España sin ti

Toscanadas
La calle Cervantes en Madrid.
La calle Cervantes en Madrid. (Especial)

Estoy en Madrid. Entre otras cosas vine a ver la exposición de Georges de La Tour en el Museo del Prado y a comer jamón. Ambas cosas son muy disfrutables. Los cuadros del pintor francés son para mirarse largo rato y llevarse un trozo de belleza en la memoria. El jamón de bellota es para dar gracias al creador, o sea, al porcicultor. En la tradición que proviene de algún evangelio apócrifo, La Tour pinta a José como un anciano. También la tradición dice que el jamón debe añejarse, al menos seis meses, pudiendo llegar hasta los cuatro años. En la exposición de La Tour, también había tres cuadros dedicados a estafadores o ladrones o pillos o como se les quiera llamar; gente que hace trampa en el juego o mete la mano en el bolsillo ajeno. Aquí ya no encontré un paralelismo con el jamón, pero sí con ciertos truhanes mexicanos.

Salí del museo y tomé por la calle Cervantes. Entonces me puse a pensar que la libertad de caminar por esa y otras calles madrileñas estaba vedada para ciertos gobernadores, políticos y empresarios de mi país. Ahí me vinieron las sabias palabras de don Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Me sentí contento de ser un personaje que nunca ha desfalcado las arcas de un estado, ni tomado una casa que no me pertenece; de solo necesitar al Virgilio que dijo: Furor arma ministrat y no a otro para que proclame mi honradez; de que mi pasaporte sea suficiente para viajar de un lugar a otro, sin temor de que en algún país me esté acechando una orden de arresto.

De ahí bajé a la calle Lope de Vega. Entonces pensé en su célebre Fuenteovejuna, en la que los habitantes de un pueblo deciden matar al comendador para quitarse de encima sus abusos. “¿Quién mató al comendador?”, pregunta el juez. Y la respuesta no varía: “Fuenteovejuna, señor”.

Los gobernadores de varios estados han de agradecer que los mexicanos seamos poco fuenteovejunescos. Pero sería bueno que se organizaran representaciones de la obra de Lope y se llevaran hasta el último rincón del país. No está de más recordarle a la gente que el poder es del pueblo, y para esto funciona mejor la literatura que cualquier arenga partidista.

Caminando un poco más, se llega a la calle de las Huertas. Una ruta empedrada que sirve como tributo a varios escritores, como Góngora, Pérez Galdós, Bécquer, entre otros. En los muros hay placas conmemorativas y en la propia calle están grabados algunos versos o líneas. Son dignos homenajes a personajes que nos heredaron palabras y sabiduría. Ellos no necesitaban este reconocimiento para merecer honores. Algunos funcionarios se mandan erigir monumentos y acaban por deshonrarse aún más.

Cuando caminaba por sobre los versos de León Felipe, recordé aquel que dice: “que los huesos del hombre los entierran con cuentos”. Me encogí de hombros y seguí mi camino.

Las calles de Madrid están siempre repletas. Se tiene la sensación de que ahí está el mundo entero, de que uno podría toparse a cualquier conocido a la vuelta de la esquina.

Pero no a todos. Hay gente que ya no puede venir a España.