ENTREVISTA | POR HÉCTOR GONZÁLEZ

Documentando el proceso forense de algunas víctimas de muertes violentas, Hasta el fin de los días ahonda en el ambiguo valor de la vida humana.

“Tomar el camino de lo estridente es muy sencillo”: Mauricio Bidault

'Hasta el fin de los días' ahonda en el ambiguo valor de la vida humana.
'Hasta el fin de los días' ahonda en el ambiguo valor de la vida humana.

¿Qué hay detrás de una muerte violenta? Con la intención de proponer una respuesta, el director Mauricio Bidault se sumergió durante cuatro meses en el día a día del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses. Resultado de su investigación es Hasta el fin de los días, documental que detalla el trabajo de quienes se dedican a examinar los cadáveres para descubrir las razones de un deceso.

 

¿Qué lo llevó a indagar en el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses?

Durante el sexenio de Calderón, las cifras de muertos se dispararon y empezamos a convertirnos en una sociedad insensible respecto a la violencia cotidiana. Tuve la oportunidad de contactar a una amiga que trabajaba en el Instituto y me habló del universo forense. Fue entonces cuando descubrí la manera en que valoran la vida humana.

 

Es también una película sobre la convivencia con la muerte.

La película es sobre los vivos, gente que va todos los días a hacer su trabajo y está muy comprometida con lo que hace. No quería que los muertos se convirtieran en el tema central. La convivencia con la muerte es parte del trabajo pero no la presentamos como un espectáculo.

 

¿En qué momento decidió hacer a un lado la guerra contra el narcotráfico para aproximarse a otro tipo de muertes como el suicidio?

Cuando empezamos a hacer la película, nos dimos cuenta de que no podíamos contar los casos como si fueran parte de una serie de televisión, así que utilizamos un tipo de cine observacional para diluir la conciencia de que estábamos contando una historia. Por eso no hay música, entrevistas ni intertítulos. Queríamos lograr una experiencia lo más directa posible.

 

Me dio la impresión de que, más que un guión, tenía unas líneas definidas.

Haciendo un documental de estas características no puedes prever lo que sucederá. Ahí está el reto. La realidad no tiene una estructura narrativa, por eso creamos tres hilos: las investigaciones, el cuerpo como evidencia y la reconstrucción cráneo–facial de la que se hace el molde. Esto nos dio una pauta para ver los casos que nos funcionaban. Así hasta llegar a dos episodios con una evolución cronológica muy clara.

 

Ejes que le ayudaron a salir de la nota roja.

Tomar el camino de lo estridente y amarillista es muy sencillo, pero esa no era la historia que queríamos contar. Lo que me interesaba era estar con la gente cuyo trabajo es buscar la verdad de las cosas y tener las evidencias correspondientes dentro de un ambiente de desconfianza. Nos encontramos con la sorpresa agradable de que era gente profesional y comprometida. No todos mueren por razones políticas.

 

Cineastas como Wiseman o fotógrafos como Witkin han  trabajado antes con la medicina forense. ¿Cuáles fueron sus referencias en este sentido?

La referencia más clara es el cine de Frederick Wiseman, quien se dedicó a hacer un cine observacional dentro de este tipo de instituciones. Su trabajo nos ayudó a tener una idea sobre dónde poner la mirada y enfatizar los detalles que nos interesaban. De la misma forma que el documentalista francés Raymond Depardon, aprendimos a usar la cámara como instrumento de inspección.

 

En términos de la relación entre vida y muerte, ¿qué le significó hacer esta película?

Nos afectó de distintas maneras. Nuestro trabajo era pensar en términos cinematográficos. Sabíamos que si no aprendíamos a manejar las emociones e impresiones, el documental se vería afectado.  Lo más difícil fue ir a lugares y presenciar el momento en el que se le dice a la gente que su familiar acaba de morir; es una experiencia que nadie desea.