ENTREVISTA | POR CARLOS RUBIO ROSELL

A propósito de la aparición de 'Italo Calvino: universos y paradojas' (Siruela), presentamos esta entrevista en la que su autor devela los mecanismos narrativos y las claves ocultas en la obra del autor de obras tan inclasificables como 'Las ciudades invisibles' y 'El castillo de los destinos cruzados'  

 


Carlo Ossola: todo Calvino está lleno de universos y paradojas

El escritor Italo Calvino.
El escritor Italo Calvino.

Madrid

Los universos del escritor Italo Calvino estaban en el horizonte, en el propio sueño de Calvino. En su libro Las ciudades invisibles, Marco Polo muestra al Kublai Kan cuál debería ser el imperio perfecto, pero ese universo encierra una paradoja; en Cosmicómicas, muestra todos los universos posibles y esa voluntad de conjugarlos todos también encierra otra paradoja; en Palomar, su última novela, Calvino parte de la lectura de una ola y llega a analizar el fin de los universos y, paradójicamente, de sí mismo. Como dice el profesor Carlo Ossola, director del Instituto de Estudios Italianos de la Universidad de Lugano, “Toda la escritura de Calvino está llena de universos y paradojas. Y es que la crisis que tuvo a partir de su conflictiva pertenencia al Partido Comunista le hizo comprender que no era suficiente dibujar utopías para llegar a la verdad, sino que había que darle la vuelta. Revolución significó para Calvino eso: darle la vuelta a las cosas. Y ahí radica también la paradoja: en darles la vuelta”.

Ossola (Turín, 1946), quien acaba de publicar en nuestro idioma el libro Italo Calvino: universos y paradojas (Siruela) —que apareció coincidiendo con el trigésimo aniversario de la muerte del escritor, el 15 de septiembre de 1985—, expone en entrevista los motivos centrales de su libro y comenta algunas claves de la vida y obra de Calvino, sin duda uno de los autores clásicos de la literatura mundial del siglo XX.

“Cito cuatro paradojas en mi libro. La más bonita e importante, que sirve para entender la diferencia entre superficie y profundidad, es la que encierra el relato sobre las caracolas que hablan a los hombres y dicen: ¿conocéis algo de nosotras? Tienes solo la caracola; pero lo que está en el interior, lo que se ha vivido, lo que se ha movido, lo que se ha sentido, lo que han sentido las olas, eso sí que no lo conoces y nunca lo conocerás. Calvino daba siempre la vuelta a las cosas para comprender. Al final del libro he incluido el siguiente pasaje del relato ‘Las caracolas y el tiempo’porque es de lo más hermoso: ‘A partir de nuestras espirales interrumpidas construiste una espiral continua a la que llamas historia […]. Tu historia es lo contrario de la nuestra, lo contrario de la historia de lo que moviéndose no ha llegado, de lo que para durar se perdió…, la mano que movió la vasija, los estantes que ardieron en Alejandría, la pronunciación del escriba, la pulpa del molusco que segregaba la caracola’”.

Plantear y poner de relieve las paradojas de Calvino, explica Ossola, “tiene como propósito el hecho de que toda la tradición del siglo XX, a la que en parte pertenece Calvino, es descriptiva. Calvino mismo empieza Palomar con lecturas de una ola y luego ve que no se puede leer una ola porque cambia continuamente. Entonces, a partir de eso, Calvino supera una dificultad que era la misma de los estructuralistas, quienes decían que la descripción es suficiente, pero él se da cuenta de que la descripción no es suficiente. Ahí la paradoja es la manera de superar la descripción misma. Y así, Calvino también cambia”.

 

En el conjunto de su obra, Calvino parece dejar muchas claves para que en el futuro se reinterpreten, se retomen y se construyan nuevas formas literarias a partir de ellas. Al margen de sus célebres Seis propuestas para el próximo milenio, qué otras claves podemos retomar como fundamentales.

Calvino mismo dijo que era la llama y el cristal: construir una forma perfecta que al mismo tiempo se queme y lo queme todo: en el sentido griego, la llama y al otro lado la forma. Lo que atrae de la prosa de Calvino es que tiene una idea iluminista a lo Voltaire: todo tiene que entenderse. Como en El barón rampante, todo ese universo de referencias iluministas; una prosa de luz.


Hay un puente entre la obra y la biografía que marca a Calvino: su ideología, algo que quizá no acaba de comprenderse, su militancia comunista. ¿Es posible que Calvino haya ido más allá del desencanto?

En una primera época, Calvino está en San Remo y con su hermano participa en la Resistencia italiana contra el fascismo. Hay dos cuentos de ese tiempo: “El sendero de los nidos de araña”, de 1947, y “Por último, el cuervo”, de 1949. Después se muda a Turín e ingresa al Partido Comunista. Tras lo sucedido en Hungría, abandona el PCI y sus cartas y su obra muestran este punto de ruptura, como se ve en La jornada de un escrutador electoral, basado en una experiencia verdadera. Esa obra representa un punto de inflexión, un punto de partida, en la obra de Calvino, que intenta ver si una sociedad perfecta es capaz de arreglar la imperfección individual, si esa sociedad puede construirse o si en una sociedad imperfecta hay un punto de unión entre lo justo y la justicia, porque a fin de cuentas creo que Calvino era un gran moralista en el sentido clásico y creía que ser justo es demasiado poco. Por eso intenta construir, como hará sucesivamente hasta Las ciudades invisibles, algunos puntos de identificación, de resistencia, una suerte de caza de lo ideal, de perfección, de luz. La jornada de un escrutador electoral se publica en 1963 y coincide con la aparición de Un día en la vida de Iván Denísovich, de Solyenitsin. Ambos fueron publicados por Einaudi y se leyeron a la vez. Es un momento de ruptura, como una grieta.


A partir de ese momento, Calvino amplía su campo de visión. Incluso México entra en su horizonte y se vuelve un autor, hasta cierto punto, excéntrico. ¿Es así?

Absolutamente. Calvino nació en Cuba, en Santiago de Las Vegas; su mujer era argentina, muy amiga de la mujer de Julio Cortázar, Aurora Bernárdez, y ambas eran traductoras en la UNESCO. Viaja dos veces a Estados Unidos y esos viajes le hacen cambiar. De hecho, su último libro italiano es una recopilación de entrevistas titulado Nací en Estados Unidos.


¿Es un renacimiento?

Es un renacimiento algo excéntrico. Pero en sus libros aparece también China; vemos la España de Tirant Lo Blanch, el nacimiento de los poemas sensuales; París, donde vivió durante más de diez años y se hizo amigo de Roland Barthes. Calvino vivió una experiencia global. Pero podríamos decir que entre los escritores italianos contemporáneos a él, mientras Pasolini o Rossellini estaban orientados hacia África o la India, Calvino se enfocó en China, donde había un pensamiento completo, y es que le interesaban los lugares como forma de pensamiento pues, en el fondo, también era un filósofo.

 

Permítame insistir en la política. ¿Cómo trasciende Calvino su primera ideología; cómo explica la realidad social y política, sintiéndose con seguridad en medio de muchas contradicciones? ¿Qué avizora y mira en el horizonte del mundo a nivel ideológico? ¿Cuáles son sus convicciones?

Es difícil de decir, porque en los últimos años escribió cada vez menos de política. Pero se preocupó muchísimo por la condición humana. Al final de mi libro cito a Calvino cuando se refiere a que los únicos momentos de abandono generoso son esos momentos en que uno sale de sí mismo, cuando se deja caer y se expande, se funde. Una idea final de generosidad, de apertura. Se nota muy bien en el último libro que publicó poco antes de morir, en el que dice que todo es arena y polvo, todo se va, pero tenemos que coleccionar los instantes perfectos.

 

Hay un libro sorprendente por su estructura, por el juego combinatorio que establece con el lector: El castillo de los destinos cruzados. ¿Cree usted que estuvo influido por el Cortázar de Rayuela?

Toda esa obra que llega hasta Si una noche de invierno un viajero forma parte del periodo más estructuralista de Calvino, con una variante: Calvino no es solo el teórico de la especularidad; no es El año pasado en Marienbad con todos esos espejos. A él le interesa el juego combinatorio, y uno de los más logrados en esa línea es El castillo de los destinos cruzados, una arquitectura que ya había desarrollado Ariosto. De alguna forma es la competencia del abate Farias y el conde de Montecristo: uno debe encontrar muchas hipótesis para salir y el otro debe construir muchas barreras para que no salga. Se trata de un ajedrez de variables que pueden combinarse y donde, por un lado, juega la inteligencia, pero por otro está el moralista. Calvino dice que si interioriza una prisión hasta no ver los muros, entonces se puede ser libre. Este es el Calvino que se ve en ese libro.

 

Otro universo insoslayable de Calvino es el del lector, el crítico, como se aprecia en Los libros de los otros. ¿Cuál es la evolución de este Calvino?

El Calvino lector era extraordinariamente lúdico. Creo que es el más importante entre los críticos de nuestra literatura contemporánea, no solo la italiana, porque leyó muy bien a los clásicos. Por otro lado, era un crítico generoso que contestaba a todo aquel que le enviaba un manuscrito y le enseñaba sus puntos débiles. Pero también era autocrítico y en la última entrevista que concedió a María Corti se preguntaba por qué los italianos no habían tenido una literatura de la Resistencia, por qué no habían sido capaces de escribir una literatura épica de la Resistencia. En otra entrevista dijo también que escribió más de lo que publicó. Hay un texto titulado Cibernética y fantasmas en el que plantea, por un lado, la necesidad de la sociedad contemporánea de unir, cruzar datos e información, y por otro, la presencia invencible de los fantasmas, y llega a decir que nuestras paredes, nuestros muros, transpiran fantasmas.


Calvino es también un autor de ciencia ficción. ¿En qué punto se hermana con Borges, de quien se muestra gran admirador?

Eso lo puede responder nuestro amigo Francisco Jarauta, pues  tuvo relación con ambos y los vio juntos. Ossola mira a Jarauta (filósofo, autor de ensayos como La filosofía y su otro o Micro–utopías), quien le acompaña en esta visita a España y ha permanecido en silencio durante la charla en un extremo de la mesa. Jarauta asiente y, generoso, responde:

—Calvino muere en septiembre de 1985. En 1984, la última semana de septiembre, en los cursos de la Universidad Menéndez Pelayo en Sevilla, se organizó un gran encuentro sobre lo fantástico. En él participaron Borges, Calvino y Torrente Ballester. Yo había conocido a Calvino unos años antes en París, donde me lo presentó Julio Cortázar, a quien llegué a través de Severo Sarduy, muy amigo de Juan Goytisolo. Cortázar iba a un concierto que ofrecía el cuarteto Cedrón, que tocaba a Piazzola. A partir de ahí, Calvino me escribió nueve cartas, aún inéditas. No se encontraba bien de salud y me comunicaba que viajaría a Sevilla. La anécdota que refleja la relación de Borges y Calvino, que nunca hasta hoy había contado, es la siguiente: había una secreta admiración de Borges por Calvino, y aunque no llegaron a ser amigos, Borges pensaba que era genial lo que el italiano decía, la libertad que tenía. En aquel viaje, una tarde, subimos los tres a la terraza de la calle Gloria, desde donde puede apreciarse una vista maravillosa del atardecer sobre la catedral y el horizonte. Borges, que estaba un poco molesto por haber subido unas escaleras incómodas y llenas de dificultades, llegó hasta allí y se amparó en su bastón —el bastón de los ciegos tiene la fuerza que tienen los tótems— y mirando con la cabeza un poco alta, como hacen los ciegos, se dirigió a Calvino y le dijo: “Usted, Calvino, que ha visto taaantas cosas, ¿de qué color son los ojos de los tigres?” Calvino entendió perfectamente que en ese momento le estaban planteando uno de los grandes desafíos de su vida, porque era Borges quien se lo hacía. Y Calvino se retiró, pasaron dos segundos y respondió, aceptando el envite: “Ah… he visto taaantos tigres”. Y comenzó una historia que llegaba a diecisiete tigres, detalle por detalle: la forma de andar, el oro de la piel, los ojos verdes, unos más inocentes, otros terribles; todo el recuerdo no escrito de los tigres. Entonces se hizo un silencio que podía cortarse, y Borges, más solemne que nunca, dijo entonces: “Tantos, ¿eh?… Tantos…”, con una voz de admiración profunda. Eran dos almas que se perfilaban sobre el mismo horizonte de ficciones porque, como dice Carlo Ossola, para ambos la ficción es el verdadero laboratorio en el que se impostan esas posibilidades de los opuestos. Y solo en la ficción se resuelven las paradojas.

 

Por último, profesor Ossola, ¿cuál es el sentido con el que usted ha escrito este libro?

En primer lugar, por mi admiración a Calvino. En Italia, por muchas razones, han destacado los escritores expresionistas como Pasolini o Gadda. Tengo la idea de que si la literatura italiana del siglo XX va a tener éxito será gracias a los grandes racionalistas como Pirandello o Calvino, que han sacrificado su prosa para llegar a la idea. Pirandello puso en escena la disolución de la identidad de la persona; nunca puso en relieve los peligros. Calvino puso en escena los universos, pero con una palabra que tiene que ser entendida por todos. La segunda razón es que he admirado mucho a Calvino desde el momento de su ruptura con el Partido Comunista, cuando eligió entre la coherencia colectiva y la personal y se decantó por esta última. En tercer lugar, creo que Calvino entendió que lo que tiene que dar el escritor no son detalles de la vida cotidiana, sino abrir mundos posibles, y sus últimos cuentos van en esa dirección. Como todos los grandes escritores, el suyo es un proyecto cosmológico: un hombre en el cosmos; en los universos, no en el universo.