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Martes , 16.10.2018 / 17:10 Hoy

Fante y Bandini

Los paisajes invsibles

El escritor le dijo en una carta a Carey McWilliams que “el contenido pondría de punta los pelos del culo de un lobo”
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El 8 de mayo se cumplieron 35 años de la muerte de John Fante y como sus cuentos y novelas, el aniversario luctuoso pasó desapercibido a pesar de la tetralogía de Arturo Bandini, de su arduo trajinar en el oficio de guionista, de sus otros libros como La hermandad de la uva, Llenos de vida o El vino de la juventud, a pesar de los elogios y el espaldarazo editorial y público que le dispensó Bukowski. 

Fante comenzó a escribir Camino de Los Ángeles, la primera entrega de la saga de Arturo Bandini, 50 años antes de morir. Todo mundo sabe que ese libro se gestó en 1933 en un ático de Long Beach, California, y que al culminarla, Fante le dijo en una carta a Carey McWilliams que “el contenido pondría de punta los pelos del culo de un lobo”, aunque jamás erizó los pelos de alguna región orgánica de un lobo ni tampoco petrificó la pilosidad de mamífero cualquiera, porque Camino de Los Ángeles se publicó después de fallecido, cuando su viuda halló el original en el desorden de su archivo. 

Sí. Fante estaba más que consciente del carácter subversivo de su novela, y tal vez por eso modificó tanto al modelo o, digamos, su alter ego, porque ese primer Bandini de Camino de Los Ángeles es un tipo patibulario, soez, racista, macho, misógino, tacaño, holgazán y borrachín, un Bandini radicalmente distinto al Bandini ingenuo, soñador, enamoradizo, inseguro y picarón de Pregúntale al polvo, Espera a la primavera, Bandini y Sueños de Bunker Hill, las tres obras que sí vio editadas aunque se vendieron mal, se criticaron peor y se leyeron poco (la última, Sueños de Bunker Hill, se la dictó a su esposa Joyce, impedido por la ceguera en la última fase de la diabetes).

Fante, en efecto, vivió en Bunker Hill, un distrito apuntalado en el centro de Los Ángeles, y que hoy solo recuerda al escritor con una placa que designa a la esquina de la calle 5ª y la Avenida Grand como la John Fante Square, un vértice entre la zona financiera y el barrio joyero: largas arterias con menos transeúntes que autos, vías más aburridas de lo que cualquiera pueda imaginar de la ciudad con ese cerro que ostenta el letrero de Hollywood y que él amó tanto como a una mujer, por ejemplo a esa Helen Brownell que de tanto ardor Arturo Bandini le dedica unos versos de Yeats, precisamente, en Sueños de Bunker Hill: “Cuando seas una vieja canosa y modorra,/ y cabecees junto al fuego, toma este libro,/ léelo despacio y sueña con la tierna expresión/ que hubo antaño en tus ojos, y con sus sombras profundas;/ muchos amaron tus momentos de gracia radiante,/ y amaron tu belleza con amor verdadero o falso,/ pero hubo uno que amó tu alma de peregrina/ y amó el dolor de tu rostro cambiante”.

En fin. Que para los personajes novelescos, 35 años no son muchos. Fante no está, Bandini queda.


@IvanRiosGascon

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