Genios

Escolios
El crítico literario Harold Bloom
El crítico literario Harold Bloom

Para bien o para mal, uno de los ideales estéticos más estimulantes, el genio, parece desvanecerse. Las teorías dominantes en la academia, desde los enfoques marxistas hasta los estudios culturales, tienen en común un determinismo que desfavorece la ponderación del genio individual. Acaso estos enfoques sean pertinentes para revelar las formas en que las circunstancias sociales, el poder y el mercado pueden influir en los prestigios artísticos; pero es indispensable distinguir entre la denuncia política de los usos del arte y la apreciación del arte. Desgraciadamente, al revés de la crítica romántica que exageraba la exaltación de la creatividad personal, estas corrientes conciben el genio individual como un mito burgués o un instrumento de dominación colonialista y entienden el canon como producto espurio de circunstancias inducidas. Es difícil hablar de una entelequia como el genio; sin embargo, sería muy empobrecedor admitir que la excelencia artística es una invención ideológica y dejar que el panteón literario se llene con meras cuotas de género, raza y nacionalidad. Por eso, sin ignorar su ostentación y grandilocuencia, resultan encomiables las querellas de Harold Bloom a favor del genio individual, pues como dice en su libro Genios (Anagrama, 2012): “No podríamos enfrentar el siglo XXI sin la esperanza de que también aquí nos espere un Stravinski o un Louis Armstrong, un Picasso o un Matisse, un Proust o un James Joyce”.

Con mucha erudición y su perenne combatividad, Bloom intenta rebatir las nociones más chatas de democracia creativa haciendo una lista arbitraria de genios literarios y aventurando una suerte de definición. El genio combina en distintas dosis los rasgos de maestría, audacia y carisma: los genios dominan su oficio, manejan formas e ideas innovadoras y controvertidas y ejercen una particular seducción personal.  Las obras de los genios son monumentales y persuasivas, sus mundos abren puertas para la percepción y la imaginación, avistan ideas o descubren criaturas inéditas.  Sus argumentos intelectuales, sus personajes o sus situaciones no son solo magnífico entretenimiento, sino incisiones en el alma de los individuos y en la cultura. El genio rebasa los condicionamientos históricos: “Las mismas fuerzas sociales, económicas y culturales producen simultáneamente obras inmortales y obras que no trascienden su propia época. Thomas Middleton, Philip Massinger y George Chapman compartieron los mismos recursos culturales que supuestamente modelaron Hamlet y El rey Lear”. Además, el genio es afrodisiaco, contagia su ambición de infinito, induce a superar la mediocridad y el lugar común y aporta emociones o estructuras paradigmáticas. Acaso la idea más provocativa de esta obra de Bloom es que el genio, sin evadirse de las condiciones de su tiempo, no encuentra en ellas el motor o el obstáculo fundamental de su vocación, sino en el propio coloquio agonístico con otros genios y consigo mismo.