Graciela Iturbide en Avándaro

Han pasado 45 años desde que la fotógrafa registró con su cámara el frenesí que significó el festival de mayor impacto en la historia de la contracultura en México

Durante dos días, 11 y 12 de septiembre de 1971, Avándaro —ese poblado glamoroso y acogedor del Estado de México— se transformó en un espacio icónico en la historia de la contracultura. Ahí estuvo merodeando con cámara en mano la fotógrafa Graciela Iturbide. Esa joven mirada curiosa y poética es la que hoy se revela en la exposición Avándaro, que se exhibe en el Museo Universitario del Chopo para celebrar su 45 aniversario e invitar al público a contemplar una serie nunca antes expuesta de esta fotógrafa, la más importante de México.

“La verdad sobre Avándaro”, anunciaba la revista Piedra rodante. “Sensacionalmente revelador,  yeah, yeah, yeah, Avándaro”, fue uno de los encabezados de la prensa mexicana de aquella época, que se dividía entre el repudio y el gozo ante un acto que evidenciaba la existencia de la contracultura en México, y que además presentaba en sociedad a una novedosa tribu urbana: los jipitecas. Un mes más tarde, en octubre, la Editorial Diógenes —la misma que había acogido a la literatura de la Onda— imprimió el libro Avándaro.

“Emmanuel Carballo vio las fotos de Graciela y dijo ‘Hay que publicarlo’, y metió los textos de Luis Carrión, quien la había acompañado”, comenta el doctor en historia del arte Alberto Vázquez Mantecón, curador de la muestra. “Se trata de un libro muy apreciado entre los avandaristas y difícil de conseguir”. Avándaro es un pretexto, no la finalidad de esta exposición. “Las fotos de Graciela Iturbide en Avándaro son el gran objetivo; ahora bien, dado que este museo tiene una vocación muy clara y definitiva en la documentación de la contracultura, la exposición propone paralelamente una lectura para alguien que venga buscando saber qué fue Avándaro”.

Al entrar a la Galería 3 del museo, donde se exhiben las 56 imágenes a color y en blanco y negro, el espectador penetra en el mundo de Iturbide. Es un paseo por una forma de mirar que desde sus pininos se ha negado a usar flash y telefoto. “Las fotos son muy distintas al libro, porque no tuvo una buena calidad de impresión: refleja el diseño de esos años, muy inclinado hacia el alto contraste. Las imágenes a color habían virado al blanco y negro. De modo que cuando ves la foto original, tienes la certeza de que esta exposición es necesaria porque se trata de un material que no se ha visto en 45 años”, señala el curador. Esta sorpresa también la expresa Graciela Iturbide, quien ahora se pregunta por qué el libro aparece en blanco y negro. Quizá porque en ese momento el efecto Avándaro era más poderoso como idea que como imagen. Sin embargo, al ver las fotos impresas en gran formato, la sensibilidad y el testimonio visual de Iturbide cobran relevancia.

“No tenía idea de que Graciela conservara tanto material. No sabía que había fotografiado tanto. Originalmente pensé en 25 o 30 imágenes pero al final duplicamos el número. Lo importante de esta serie es que te encuentras a una artista que ya tiene todos los elementos del estilo que desarrollará posteriormente. Ya tiene esa manera de fotografiar en diálogo con la gente, esa curiosidad por las personas que tiene enfrente y esa mirada poética que va a caracterizar su trabajo; porque ella no es una fotógrafa de clic y ya, ni solo documentalista. Hay poesía en su obra, lo cual ya es interesante, y aplicada a la contracultura lo es aún más”.

Como historiador del arte, Vázquez Mantecón se ha especializado en la contracultura. “He trabajado mucho en cine Súper 8, también muy asociado a Avándaro. De hecho, una de las películas que se reprodujo más a lo largo de la década de 1970 fue aquel Súper 8 emblemático del festival filmado por Sergio García, David Celestinos, Héctor Abadie, y dirigido por Alfredo Gurrola”. Así que no dudó en aceptar la invitación para hacer la curaduría de esta serie que, hasta ahora, estaba perdida en la memoria de la historia de la fotografía del siglo XX.

En 1971, Graciela Iturbide tenía 29 años, estudiaba cine en el CUEC y vivía una disyuntiva: por un lado el cine, y por otro la fotografía. En la escuela conoció a Manuel Álvarez Bravo, quien la jaló en definitiva hacia la foto. Ya llevaba tiempo recorriendo el país retratando fiestas populares, así que éste era, desde su perspectiva, un festejo similar. Se enfocó en los personajes, en el paisaje, en el rito: el rock.

Sus fotos captan un pedazo de vida dentro de las vidas de los asistentes, quienes se transformaron en algo que ninguno de ellos esperaba. Avándaro, como comenta Vázquez Mantecón, es un hecho que excedió con mucho las expectativas de organizadores y asistentes. “Habían planeado una cosa y les salió otra muy distinta y compleja”, tan súbita como lo que capta la lente de Iturbide, quien llega ahí, acompañada del cineasta —su maestro— Jorge Fons y su compañero de escuela Luis Carrión, totalmente libre de prejuicios. No es alguien que forme parte de la contracultura ni esté asociada al mundo del rock. Es un testigo neutro y curioso. Le intriga lo que está pasando, así que en esos dos días fisgonea y se deja guiar por esa mirada intuitiva e inteligente que ha caracterizado su trayectoria. Así como logra captar la sorpresa y lo inesperado, retrata a los hacedores de la contracultura de distintas clases sociales. Sus imágenes nos presentan “una población de estratos bajos, pero que ya practica la cultura del rock. Graciela tiene una posición privilegiada. Devela a esos nuevos militantes de la contracultura mexicana que hasta entonces había sido muy fresa”, apunta el curador. La música se convierte así en un elemento democratizador.

De la mano de Iturbide recorremos el territorio espacial y temporal de Avándaro, nos mete en los ritmos del festival, los preparativos, las vestimentas, los campamentos, los hábitos de los asistentes, sus rostros interrogantes frente a la cámara mientras se bañan o ligan o simplemente están… ¿Qué habrán pensado esos personajes sobre la joven mujer que los observaba? Hoy, frente a estas imágenes, entendemos que la curiosidad era mutua: Iturbide observa y es observada, al igual que los protagonistas de sus fotos; un encuentro entre dos miradas que eternizan el instante, en la línea del ensayo Signos en rotación de Octavo Paz. “En este grupo de fotografías ya está presente el estilo actual de Graciela Iturbide. Con el tiempo, su ojo se irá educando y entrenando pero aquí ya es lo que es. La gran fotógrafa ya está ahí. Los interesados en su obra encontrarán en esta muestra las bases de su práctica fotográfica”, dice Vázquez.

Y no sólo eso, Iturbide también nos invita a un viaje. Fue, aunque ella no se asumiera tal, una testigo privilegiada, “que no se debate en la diatriba de la exaltación ni de la crítica; simplemente observa y ejerce una imparcialidad para recrear ese mundo”. De su mano recorremos los momentos del festival. Desde la llegada —el primer núcleo, como señala Vázquez Mantecón—, Graciela Iturbide detecta y documenta las nuevas prácticas sociales que ahí se ejercen: bailes, coqueteos, la participación de las mujeres. “Le llaman la atención las madres jóvenes que acuden con sus hijos”. Estas formas de sociabilidad emergentes constituyen un segundo núcleo. “El tercero es el concierto mismo: el éxtasis. Graciela Iturbide capta a la generación que está dispuesta a transgredir, a buscar una explosión de placer, de música, de emociones. Se mete a todas partes: se sube al escenario, se baja entre la gente, fotografía de día y de noche”.

¿El resultado? Un estudio intenso, un viaje al pasado para contemplar desde una perspectiva neutra, alejada de las miradas polarizadas. “Tiene una serie muy padre de la famosa Encuerada de Avándaro. No solo registra el hecho mismo de la chava que se encuera, sino que está muy atenta al efecto que produce entre los chavos a su alrededor. Tiene una mirada reflexiva sobre lo que sucede”. Y la travesía visual cierra con un cuarto núcleo: el fin de la fiesta. ¿Qué pasa después? Iturbide nos presenta el vacío, vemos —y sentimos— ese espacio sin gente, el escenario en silencio, los restos, el tiradero…

Mediante los cuatro núcleos observamos el diálogo entre curador y artista, una narrativa novedosa sobre un hecho casi fundacional en la historia de la contracultura mexicana, y el nacimiento de un discurso fotográfico. La muestra ataca por dos frentes —el artístico y el sociológico— y nos atrapa. Quien quiera venir para entender el legado de Avándaro es tan bienvenido como aquel que busca disfrutar de los orígenes visuales de Graciela Iturbide. Para complementar el concepto curatorial, se exhibe una serie de documentos, revistas, prensa de la época y películas que contextualizan el concierto, así como una entrevista a la artista. “Yo tenía muchas preguntas”, dice Vázquez Mantecón, “pensé que la gente tendría muchas dudas”, y ahí está la gran fotógrafa compartiendo su experiencia. Cuenta que a ella no le gustaba el rock, que no escuchó nada porque lo que contemplaba era tan complejo que atrapaba todos sus sentidos. Quizá por ello el visitante rodea las fotos, las pasea y entra a ellas, pues parecería que se escuchan los diálogos, la música, los gritos. Vemos a un hombre bailando tapado con una bandera estadunidense y casi podemos imaginar lo que siguió al baile. Observamos a una madre acomodando a su bebé en una canasta y casi podemos oír sus cantos, así como el rumor del agua entre unos jóvenes bañistas o las conversaciones entre hombres y mujeres que se encuentran en un espacio igualitario.

Las fotos de Graciela Iturbide conectan con el espectador del siglo XXI, ese para quien Avándaro no es parte de su memoria, sino un punto de referencia, y de pronto lo descubre como un estado de ánimo. Para muchos, es parte de la historia familiar transmitida por padres, tíos, hermanos, abuelos. “Habrá visitantes para los cuales formará parte de su memoria por una decisión voluntaria: ‘quiero apropiarme de esto para construir mi memoria de la contracultura, las raíces del punk o del fanzine en México’ ”.

La muestra da continuidad al imaginario sonoro de un evento crucial. “Pudo haber otros, pero Avándaro fue El Evento, porque tuvo —y aún tiene— una capacidad de convocar gente y al mismo tiempo de convocar reflexión sobre lo que pasaba. La juventud descubrió que había un filón que podía afirmar. Avándaro es la contraparte del 68, la consolidación de un proyecto cultural de la juventud mexicana de aquella época”.

Al salir de la exposición, es probable que algunos tendrán ganas de saber más, de hurgar en la obra de Graciela Iturbide o de buscar en YouTube fragmentos de Avándaro y escuchar a La Revolución de Emiliano Zapata o a Peace and Love. Más allá del “ya tenemos a San Francisco en México” o del “espectáculo de degeneración”, a 45 años tenemos la oportunidad de transitar por un ensayo visual que coloca en un segundo plano lo político y nos invita simplemente a contemplar. Graciela Iturbide se mira en el espejo y descubre a Virgilio. Nosotros la seguimos en el viaje.