Tuve que reinventar ese otro que soy: Gabriela Couturier

Entrevista 
Gabriela Couturier.
Gabriela Couturier. (Omar Meneses)

“En el límite, todo es una trampa”, asegura. “Pero solo nos sentimos atrapados cuando estamos contra la esquina equivocada: cuando no tenemos lo que queremos o cuando se nos niega lo que estamos buscando”.

Es la voz de Renata hablando desde la imposibilidad de la maternidad. Con su historia, la de una mujer de 40 años que, tras postergar la decisión de ser madre y con el límite de tiempo encima, cuestiona la maternidad desde la infertilidad.

A decir de la propia autora, en Esa otra orfandad (Cal y Arena, México, 2016) —su primera novela que se presenta el martes 3 de mayo, a las 19:30, en El Péndulo Polanco—, la imposibilidad de tener hijos es la trampa perfecta para acelerar un boomerang de interrogantes de quien ha llegado a la mitad de su vida y se da cuenta de que nada, ni el trabajo, la vida en pareja o uno mismo, es como se había imaginado que sería.

Al igual que el personaje de tu novela, luchaste por tener un hijo aun contra tu propio cuerpo.

Hice varios intentos aquí y en el extranjero, varios in vitro. Me embaracé un par de veces y lo perdí. La infertilidad es algo más común de lo que creemos, pero nadie te dice lo duro que es. La gente a tu alrededor no sabe ni qué decirte. Puede corroerte la vida, de pareja y profesional, y nunca vi o leí algo que lo reflejara, nunca conocí un personaje en la literatura que hubiera pasado por eso. Me sentí poco acompañada en ese aspecto.

Pareciera que no es materia prima para la literatura.

Porque la infertilidad sigue teniendo el estigma de señalar a la persona. Y no solo se estigmatiza la imposibilidad, también la elección de no tener hijos. A las mujeres que escogen no ser madres se les cuestiona: “¿y por qué no?”. Esa es otra de las preguntas que se hace el personaje principal: ¿tenemos que querer ser madres por el hecho de ser mujeres?

¿Por qué decidiste escribir una novela en vez de un testimonio o una crónica?

Porque no es un trabajo autobiográfico. Renata nació, así, como personaje, con su propia historia y sus propias complejidades: la novela me “llegó”, una tarde de otoño del 2002, tal cual: principio, medio y final. Por supuesto, cambió mucho conforme la fui escribiendo; pero siempre respeté la idea original. Desde luego, uso algunas experiencias propias, entre ellas la de la infertilidad, que es algo que me llega muy de cerca; pero en general los personajes son, eso, personajes, inventados, al igual que las situaciones.

¿Por qué la otra orfandad?

Es que lo es. No perdiste a tus papás, pero pierdes algo que a los demás les fue dado; es la orfandad hacia abajo, la de los hijos. Si lo piensas, ni siquiera hay un nombre para eso. No existe un término para nombrar a alguien que pierde un hijo. Para mí, el proceso en sí mismo significó una orfandad hacia abajo.

¿Cómo defines a Renata, tu personaje, que a veces exaspera y parece excesivamente caprichosa?

Nunca quise construir una heroína. Quise, al contrario, hacer un personaje muy humano, imperfecta, como somos todos, confundida. Alguien que no siempre está seguro de qué camino debe tomar, porque los que ha tomado, aunque la han llevado al éxito profesional, la han dejado sintiendo que le falta algo; que debe haber algo más. Por eso puede ser frustrante, porque ella misma no ha logrado descubrir, o decidir, hacia dónde quiere dirigirse. Siempre me guio esa frase de Octavio Paz que dice que “ser uno mismo es, siempre, llegar a ser ese otro […] que llevamos escondido en nuestro interior […] como promesa o posibilidad de ser”. Es ese otro al que Renata trata de encontrar, o de reconocer.

¿No habría sido mejor dejarlo abierto?

A lo largo de la novela Renata busca, básicamente, dos cosas. Llega un momento en que entiende que no puede tenerlas ambas, y escoge una de las alternativas. Pero la vida es, en muchos sentidos, el resultado de la lucha entre lo que queremos y lo que se puede, o lo que sucede. Quise que Renata tomara una decisión, la decisión que podía acercarla a lo que había estado buscando, a ese ser interior que siente que la define. Pero, a punto de lograrlo, la vida vuelve a ponerlo fuera de su alcance. Es la ironía de lograr un sueño, pero verse obligada a renunciar a lo demás.

¿Y Gabriela cómo logró darle vuelta a la página?

Después de varios intentos, del calvario de los in vitro, un día paré. Vino el duelo, porque después de todo lo invasivo que puede ser el tratamiento te toca enfrentar un duelo. Y luego plantarle cara al cómo te redefines. Si tienes 50 años más de vida, hazte a la idea de que serán en pareja o en soledad. Tuve que reinventar ese otro que soy.