Eric Hobsbawm (1917-2012): El último marxista de Occidente

El 9 de junio conmemoramos cien años del nacimiento del historiador británico, un estudioso ineludible del convulso siglo XX
Eric Hobsbawm
Eric Hobsbawm (Especial)

Puede invocarse a la dialéctica para explicarlo, pero resulta curioso que Inglaterra, el país que más ninguneó los logros intelectuales de Marx y Engels en el siglo XIX, haya sido la cuna de uno de los principales pensadores marxistas del siglo XX: Eric John Ernest Hobsbawm (1917-2012). No se puede sino estar de acuerdo en la manera en como la BBC anunció su muerte: “La historia de Eric Hobsbawm es la historia del siglo XX”. Por ello, el libro con el que el lector interesado puede comenzar a acercarse a su ingente obra es Historia del siglo XX, 1914-1991 (Crítica, 2014), con el que culmina la tetralogía de “Las eras” (su título original es The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991, 1994). Él era consciente de las rutas paralelas que existían entre su vida y la del siglo, como anota en el capítulo “Vista panorámica del siglo XX”: “Para cualquier persona de mi edad que ha vivido durante todo o la mayor parte del siglo XX, esta tarea tiene también, inevitablemente, una dimensión autobiográfica, ya que hablamos y nos explayamos sobre nuestros recuerdos (y los corregimos). Hablamos como hombres y mujeres de un tiempo y un lugar concretos, que han participado en su historia en formas diversas. [...] Somos parte de ese siglo que es parte de nosotros”. Y en estos renglones, está exponiendo parte de su método como historiador.

En el título original aparece la expresión “el siglo XX corto”, que no deja de ser una especie de respuesta a “la larga duración” de los historiadores franceses. Como aclara Hobsbawm en el prefacio, la expresión se la debe al húngaro Ivan Berend. Su aproximación a este siglo corto, lleno de intensidad, es “una mirada hacia atrás para contemplar el camino que nos ha conducido hasta aquí”. A pesar de las visiones apocalípticas que rodearon el final de siglo, dos cosas quedaron claras: Occidente y el capitalismo no estaban en decadencia y, por fortuna, “la nueva sociedad no ha destruido completamente toda la herencia del pasado”.

Hobsbawm creció en Viena y Berlín. Tras la muerte de sus padres (un mercader británico y una escritora austriaca, judíos ambos), él y su hermana fueron criados por sus tíos que los llevaron a Inglaterra. En 1936 ingresó al Partido Comunista y no renunció cuando los soviéticos invadieron Hungría en 1956, lo que le provocó severas críticas; sin embargo, no fue, como Sartre, un estalinista. Finalmente inglés, su marxismo no eludía la crítica ni la autocrítica, y a pesar del respeto que intelectualmente se le tenía, hasta el fin de sus días su toma de posición generó sospechas. Esta distancia, sin embargo, abona más en la vigencia del marxismo como un sistema crítico.

Su fidelidad hay que verla como una muestra de coherencia moral. Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo, 1840-2011 (Crítica, 2011) resulta un homenaje que le rinde a su maestro y una relectura pertinente para valorar sus logros. Ordenado cronológicamente, se trata en todo caso de una biografía intelectual del marxismo; el título solo menciona a Marx, pero implícitamente está considerado Engels, que hizo aportaciones importantes a la doctrina. En su relectura, Hobsbawm, entre otras cosas, se encarga de dejar en claro cuáles ideas que se pusieron en práctica fueron expresadas por él y cuáles no. Un ejemplo: “La afirmación de que el socialismo era superior al capitalismo como modo de asegurar el rápido desarrollo de las fuerzas de producción no pudo haber sido pronunciada por Marx. Pertenece a la era en que la crisis capitalista de entreguerras se encaraba a la URSS de los planes quinquenales”. Una variante de esto es la separación de las problemáticas que ni Marx ni Engels tocaron, pero que las organizaciones comunistas tuvieron que abordar creando los principios que posteriormente los “despistados” les atribuyeron: “[Los partidos] se enfrentaban a la tarea de formular análisis marxistas en campos y temas para los que los textos clásicos no proporcionaban una guía adecuada, o ninguna en absoluto, como por ejemplo sobre ‘la cuestión nacional’, sobre el imperialismo, y otras muchas materias”.

Hobsbawm rastrea las fuentes del marxismo —la conocida tríada Robert Owen, Charles Fourier, Saint-Simon— y distingue, dentro de su mismo desarrollo, que hubo un premarxismo en Marx y Engels. Incluso un texto clásico como el Manifiesto comunista no formaría parte de su pensamiento maduro, sobre todo en lo referente a los aspectos económicos. Como los manifiestos de las vanguardias de principios del siglo XX, a los que anticipa, el de Marx y Engels atrapará al lector de hoy, y Hobsbawm no es el único que lo ha observado, en principio por su arrebatado estilo. Por otro lado, el mundo que describe no es el de la época en que fue escrito y publicado (1847-1848), sino el que iba a venir. El sentido profético de Marx y Engels es indiscutible (Hobsbawm recuerda la anticipación que hace este último de la Primera Guerra Mundial). La visión crítica de nuestro autor, su heterodoxia, se hace evidente en los párrafos donde presenta “los errores” de Marx, especialmente que el capitalismo no había producido —en ese tiempo— a sus “sepultureros”. A pesar de su racionalismo, la conclusión marxista de que el proletariado derrocará a los burgueses, señala Hobsbawm, nace más de una esperanza que del análisis riguroso. Pero este romanticismo está en los tres, pues él mismo no se escapa a esta idealización cuando apunta en Historia del siglo XX: “Confiemos en que el futuro nos depare un mundo mejor, más justo y más viable”.

Un asunto que Hobsbawm no deja de lado en Cómo cambiar el mundo es la influencia de Marx en las artes. Hablando del periodo 1880-1914 deja asentado “que el supuesto de que lo que es revolucionario en las artes también ha de ser revolucionario en la política se basa en una confusión semántica”. Los líderes revolucionarios en general no fueron sensibles a las vanguardias, con todo y que estuvieron en contra de los valores burgueses, y más bien fueron conservadores en sus gustos estéticos. En Historia del siglo XX también toca el asunto. Para él, “las únicas innovaciones formales que se registraron después de 1914 en el mundo del vanguardismo ‘establecido’ parecen reducirse a dos: el dadaísmo, que prefiguró al surrealismo, en la mitad occidental de Europa, y el constructivismo soviético en el este”. En Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX (Crítica, 2013), que es considerada por algunos críticos una obra menor, amplía el análisis. Usando el vocabulario marxista, muestra cómo la burguesía impuso una visión de lo que debería ser el arte —el Gran Teatro de la Ópera como emblema—, la cual se remontaba a “las antiguas culturas principescas, regias y eclesiásticas anteriores a la Revolución francesa” y cómo las escuelas de vanguardia vinieron a romper este “mundo de ayer”, en referencia a la obra de Stefan Zweig. Pero como ha dicho una persona ligada a la mercadotecnia de las obras de arte, los vanguardistas de ayer se convirtieron en los clásicos de hoy. Hobsbawm anuncia lo que vivimos actualmente en ese ámbito: “A las escuelas vanguardistas que aparecieron en la década de los sesenta, o sea, a partir del pop art, no les preocupaba revolucionar el arte, lo que querían era declararlo en bancarrota. De ahí el curioso retorno al arte conceptual y al dadaísmo”.

Con Zygmunt Bauman, Eric Hobsbawm queda como uno de los pensadores que han intentado explicar la crisis social y cultural que vivimos en nuestros días. No ofrecen soluciones, pero sí los suficientes elementos críticos para reflexionar y superarla.