Paraíso

Toscanadas
Fernando del Paso
Fernando del Paso (Especial)

Hace unos días intenté leer en voz alta el primer capítulo de Noticias del Imperio. “Yo soy María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la Reina de Inglaterra, Gran Maestre de la Cruz de San Carlos y Virreina de las provincias del Lombardovéneto acogidas por la piedad y la clemencia austriacas bajo las alas del águila bicéfala de la Casa de Habsburgo. Yo soy María Carlota Amelia Victoria, hija de Leopoldo Príncipe de Sajonia–Coburgo y Rey de Bélgica, a quien llamaban el Néstor de los Gobernantes y que me sentaba en sus piernas, acariciaba mis cabellos castaños y me decía que yo era la pequeña sílfide del Palacio de Laeken. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina, hija de Luisa María de Orleáns, la reina santa de los ojos azules y la nariz borbona que murió de consunción y de tristeza por el exilio y la muerte de Luis Felipe, mi abuelo, que cuando todavía era Rey de Francia me llenaba el regazo de castañas y la cara de besos en los Jardines de las Tullerías”. Cosa maravillosa, damas y caballeros. Cosa hermosa, niños y niñas. Para cuando llegué a: “pongo tu corazón y lo escucho latir y escucho los cañonazos de la Ciudadela de Trieste y del Peñón de Gibraltar saludando a la Novara, y escucho el triquitraque del ferrocarril de Veracruz a Loma Alta y escucho las notas del Domine Salvum fac Imperatorem y escucho de nuevo la descarga de Querétaro y sueño entonces, quisiera soñar, Maximiliano, que nunca abandonamos Miramar y Lacroma, que nunca nos fuimos a México, que nos quedamos aquí, que aquí nos hicimos viejos”, la voz se me quebró. No pude más ante una prosa tan bella, intensa y con significado. Lo repito: bella, intensa y con significado, tres pilares en los que se ha de sustentar la literatura para ser arte, no mera narrativa o anecdotario o propuesta o despliegue del ego o tríler o bestséler. Porque aunque digamos que la literatura es una de las bellas artes, más precisamente deberíamos decir que ciertas obras literarias alcanzan a ser bellas obras de arte, apenas unas cuantas, tal como el grueso de la arquitectura carece de entrañas y apenas unas cuantas obras arquitectónicas poseen belleza. Así las cosas la buena literatura ha de abrumarnos, ha de emocionarnos hasta el punto en que la voz se quiebre y broten las lágrimas, pero con esto no me refiero a conmoverse ante una escena triste, no, pues hasta un perro sabe lloriquear con la tristeza. Al leer una maravilla literaria el llanto ha de brotar por una emoción artística, que no es feliz ni triste, sino exaltada, impetuosa, asombrada, abrumadora, trascendente, indescifrable, humana, demasiado humana. Si a usted el arte no lo ha hecho temblar, balbucear, sudar, saltar, dar de puñetazos, embriagarse y llorar, entonces usted no conoce el arte, acaso como objeto intelectual o estético o comercial. Haga la prueba, lea en voz alta ese primer capítulo que le mencioné. Si llega incólume hasta el final, entonces, estimado lector, usted no tiene alma. Mas si por acaso, si por ese soplo de vida que se sopla a unos cuantos, la voz se le quiebra en algún pasaje, entonces de cierto le digo que hoy estará conmigo en el paraíso.