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Martes , 20.11.2018 / 13:18 Hoy

Exploradora de la voluntad

A fuego lento

Todo responde a la ficción, con tan buen diseño de los hechos y el lenguaje que la repulsión no alcanza a devastarnos por completo
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“Yo era un monstruo pentápodo, pero te quería”, dice Humbert Humbert en Lolita. Estas palabras sirven de epígrafe a la novela de Liliana Blum pero no definen por completo a su protagonista, Raymundo Betancourt, pedófilo, asesino y mentiroso profesional a quien observamos a través de los recuerdos de su amante, una enana sin malicia, y de una voz narrativa que conduce la trama con objetividad quirúrgica.

El monstruo pentápodo (Tusquets, México, 2017) concentra sus acciones en los meses durante los cuales Raymundo Betancourt mantiene secuestrada a una niña de seis años en el sótano de alguna casa sin memoria de Durango. No estamos frente a un caso de nota roja. Todo responde a la ficción, con tan buen diseño de los hechos y el lenguaje que la repulsión no alcanza a devastarnos por completo. Y es que, aunque Liliana Blum no hace explícitos los abusos y las vejaciones, la infamia sexual, no es posible dejar de imaginar...

Las zonas más oscuras de la bestialidad son iluminadas por el diario y las cartas de la enana —quien responde al nombre de Aimeé—, un ser tan repulsivo como su seductor. Sus exabruptos dan lugar a un cuadro psicológico en el que sobresalen la culpa y una malsana dependencia. Conminada a servir de cómplice, se debate al “estar enamorada de él y saber lo que hacía con la niña”. Es el personaje mejor elaborado. Nunca de una pieza, ofrece la ambigüedad que solo se reserva a las creaturas desgraciadas: “las enanas, al tocar fondo, caen más abajo que los demás”.

Ocultar y develar: El monstruo pentápodo oscila entre estas dos acciones. Liliana Blum renuncia a decirlo todo, quizá no tanto por pudor sino por estrategia. Es cierto que ingresamos al sótano y presenciamos los deleites de Raymundo pero también es cierto que lo hacemos a través de un velo que ciega la mirada. La curiosidad tiene límites y no encierra la promesa de que tomará el espacio.

A la sutileza, hay que añadir la neutralidad narrativa. En manos de una feminista rabiosa, esta historia serviría para blandir una espada flamígera y descargarla contra la masculinidad entera. Pero como Liliana Blum es una exploradora de la voluntad, una novelista capaz de encarar un gran desafío, nos quedamos con el horror entrevisto desde las orillas literarias. 

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