Nicola Ókin: “La selva no se toca”

El fotógrafo italiano documentó la lucha de los pueblos de la Amazonia ecuatoriana por preservar sus territorios ante la amenaza de compañías mineras y petroleras

Al día de hoy, 41 mil 700 hectáreas de selva amazónica han sido concesionadas por el gobierno de Ecuador a empresas mineras extranjeras. Sus guardianes, etnias originarias, han luchado durante años por preservar los más valiosos tesoros de la selva: oro, cobre, petróleo, y también por resguardar su fauna y su cultura ancestral. 

El fotógrafo italiano Nicola Ókin, que radica en México desde hace diez años, se ha dedicado a retratar minorías como los muxes, migrantes y ahora a las últimas etnias de la Alta Amazonia ecuatoriana: sáparas, achuars, kichwas, shuar, que se han levantado en armas, y en los tribunales, para aferrarse a cada centímetro de sus tierras que preservan desde tiempo inmemorables.

Desde hace tres años, Ókin registró los rostros de una comunidad su serie Piatsaw – Un diario sobre la resistencia de los Pueblos Originarios de la Alta Amazonía, en honor al espíritu homónimo, el primer hombre del la mitología sápara  que predijo que estaban condenados a desaparecer con la llegada de otras culturas.

Uno de sus principales ejes temáticos ha sido documentar la marginación. ¿Por qué?

Del proyecto en Juchitán me pareció importante mostrar fuera de México la riqueza de los muxes, su respeto al tercer sexo y los prejuicios que hay alrededor de ellos. Cuando llegué a México reconocí que existen dos grandes temáticas: el narcotráfico y la migración. Me sentí más identificado con esta última porque también soy un migrante, aunque con retos distintos. Siempre he sentido un fuerte vínculo con la Amazonia a pesar de mi distancia geográfica y cultural. Mi primer viaje fue un acercamiento sin muchas expectativas. Quería descubrir sus problemáticas y me encontré con su incansable resistencia para conservar sus raíces. Tuve la fortuna de documentar un periodo particular en la historia de estas comunidades porque se enfrentaron a los militares. No quise entrar en una dinámica de breaking news. Me enfoqué en conocer sus adversidades, su día a día; trabajar sin prisas y documentar un aspecto más amplio que solo una noticia.   

Los indígenas son muy desconfiados ante cualquier intruso. ¿Cómo accedió a ellos?

Estas comunidades se han organizado para establecer roles de dirigentes que los representen en su intento por abrir un diálogo con el gobierno, que en la administración de Rafael Correa fue nulo. Las puertas a este mundo amazónico solo se te pueden abrir cuando alguna figura decisiva de la comunidad te da autorización. Mi primer acercamiento fue con shuaras que se encontraban en pueblos cercanos y que, afortunadamente, tenían alguna relación con los líderes. En general, son personas muy ligadas a su cultura pero que en algún momento se ven forzadas a recurrir a los pueblos para acceder a servicios y productos básicos. Con actividades extractivistas, los shuar han tenido que ceder a la construcción de algunos caminos entre la ciudad y sus comunidades, aunque no conectan completamente. Es una situación complicada porque esto implica que otras personas puedan invadir su territorio.

Este proyecto es un diario visual sobre las formas de resistencia que enfrentan las etnias amazónicas.

Busqué subrayar su resistencia a la imposición de otro mundo, que no solo implica su batalla contra las concesiones a empresas extranjeras. Es su rebeldía ante la amenaza de ser desalojados de su territorio, a la amenaza de perder sus tradiciones, su lengua. Algunas comunidades han preferido no permitir ninguna vía de acceso terrestre como medida de protección. Morete, territorio sápara, está rodeado por miles de hectáreas de selva primaria, por lo que solo se puede ingresar por aire. A pie, una persona se llevaría alrededor de una semana de camino por zonas lodosas. La falta de carreteras es una suerte de bendición para los pobladores, ya que pueden mantener el control y la preservación del territorio, evitando la deforestación. De manera romántica, me sentía como uno de los primeros exploradores de la Amazonia ecuatoriana por llevar una cámara a sitios tan inhóspitos, por retratar la vida familiar de estas etnias, aunque no fui el primero ni seré el último.

¿Un protagonista de esta serie es el miedo de los indígenas a desaparecer, a extinguirse?

Más que miedo, están conscientes de su necesidad de resistencia para preservar su forma de vida. A pesar de algunas similitudes, cada etnia enfrenta sus propias problemáticas. En la provincia de Pastaza, al norte de la Amazonia, los últimos 573 sáparas luchan en sus territorios contra el ingreso de compañías petroleras. El pueblo kichwa, de Sarayaku, en 2012 pudo impedir la extracción en su territorio ancestral, expulsando a la empresa argentina CGC. Son súper hombres. Imagínese lo que representa adaptarse a vivir en un ambiente hostil como la selva amazónica y crecer con la necesidad de mantener su independencia. En Tsumtsuim, comunidad shuar, recabé el testimonio de mujeres y niños que fueron víctimas del ataque de cientos de militares que por la noche llegaron en helicóptero a sus comunidades. Tuvieron que escapar por la selva, sin recuperar siquiera una cobija. Son personas que cuando están bajo amenaza tienen el instinto de un  jaguar.

Me llama la atención que en uno de sus pies de foto señala que la comunidad de Tsumtsuim tiene una orden de captura por parte del gobierno

Después de que autoridades ecuatorianas, en agosto de 2016, desalojaron a 30 pobladores shuar de Nankints, principalmente de Tsumtsuim, retomaron el territorio atacando el campamento minero a finales del mismo año. Pocos días después ocurrió un enfrentamiento con militares y tuvieron que abandonar su territorio. El 14 de diciembre de 2016 se declaró el Estado de Excepción en toda la provincia de Morona-Santiago. Tsumtsuim fue atacada por cientos de militares que disparaban contra los pobladores, por lo que las 26 familias que componen dicha comunidad se vieron obligadas a huir internándose en la selva. Los militares ocuparon sus casas por varios meses. A su regreso, las familias de comuneros de Tsumtsuim encontraron sus hogares vacíos. Los militares robaron ollas y sus utensilios para trabajar, desabastecieron las fincas acabando con sus productos y comiéndose los pollos que criaban. Será necesario un año para restablecer el ritmo productivo de sus cultivos.

¿Estas comunidades están conscientes del impacto mediático que implica que haya retratado su situación?

Cuando llegué, pedí permiso para documentar una historia sobre su resistencia. Se combinó con que era el momento correcto para contarlo: la parte más encendida del proceso. Ellos saben del potencial que tiene mostrar su historia fuera de Ecuador. Saben del impacto que genera si un reportero, fotógrafo o algún representante de alguna organización civil cuenta lo que sucede en un sitio tan aislado. Participé como oyente en algunas de sus asambleas. Patricia, una líder kichwa de Sarayaku, dijo: “que sean bienvenidos los reporteros porque ellos tienen cámara o micrófono, y trátenlos bien, porque ellos decidirán qué y cómo contar al mundo sobre nuestra lucha”. La conciencia mediática es absoluta. Los más actualizados son los jóvenes pero todos mantienen la consigna de que la selva no se toca.