M. Las humillaciones físicas de la vejez. Jamás lo habría creído pero la vejez llega de golpe. De un día al otro, casi de un minuto al siguiente. La actitud física cambia de pronto, no hay remedio. Ganas incontrolables de orinar que hay que satisfacer so pena de mojar las sábanas. Que humillación. La peor catástrofe es la impotencia, cuando aún se conserva la atracción por las mujeres. Otra catástrofe, el insomnio. Son las tres cuarenta y dos de la mañana y aún no pego el ojo. Mañana me debo presentar ante el público, escritores españoles que no conozco, sin contar con que no hablo español. Pasaré por incompetente; ni hablar, ésta es una época incompetente.

 

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Otra cosa:

¿Por qué no puedo olvidar la primera bofetada que me dio mi padre? Fue en el internado, a medio día, en el dormitorio. Estábamos solos los dos. Mi padre me había dicho que si tenía hambre, podía abrir una cuenta con el tendero de la esquina —se llamaba Ács y su tienda, situada en el sótano, se encontraba en la esquina de las calles Szondi y Muncácsy Mihály— y comprar víveres a crédito. Toda la semana comí bocadillos de salami. Se puede suponer que mi padre pagó caro (¿cuánto, de hecho?) Poco importa, desde el momento que fue pobre consideraba el salami como una especie de manjar.

No gastó saliva en explicaciones. Visiblemente estaba determinado a hacer un gesto espectacular, a darme una buena cachetada. Su superioridad física, el lugar apartado donde todo esto se produjo, me hundió todo, yo grité y sollocé. Fue un evento devastador. Debí haber tenido ocho años. No fue sino mucho más tarde cuando percibí el efecto liberador de este suceso, a fuerza de considerarlo, como Flaubert que aconsejaba a Maupassant observar un árbol hasta verlo diferente de los otros y a reconocer su incomparable singularidad.

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Tomado de L’Ultime auberge, Actes Sud, 2015

Traducción de José Abdón Flores.



[1] Primera novela de Imre Kertesz, publicada en 1975 (N. del T.)

[2] En francés en el texto.