Bob Dyland: ¿carisma o escritura?

Escolios
(Michael Ochs, Getty Images)
(Michael Ochs, Getty Images)

La designación de Bob Dylan como Premio Nobel de Literatura rompe con varias tradiciones en la decisión de la Academia Sueca: quizá la ruptura más importante es que, por primera vez, se reconoce a un artista cuyo instrumento de difusión primordial no es el libro (aun el controvertido premio al legendario político Winston Churchill se atribuyó a sus escritos) sino los distintos soportes de la industria de la música y del espectáculo. Por supuesto, la raigambre literaria de Dylan (comenzando por su pseudónimo) es innegable; sus letras tienen una extraordinaria calidad, intensidad y consistencia; su figura representa, con envidiable lozanía, los ideales libertarios y pacifistas acuñados en los años sesenta, y sus posiciones políticas han sido valientes y de un temperado y congruente progresismo. En lo personal, sus canciones son una de mis compañías más gratas y dilectas. De cualquier manera, con todo y la identificación sentimental, el hecho de que este icono de la cultura pop haya ganado el premio de literatura más reputado me desconcierta, no tanto por cerrazón gremial, ni por la reticencia a incorporar al canon géneros tan antiguos y venerables como la canción, sino porque esta decisión, al tiempo que amplía la apreciación y ensancha el campo de lo literario, también abre resquicios para su mayor banalización.

Por un lado, con el Nobel a Dylan se continúa el proceso de nivelar expresiones artísticas que tienen mucho mérito en su ámbito, pero que son difícilmente equiparables. Por ejemplo, pese a la calidad poética de las canciones de Dylan resultaría desmesurado intentar compararlas siquiera con la articulación, alcance y autoconciencia de la obra de poetas que han ganado el mismo premio como T.S. Eliot o Derek Walcott, por mencionar algunos. Por otro lado, el Nobel a Dylan legitima la alarmante propensión a que el carisma mediático merecidamente ganado en una esfera (el mundo del espectáculo o la política) se vuelva moneda de cambio en otra, al parecer cada vez más ávida de recibir prestigios ajenos, como la literatura. Sin embargo, quizá mi reticencia más significativa tiene que ver con el soporte: a diferencia de la música de rock que convoca a la comunión gregaria, la escritura literaria convoca al silencio, a la soledad y la empatía crítica del lector. Existen sobrados espacios para celebrar el arrastre colectivo de la música pop, pocos para reconocer la callada introspección de la literatura.

@Sobreperdonar