Habitantes de un cementerio

Los personajes de Temporada de huracanes son hijos de la indigencia material y moral y practican una sexualidad que convive con el arrepentimiento y la vergüenza.
Portada de 'Temporada de huracanes'
Portada de 'Temporada de huracanes' (Cortesía: Literatura Random House)

Ciudad de México

Si Falsa liebre sorprendió por la solvencia estilística para revitalizar nuestra más cruda tradición realista, Temporada de huracanes (Literatura Random House, México, 2017) seduce por la fuerza con la cual lleva los ritmos y las voces de cierta oralidad al terreno siempre exigente de la escritura. Fernanda Melchor tiene un oído muy bien entrenado, y tiene asimismo un enorme talento para recrear el lenguaje de la lucha por la supervivencia, la misma que protagonizan los más miserables de entre los miserables.

Los personajes de Temporada de huracanes son hijos de la indigencia material y moral y practican una sexualidad que convive con el arrepentimiento y la vergüenza. Son, por si con esto no fuera suficiente, adictos al alcohol, la mariguana, la cocaína y las metanfetaminas, o golfas capaces de abandonar a sus hijos para seguir la fiesta con el fulano en turno. Del sentido de pertenencia a una familia, una clase, una región, no saben nada; del desarraigo saben todo. Quizá por eso se afanan tanto por hundirse en la abyección.

El disparador de la acción es apenas un pretexto para tejer una fina trama de desplazamientos espaciales y temporales en una ciudad veracruzana, con sus casuchas malolientes, sus caminos peligrosos y su plaza sin gracia. El asesinato de un travesti, a quien apodan La Bruja por sus conocimientos de herbolaria y de algunos conjuros, no anuncia un thriller policiaco sino una expedición a través de las fantasías y las insatisfacciones carnales de un grupo de jóvenes malvivientes que se prostituyen en los andenes de la carretera y las cantinas donde se reúnen los camioneros y los trabajadores petroleros. Son sus voces quienes llegan hasta nosotros, a veces en tono confesional, otras con mal disimulada rabia, casi siempre procaces, hasta formar un coro infecto y doliente.

Fernanda Melchor conduce y modula esas voces sin permitirse un solo momento de flaqueza. Imprime un ritmo del que no podemos sustraernos porque oscila entre el carnaval y el duelo. El imitador de Luis Miguel provocando los espasmos amorosos de La Bruja y blandiendo al mismo tiempo su femenina masculinidad una vez que ha sido acusado de robar 200 pesos —sí, 200 pesos— condensa estos dos extremos que se tocan.

No he dicho “narco” ni he dicho “policía”. En Temporada de huracanes apenas y se alude a estas figuras espectrales. Fernanda Melchor dispone de tantas armas narrativas que tampoco ha necesitado escribir “Veracruz” para instalarnos en la ruina en que se ha convertido. Extrañaba tanto a una escritora con tal arrojo y oficio para contar las vidas y los lugares que ahora parecen habitantes de un cementerio.