Llevas treinta años viviendo en Europa. Un artista es ante todo quien está más allá de la ideología del lugar y la época en que vive. ¿Cómo ha sido tu lucha por mantener tu libertad y tu capacidad crítica en Europa?
Los europeos están acostumbrados a estudiar a México. Aceptan con más dificultad que uno pretenda estudiarlos a ellos. De nuestros artistas se celebra en Europa que pinten sandías y que nuestros escritores hablen del trópico o se conviertan en profesores de gramática española durante treinta años, a cambio de una jubilación más o menos mediocre. En cambio, yo sostengo que, como mexicanos, podemos hacer etnología de los europeos. Por eso realicé la exposición Musée de l’homme en 1992, donde mostré cómo veía el mundo “occidental”. El famoso Museo del Hombre en París expuso durante décadas en sus vitrinas a las “culturas del mundo”, excepto a sí mismos. Yo les he hecho saber que nosotros también los observamos a ellos. Tradicionalmente hemos sido el espejo donde Europa busca su reflejo exótico; en esa muestra, decidí devolverles el espejo para que contemplaran su propia extrañeza. Y tu libro sobre Grecia antigua, Bajé ayer al Pireo. Estudios helénicos, o tus Poemas de Provenza les demuestran otra vez que no estamos condenados al exotismo, sino llamados a la herencia universal del pensamiento. Es lo que yo llamo “antropología comparada”, un diálogo sutil entre miradas despojadas de fronteras.
Los mexicanos, por otro lado, pretenden que es fácil ganar la categoría de “universal”.
La categoría de universal se consigue únicamente al salir del redil, con los sacrificios que ello implica. No viniendo de vacaciones a Europa.
Italia sigue siendo la patria del arte.
Italia tiene el mayor patrimonio artístico del mundo. El pueblo italiano, aunque no entienda las pinturas y esculturas que ve a su alrededor, tiene un respeto casi atávico por la belleza. Esto es fundamental. Ya te había hablado de la enmienda que propuso Vittorio Sgarbi a la Constitución italiana, que empieza: “La República italiana está basada en el trabajo”. Él buscó que se añadiera: “y en el respeto a la belleza”.
Mientras tanto, en México, vemos iconoclastas callejeros tirando estatuas, destruyendo y saqueando iglesias y archivos. O bien oficinistas con vocación de iconoclastas: hay que ver el estado de conservación de monumentos, museos, edificios históricos, bibliotecas…
Asistimos a un olvido deliberado. De eso ya se lamentaba amargamente el amigo de mi padre, José Vasconcelos, que dice en sus Memorias que México no ha entendido que es mejor construir sobre lo ya construido que destruir cada seis años. Olvidamos que la piedra tiene memoria. Destruir el pasado de forma cíclica no es renovarse, es fragmentar el alma de una nación. Como intuía Vasconcelos, la verdadera creación no nace de la ruina deliberada, sino de la continuidad y la contemplación de lo permanente. Nuestro deber como artistas e intelectuales —y lo lograremos— es que México respete la belleza.
Con el patrimonio de México, el país tendría que ser una potencia cultural mundial.
Y lo es. O lo fue, mejor dicho. Simplemente ahora falta una dirección clara y una proyección que tome en cuenta la nueva globalización en la que hemos entrado irremediablemente. La cultura para México no es un adorno: es su única oportunidad de ser relevante en la geopolítica. A través de la cultura México podría alcanzar los fines pragmáticos que se propusiera. No lo han entendido. Así que todo está por hacer.
Volvamos a Europa. Si Italia es la patria de la pintura, Francia dio en su momento la pauta de la poesía moderna.
No sé si el pueblo francés (¿qué quiere decir esta expresión hoy, por lo demás?) lea o no poesía, pero el hecho es que en el siglo XX la innovación poética se gestó gracias a un grupo de élite en París, muy ligado a la pintura. Pero todo esto es casi historia antigua. Hoy la industria editorial se está tambaleando incluso en Francia.
La cultura del libro, me decía Serge Gruzinski, está muriendo en Europa. Hablamos, por supuesto, de la revolución digital, cuyas consecuencias están a la vista de todos. No es que el objeto del libro vaya a desaparecer, sino que ya desapareció de la forma de vida de la gente y de la prioridad de los Estados, que ahora disponen de medios más eficaces de adoctrinamiento.
Entonces el deber de México será proteger y resguardar la cultura del libro en la nueva era, con su numeroso núcleo de lectores ilustrados en los países hispanoamericanos. Para eso existe, por ejemplo, el Fondo de Cultura Económica. Nos corresponderá a los mexicanos salvar el libro (el libro culto, se entiende), las revistas y los suplementos en el mundo hispánico, que no es poca cosa. Hablamos de más de quinientos millones de personas. Sin embargo, debemos entender el libro no como un mero objeto de consumo, sino como un templo del silencio. Nuestras instituciones y revistas culturales deben ser los custodios de ese espacio de recogimiento intelectual frente al ruido efímero y al adoctrinamiento de las pantallas, porque en esta lengua compartida poseemos la capacidad de cobijar el peso y el misterio de la palabra escrita.
El crítico francés Marc Dachy escribió de tu obra: “Leal Audirac vuelve a lanzar los dados de un juego infinito, demostrándonos que no todas las combinaciones se han revelado abiertamente, que no se han agotado y que la pintura se ha vuelto a poner en marcha”.
La alusión al Lance de dados de Mallarmé sitúa su juicio dentro de la mejor tradición francesa, que durante casi un siglo cumplió con la responsabilidad —y el deber, hubiera dicho André Malraux— de difundir el arte moderno. Hablamos de una Francia valiente, con carácter y que se atrevía a asumirse, todavía en los años noventa, como el faro de la cultura para el mundo. Y el recordado Marc Dachy —uno de los autores del libro Fernando Leal Audirac: La stagione che rimane, que presentó en Nueva York— estudiando mi obra estaba en realidad desarrollando ciertas intuiciones de Pierre Restany, quien me hospedó en su maravilloso departamento de la rue Campagne Première.
Tuve también el privilegio de ser huésped de Umberto Eco en su departamento de la rue Saint Sulpice donde nació el proyecto de proponer mi participación para la muestra que él estaba curando para el Louvre con mi cuadro Imagen de lo Absoluto. Esto sucedió años después de que yo representara a México en el centenario de la Bienal de Venecia de 1995, cuando realicé una serie de retratos de intelectuales y artistas, que tú has visto en mi estudio en Italia. La lista es larga, incluye a Jean Clair (ex-director del Museo Picasso), César, Bill Viola, Mimmo Rotella, Francesco Clemente, Thomas Ruff, David Grossman, Opalka, Gillo Dorfles, Jheon Soo-cheon, Leo Kossof, Nina Roos, Eduardo Arroyo, Luigi Stornaiolo e Ignacio Iturria. En una palabra, retraté la última vanguardia del siglo XX. Ese conjunto de rostros no fue una mera crónica estética, sino la cartografía de una época donde el arte aún dialogaba con lo sagrado, antes de disolverse en el simulacro contemporáneo.
Y ahora voy por el siglo XXI. Recientemente retomé la idea de mi serie de intelectuales con el retrato que te hice en mi estudio en Italia hace un par de meses. David Noria es el primer cuadro de esta nueva etapa. Celebro mucho nuestra amistad porque como poeta has investigado las formas eruditas en varias lenguas (antiguas y modernas), pero has nutrido tu creación literaria con una trayectoria de vida que es también poética y valiente, y muy moderna. Tienes una cultura europea e hispanoamericana. ¡Y luego has leído los veintiséis tomos de las Obras completas de Alfonso Reyes! Mi padre fue amigo de Alfonso Reyes, yo lo fui de Umberto Eco, Roberto Sanesi, Alda Merini, Pierre Restany, Fernando Savater, Sergio Fernández, Juan Acha, Ernesto de la Peña, Arturo González Cosío y Alí Chumacero. De alguna manera tú y yo estamos reconstruyendo ese grupo y esa época, pero ahora entre París y Milán. Celebro que seas el puente con esa gran tradición y que además estemos abocados al rescate de figuras históricas en el arte como Raoul Dufy, Emanuel Vigeland, Felice Casorati, Fernando Leal, Manuel Rodríguez Lozano, Fermín Revueltas o el padre Octaviano Valdés. Quise plasmar todo esto en el retrato que te hice, que parte de la serie de la Bienal de Venecia comentada por Marc Dachy y expuesta en París y en Venecia en 1995.
Mi retrato me hace pensar en un ícono griego como los que vi en el Monte Athos o en el Conde de Montecristo.
No por nada viviste en Marsella y ahora en París.
En tu obra el Poder ocupa un lugar central. También la violencia. Tu cuadro Imagen de lo Absoluto es posiblemente la obra más transgresora… que se haya pintado.
Es el cuadro anticlimático por excelencia. Pone en alerta los sentidos del espectador, que va de la fascinación al horror, pasando por la negación y la invención de todo tipo de interpretaciones tranquilizadoras, pero falseadas. Es un cuadro que funciona como una demostración del fenómeno de percepción estética y de la reacción psicológica ante la violencia. No busco con él la provocación mundana, sino el desgarramiento lírico de la verdad. En suma, representa a la humanidad destruyéndose a sí misma, porque éste es el signo de nuestros tiempos. Es un eclipse del espíritu donde el Poder despoja al hombre de su condición, dejándolo frente a la inmensidad del vacío. Saturno devorando a su hijo de Goya es una anticipación de mi obra. Por supuesto, todos los mitos arcaicos han presentido y tratado de conjurar este peligro que puede resumirse así: el enemigo del hombre no son los dioses, ni las fieras, ni la naturaleza, sino él mismo. Nuestra época, que se jacta de haber salido de la etapa mítica, tiene el dudoso honor de haber creado los medios reales para la realización de esta advertencia arcaica.
La política, el dinero, la religión y el arte son los cuatro dominios en que has investigado la metafísica del Poder desde un punto de vista filosófico y pictórico. Tu cuadro Imagen de lo Absoluto representa la agresión del hombre contra sí mismo. Recuerdo algo de lo que hemos conversado: las tres variantes del Poder son el odio, el amor y —la más difícil— la renuncia al Poder. No has tenido miedo en investigarlas todas. Este cuadro tuyo se complementa con otras dos obras de dimensiones monumentales: El gato invisible, que pude ver en Italia y que representa al testigo mudo de la historia (el espectador, animado pero no humano, del acontecer, presentido por Goya también), y el fresco inmenso de Juan Pablo II, que no es propaganda religiosa, sino una reflexión sobre quién detenta realmente el Poder, pregunta que puede ramificarse en una serie de disyuntivas: el artista o el sacerdote, el artista o el político, el artista o el banquero, el artista o el pueblo. El poder de la imagen. Me parece una cuestión fundamental. Malraux, a quien mencionabas, dice algo admirable sobre el arte: “Ninguna grandeza es separable de lo que la mantiene […]. Las esculturas son más egipcias que los egipcios, más cristianas que los cristianos, más Miguel Ángel que Miguel Ángel, más humanas que el mundo”. El artista y el poeta inventan la humanidad.
Miguel Ángel y Dante inventaron Italia y le dieron credibilidad a Europa durante mil años. Ahora bien, Imagen de lo Absoluto de alguna manera es la imagen de Dios. Mi amigo Fernando Savater tiene un cuento, “Los bienaventurados”, donde los muertos llegan al cielo y descubren a Dios bajo la forma de un caballo en flamas sediento de sangre: “Éste es mi verdadero rostro, que no quisisteis ver en mi espejo que es la naturaleza”, les dice.
Soy un retratista del Poder en su sentido metafísico. El valor del artista radica en su intransigencia frente a la verdad, que en nuestra época es el abismo continuo. Solo encarándolo podemos moldear un sentido. Produciremos un sentido a partir del vacío. Aquí encontramos la dimensión creadora de todo poeta, de todo pintor y su verdadera dignidad, utilidad e importancia.
Este abismo del que hablas ¿no es la sensación de que da igual perder el tiempo y la vida que aplicarlos a una misión, una obra?
Es precisamente la sensación de caer sin fondo y de que al llegar al fondo solo estamos al comienzo de otro precipicio de banalidad. Todos estamos fugándonos de la realidad. Huyendo de nuestra mortalidad, por supuesto. Pero también de la conciencia de que podríamos cambiar las cosas. No queremos reconocer el poder de creación que está latente, por no decir aletargado, en nosotros. La sociedad ofrece todo tipo de sucedáneos de la verdadera creación: las series de televisión, las canciones cursis, las películas, los espectáculos, la moda, la comida y todo tipo de ideas como “paz”, “guerra”, “amor”, “odio”, “esperanza”, “respeto”. No hablo de las cosas en sí, sino de la imagen tergiversada que se da de ellas. Todo eso que pasa por cultura, mercancía o ideología no es sino una anestesia aplicada con perversión. Y cada país le pone su color local a la falsedad.
Por supuesto, los potentados son súcubos de su propia ideología: creen que controlan, pero en realidad están controlados por esa idea. Ahí es donde debe sentirse la influencia de los artistas en la sociedad: somos un fósforo al final de un túnel de oscuridad. Porque el universo es oscuro. Los momentos de luz son memorias, vislumbres. Pero si no tenemos la instrucción y la educación para valorarlos, son inútiles. Esta es la diferencia entre Europa y América: en Europa la gente, aunque no pueda a veces entender la belleza de sus monumentos, la respeta. Dicho de otro modo, nuestro problema principal no es el narco, ni es Trump, es nuestra propia falta de imaginación y de capacidad para admirar lo bello. Educar para la belleza y el respeto del arte son la única salida. José Vasconcelos y mi padre Fernando Leal, en su manifiesto El derecho de la cultura, no se equivocaban.
Un artista verdadero libera nuevos mundos.
En la época contemporánea un artista verdadero equivale a decir un artista libre, y el cine, el teatro, la música industrial, todas esas posibilidades están encadenadas por intereses económicos y políticos. En el fondo, solo la pintura y la poesía, que son artes de medios relativamente modestos, permiten una libertad peligrosa, una profundidad y una audacia que pueden hacer temblar a los gigantes. Los pintores y poetas son los justicieros ante la Historia. Es un poco como David contra Goliat.
¿En qué trabajas actualmente?
Al poco tiempo de cumplir los treinta años, el Palacio de Bellas Artes organizó una muestra antológica de mi obra. En aquella ocasión se publicó una monografía que, por ser el libro de arte más voluminoso jamás dedicado a un artista de mi generación, hizo que muchos pensaran que Leal Audirac era ya un pintor consagrado... y fallecido. Diez años después de mi participación en el Centenario de la Bienal de Venecia de 1995, la prestigiosa Silvana Editoriale me dedicó un nuevo volumen. Con textos de Martina Corgnati, Lorella Giudici, Jorge Juanes, Marc Dachy y Gianluca Marziani, la obra se convirtió en la monografía más imponente que la editorial italiana hubiera publicado jamás sobre un creador contemporáneo. Y es que el tiempo del artista no es cronológico, sino interior: la juventud busca el estrépito; la madurez, en cambio, prefiere la precisión de la luz y la hondura del trazo. Apenas voy a empezar mi verdadera obra. ¿Sabes a qué edad Miguel Ángel pintó su Juicio final?
A los setenta años.
Me he preparado toda la vida para este momento.
AQ / MCB