ENTREVISTA | POR HÉCTOR GONZÁLEZ

'La vida después' parte de la muerte y el duelo para narrar la recomposición de las relaciones de una madre con sus hijos.


David Pablos: no hay familias perfectas

'La vida después', ópera prima de David Pablos, cuestiona la estructura familiar.
'La vida después', ópera prima de David Pablos, cuestiona la estructura familiar.

Sin preámbulo alguno, La vida después, ópera prima de David Pablos, cuestiona la estructura familiar. Tras la muerte de su esposo, Silvia (María Reneé Prudencio) cae en una depresión que afecta la relación con sus hijos. ¿Cuánto pesa la obligación en los lazos afectivos? El realizador mexicano reflexiona al respecto, con un filme que remite a la estética de Bergman y que tras su periplo en festivales como la Mostra de Venecia se estrena en salas mexicanas.


¿Qué detona La vida después?

La necedad. Quería hacer un largometraje con una escuela de cine. Hay algo de mi historia familiar, por eso la cuestiono como estructura. Me interesaba reflexionar sobre que pese a no querer repetir los patrones de los padres, los hijos terminan siguiendo sus pasos. ¿Se puede romper esa herencia o inercia? No lo sé.


En las últimas semanas, al menos tres películas, contando la suya (Asteroide y Familia gang), abordan las relaciones familiares. ¿Alguna teoría al respecto o es mera coincidencia?

La familia te marca y define, por eso es esencial hablar de ella. A mis 33 años me sigue impresionando la forma en que me marcaron algunas cosas de la infancia. Qué bueno que se hable de la familia desde una posición incómoda. A estas alturas ya sabemos que no hay familias perfectas.


Su película tiene una vertiente sicológica y sociológica a la hora de abordar el tema.

Las proyecciones a las que asisto terminan como sesiones de sicoanálisis. Cada quien habla a partir de su experiencia y es muy interesante descubrir cómo la gente pone de su cosecha en la película. Fue algo que busqué desde el principio y por eso di espacio a los silencios y a las cosas no dichas.  Evidentemente, la historia nace de algo personal y, por supuesto, hay un proceso sicológico que la acompaña pero aumenta su dimensión cuando es parte de un ejercicio creativo. Me gusta pensar que cuando el arte está bien hecho no solo le habla al autor sino también al espectador.  


¿La película resultó catártica?

Sí, al menos en mi caso, pero no todo el cine debe ser así.


En este sentido, ¿dio margen a que los actores aportaran de su experiencia?

María Reneé Prudencio aportó muchos matices a su personaje e incluso reescribí y la dejé improvisar algunas cosas durante el rodaje. Con los chicos establecí un juego: no había que explicarles demasiado sino trabajar a partir de como son. No creo en los ensayos, sino en construir relaciones entre los intérpretes.


¿Por qué sostener la narrativa de la película en la fotografía y la iluminación?

Es el tipo de cine que me gusta. Soy partidario de la cámara participativa y de comunicar con la composición más que con las palabras. Mis decisiones fotográficas se guían por la emoción de cada escena. Incluso, en algún momento pensé en no incluir diálogos y jugar con los silencios.


¿La idea de hacer un cine de ruptura obedece al interés de un joven universitario que busca romper convenciones?

Tiene que ver con mi rechazo a los diálogos por cuestión de gusto. Sin embargo, con el tiempo se me ha quitado. Mi segunda película, Las elegidas, es menos silente. Odio cuando el discurso se queda en verborrea. Decir lo menos hace más contundente la película y amplía sus significados.


Y le sirve para hablar de la incomunicación.

Otro tema es la soledad compartida de una familia que se ve a sí misma como un grupo de desconocidos bajo un mismo techo.  


¿Qué debe su cine a realizadores como Béla Tarr o Bergman?

Conscientemente, nada. Admiro a Béla Tarr, es una referencia pero no quiero emularlo. Bergman es mi director favorito, conecto muy bien con su sensibilidad. Es esencial para entender la narrativa cinematográfica.