Los estudiantes van al cielo

Toscanadas.
Los estudiantes van al cielo.
Los estudiantes van al cielo.

Ciudad de México

Leo que en España, tal como en otros países de Europa, están echando la filosofía de las escuelas para darle espacio a la religión. Por supuesto, cuando se habla de “religión”, se está hablando de la versión católica.

Hace unos meses, la Madre Patria aprobó la llamada “Ley mordaza”, digna de una dictadura de esas que el mundo democrático dice combatir. Ya antes sus medios masivos se venían encargando de comentar los zapatos de Letizia o el último gol de Messi por sobre asuntos más relevantes. El paso lógico hacia la proliferación de las mentes cautivas era deshacerse de la crítica que promueve la filosofía e imponer la obediencia que impone la religión. En esto, el matrimonio Estado-Iglesia ha sabido bailar al unísono. Tanto así, que en la ceremonia de coronación del rey Juan Carlos, el cardenal Vicente Enrique y Tarancón le aseguró que la Iglesia se encargaría de la obediencia de los ciudadanos.

Mientras la filosofía promueve la duda, el cuestionamiento e incluso el escepticismo como fuentes de sabiduría, la religión se regodea en la amonestación de Cristo a uno de sus apóstoles: “Bienaventurados los que no vieron, y creyeron”. Mientras las ideas de la filosofía se sostienen por sí mismas, por su argumentación y fortaleza lógica, las de Cristo se sostienen porque caminó sobre el agua. Mientras en filosofía dudar es la fuente de la sabiduría, en religión “el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra”.

Los huevonazos de los alumnos españoles han dicho que prefieren las clases de religión que las de filosofía, pues en las primeras apenas memorizan un poco, mientras que en las segundas los obligan a pensar.

Esta pereza mental generalizada ha hecho que la religión avance por sobre las ideas que supuestamente la amenazaban.

El primer gran peligro llegó con la imprenta y las traducciones de la Biblia a las lenguas vernáculas. Desde la Santa Sede se condenó a traductores y editores, se les persiguió y algunos pararon en la hoguera. “¿Qué será de nuestro poder”, se preguntó la Iglesia, “ahora que no monopolizamos la información?”. Pero a los creyentes les dio lo mismo, y se conformaron con conocer el Libro Sagrado a través de las gacetillas que se recetan los domingos.

Se sabe lo que ocurrió con el universo heliocéntrico de Copérnico. Igualmente entonces la iracundia papal fue injustificada, pues a la gente le dio lo mismo quién girara alrededor de quién. Luego Kepler halló que las órbitas eran elípticas, echando por tierra la perfección divina del círculo. También a los creyentes les dio lo mismo.

Cuando Darwin publicó su libro, los teólogos se encolerizaron. No se trataba meramente de una historia natural diferente a las que se relatan en el Génesis, sino que había algo más grave. “Suponer que no existieron Adán y Eva”, dijeron los religiosos, “equivale a aceptar que no hubo pecado original. Y sin pecado original, el sacrificio de Cristo resulta inútil”. Otra vez fue más el ruido que las nueces, porque a los creyentes no les importaron las implicaciones darwinianas.

Así, ese libro insostenible por la razón va ganando espacio otra vez en las escuelas, así como en la política, los juzgados y los congresos.

Dios nos coja confesados.