La revolución no la hace el cine: Juan Manuel Sepúlveda

El exterminio de los indígenas canadienses está en el centro de La balada del Oppenheimer Park. 
El mexicano Juan Manuel Sepúlveda dirigió La balada del Oppenheimer Park.
El mexicano Juan Manuel Sepúlveda dirigió La balada del Oppenheimer Park. (Especial)

Entre 1860 y 1990, 150 mil niños indígenas canadienses fueron internados forzosamente en escuelas residenciales con la finalidad de “matar al indio en el niño”, según el lema oficial. Sujetos a maltratos, abusos, hambre y enfermedades, solo 80 mil lograron sobrevivir y residen en reservas. Sin ánimo de victimizarlos, el director mexicano Juan Manuel Sepúlveda filmó La balada del Oppenheimer Park, donde a partir de una narrativa heredera del western muestra su vida cotidiana.

¿Cuál fue la reacción de los indígenas canadienses cuando les propuso participar?

El barrio donde filmé está considerado como el más pobre de Canadá. En Canadá, es muy común ver población indígena en condiciones marginales y por tanto no es raro ver documentalistas rodando. Cuando les propuse hacer algo aceptaron siempre y cuando no hiciera la típica película que se regodea en sus condiciones de vida. Me pareció más interesante y justo, de modo que me planteé hacer un western basado en su vida cotidiana.  

Lo que muestra su hartazgo de ser vistos o exhibidos como seres extraños y marginales. 

Janeth, mi protagonista, ha participado en cuatro documentales y en el último la hicieron hablar sobre etapas de su vida en la que fue violada. No quería caer en lo mismo, por eso quise hacer algo diferente, menos sórdido.

¿Cómo concilió ese condicionamiento con la inducción de estados de ánimo que le interesaba explorar?

Es difícil saber en qué momento alguien que se sabe filmado hace las cosas para la cámara o no. El cine es el arte del saber decir, y saber decir en el sentido generoso de la palabra, para generar un relato cinematográfico.

¿Por qué plantear el filme en términos de western? ¿Qué elementos narrativos del género le parecieron interesantes?

Lo primero que hice fue agarrar los westerns clásicos e identificar los elementos icónicos así como los puntos de narración importantes para relacionarlos con la vida cotidiana de mis personajes. Esto generó una nueva aproximación a la confrontación contra la ley y el orden que los indígenas enfrentan día con día.

Hay momentos en que interviene en la película. ¿Hasta qué punto le interesa que se note su punto de vista?

El director puede meterse hasta donde los personajes lo permitan. Si no hay un salario, dependes de su voluntad, pero naturalmente intento explorar una línea. Los límites se descubren durante el rodaje.

Ha trabajado con indígenas al sur de México y ahora en Canadá. ¿Qué diferencias encuentra entre ambas minorías?

Asomarme a la realidad de los pueblos indígenas de Norteamérica era también asomarme a los del resto de América y el mundo. Su historia está marcada por exterminios o fusilamientos, aunque en el norte se les confina en reservas.

Algo que ha caracterizado sus películas es que no hace apología gratuita ni del migrante ni del indígena.

Me interesa desarticular la forma documental para romper con los lugares comunes: la lágrima fácil, entender al otro como víctima y a nosotros como los salvadores. La política cinematográfica empieza desde el rodaje. Creo, por eso, en la necesidad de considerarlo como un espacio de inclusión donde todos tengamos el sentido común para proponer un nuevo proceso de conocimiento. El cine no le salva la vida a nadie. Es más, si le cambia la vida a una persona la mayoría de las veces es para mal.

¿Por qué?

Al pensar que les salvamos la vida a las personas lo único que hacemos es reivindicar la figura totalitaria del cineasta. El discurso de que el cine cambia el orden de las cosas es regionalista.  La verdad es que la revolución no la hace el cine, sino quienes están en las calles.