Svetlana Alexievich

“La gente sigue creyendo en el poder de la palabra”

Svetlana Alexievich.
Svetlana Alexievich.

El número más reciente de la revista francesa Cassandre/ Horschamp publicauna entrevista de Marina Skalova con la ganadora del Nobel de Literatura, para quien la Historia debe ser ante todo una escritura habitada por las voces de aquellos que su realidad ha condenado al anonimato y al silencio. Como lo reitera en cada uno de sus libros, la historia de la utopía soviética, a la que ha dedicado su obra, no puede contarse sin las emociones y experiencias de quienes la vivieron y que ningún archivo o crónica oficial consigna. Los testimonios de la “gente común” constituyen su materia de escritura, basada en el arte de la escucha y de la composición. “Para ser justo, el escritor debe mostrar el mundo con todos sus detalles”, afirma y, por ello, a sus entrevistados, Svetlana Alexievich no suele preguntarles acerca del socialismo, sino del amor, los celos, la infancia, los bailes o incluso los cortes de cabello, “todos esos detalles de una vida que desapareció” con la Unión Soviética. Su propia voz busca hacerse discreta para que, finalmente, pueda ser escuchada la palabra del otro, pues se concibe a sí misma más como un cómplice que como un autor.

Considerada disidente política por los regímenes ruso y bielorruso, Svetlana Alexievich sigue consagrando su escritura a las voces de los “olvidados por la historia, pertenecientes a un pueblo privado de memoria”.

 

¿Podría decirnos cómo recibieron la sociedad rusa y las antiguas repúblicas soviéticas su último libro, El fin del hombre rojo?

Un drástico cambio político se ha producido en Rusia y ha sido realizado por Putin. El Putin que reina actualmente no es en absoluto el mismo que accedió al poder hace quince años, justo después de Yeltsin. En aquella época, se hacía pasar por demócrata. Ahora el pueblo ya no es el mismo y Putin tampoco. El hombre ruso humillado, ofendido, al que el advenimiento del capitalismo le ha robado todo, busca vengarse. Y Putin reclama también su revancha. Los que apoyamos en su momento a Gorbachov hoy estamos estupefactos. Invertimos tanta energía para construir una sociedad nueva y todo lo que hemos logrado obtener como resultado es un desastre total.

El país se transforma progresivamente en un imperio nacionalista. […] Lo más terrible para nosotros, los demócratas, es cuando vemos que Putin cuenta con el apoyo del 85% de la población. Ya nadie habla de libertad, solo se habla del gran imperio ruso. Y nosotros, los disidentes, somos, según la terminología de Putin, unos traidores a la nación. Pero no toda Rusia ha perdido aún la cabeza. Mi libro se lee y discute en Internet, provoca debates. En él la gente busca respuestas a la pregunta: ¿por qué el pasado no se queda nunca atrás sino que está siempre delante nuestro? Aunque esas personas sean minoritarias, existen.

 

La experiencia soviética se encuentra en el origen de traumatismos psíquicos profundos, lo cual aparece de manera flagrante en sus libros. ¿Piensa que esos traumatismos podrán superarse? ¿Cuántas generaciones cree que se necesitarán?

Con frecuencia me preguntan: ¿de dónde saca sus personajes? A lo que respondo: empuje la puerta de cualquier casa, póngase a hablar con cualquiera de nosotros y en unos instantes sentirá cómo va descendiendo hasta el fondo, en el abismo de los llantos y el sufrimiento, que no tiene fin.

El Gulag, la Segunda Guerra Mundial, Chernobyl…, traumatismos como ésos los soporta la mayor parte de las generaciones. Pero para nosotros no ha habido ninguna generación sin guerra, cada una ha tenido la suya. No nos hemos podido dar el lujo de pensar en lo que sería tener un psiquismo normal. Estamos todos profundamente enfermos y aún por más largo tiempo. En cada uno de mis libros he explorado esos hoyos negros de donde surge nuestra memoria, como una matriz oscura. Recuerdo los años noventa, cuando creíamos que otra vida estaba a punto de surgir, que viviríamos como todo el mundo, pero no lo hemos conseguido. Rusia no es Europa, es una civilización aparte. Todo es ahí absolutamente singular, incluso la democracia. No se tiene el derecho de cuestionar la versión oficial, estalinista, de la Segunda Guerra Mundial. Se está eliminando de los programas escolares y universitarios El archipiélago Gulag de Solyenitsin. Tengo la sensación de que en la época soviética era una disidente con respecto al poder en turno y de que ahora lo soy con respecto a mi propio pueblo.

 

Su libro Los muchachos de zinc desató un escándalo en su país puesto que destruía el mito del guerrero heroico. Sus libros no se publican en Bielorrusia, pues forma usted parte de la oposición a Aleksandr Lukashenko. ¿Cuál es su relación con su país de origen?

Se me juzgó ante un tribunal por Los muchachos de zinc, que consagré a la guerra soviética en Afganistán. Los diarios me acusaron de insulto al ejército ruso. Afortunadamente, la perestroika ya había comenzado, si no me hubieran enviado derecho a Siberia. No podría decir que la actual Bielorrusia puede distinguirse en algo de Rusia. Tenemos el mismo régimen autoritario. La única diferencia consiste en que somos un país pequeño que no tiene armas nucleares.

 

En su último libro escribe: “Una barricada es un sitio peligroso para un artista. Una trampa. En las barricadas, los ojos se nublan, la pupila se retracta y el mundo pierde sus colores”. ¿No tiene la impresión de estar en las barricadas? ¿Cómo concibe el papel de lo político en su trabajo artístico?

Dejé Bielorrusia por motivos políticos. Era una manera de resistir a la dictadura de Lukashenko, que estaba instaurándose. Pero había también otro motivo que era más bien estético. Sentía que la barricada era un lugar peligroso para un artista pues enturbia la vista, distorsiona el oído, falsea nuestra visión del mundo. Desde la barricada, se pierde de vista lo humano, su multiplicidad, sus contradicciones, sus matices. Cuando se está en una barricada, no se ve el objetivo. Para un artista, es un suicidio. La barricada es una trampa para él ya que crea un mundo en blanco y negro, unidimensional: nosotros contra los demás. Todos los matices desaparecen. Quería recobrar una vista normal. Primero viví en Italia, después en Francia, Alemania y Suecia. Durante ese periodo, participé en todo lo que ocurría en mi país. Mi voz nunca desapareció. Desconfío de la revolución porque no será al final sino una revuelta absurda y estéril, como decían los clásicos. Pero los escritores no pueden nunca contentarse con permanecer al margen. En los países soviéticos, la gente sigue creyendo en el poder de la palabra. Es imposible alejarse completamente de la barricada pero hay que considerar al artista por sí mismo y preservarlo.

 

La singularidad de su trabajo reside también en que da la palabra a las mujeres, que han sido siempre dejadas de lado por la historia oficial. ¿Cómo calificaría el lugar que ocupan las mujeres en la antigua Unión Soviética?

Para responderle, lo haré en pocas palabras: me gustaría que nuestro próximo presidente fuera una mujer. Así, podríamos tener una Bielorrusia nueva. Rusia sería también diferente si una mujer estuviera en el poder. Me di cuenta de esto cuando una vez vi la casa de una madre en el momento en que hacían entrar el ataúd de su hijo. Gritaba tan fuerte y arrancaba pedazos de fierro del ataúd que arrojaba al rostro de los hombres que iban cargándolo. Su grito no era un grito humano, era el de un animal. El amor del dios Marte es algo que pertenece al mundo de los hombres que es por ahora el mundo en el que vivimos. Un mundo en el que más vale ser una mujer que un hombre.

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Traducción del francés de Melina Balcázar.