ENTREVISTA | POR MELINA BALCÁZAR MORENO

¿Por qué se pasa de la ingeniería electromecánica a la literatura? Para ejercer la libertad y denunciar el régimen de opresión que reina en su país. Esa parece ser la respuesta del escritor argelino.

La violencia está en el Islam mismo: Boualem Sansal

Boualem Sansal.
Boualem Sansal. (C. Hélie-Gallimard)

París

¿Por qué se pasa de la ingeniería electromecánica a la literatura? Para ejercer la libertad y denunciar el régimen de opresión que reina en su país. Esa parece ser la respuesta del escritor argelino Boualem Sansal. Así, a las ficciones del poder Sansal opone el poder de la ficción y reivindica el papel político de la literatura. La escritura representa para él un intento por comprender los conflictos que dominan el mundo actual: la violencia de la religión, en particular del Islam, el peso de la Historia, la pérdida de la libertad en un mundo globalizado, en el que el horror se ha banalizado, son algunos de los temas que aborda en sus novelas y ensayos.

Numerosos premios han reconocido la importancia y singularidad de su obra, entre los que figuran el Premio de la Paz del Comercio Librero Alemán (2011), el Premio de la Novela árabe —pese a la oposición de los embajadores árabes que financian el premio— y el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa (2015) por su último libro: 2084. El fin del mundo, que aparecerá próximamente en Seix Barral.

 

Al referirse a sus comienzos en la escritura, ha comparado su labor con un combate y los libros con un arma política en potencia. ¿Sigue siendo esta su posición como escritor?

Creo que comencé a escribir, más bien, en legítima defensa. Me di cuenta de que tenemos que movilizarnos, pues estamos siendo atacados por gente que enarbola una ideología extremadamente peligrosa de la que hay que defenderse.

Sigo conservando esa actitud defensiva, pero me convenzo cada vez más de que es hora de pasar a la ofensiva, que la defensa no basta, ya que tenemos ante nosotros a un adversario que se aprovecha de nuestras flaquezas para avanzar. Entonces, hay que tratar de ser tan inteligente como él, o incluso más si es posible, y actuar con resolución. Por desgracia, no es lo que ocurre, porque la interpretación que se plantea de la circunstancia actual falsea todo: algunos ven el peligro, otros lo minimizan y otros incluso lo niegan. Y lo peor de todo es que los diagnósticos difieran tanto, que estemos tan divididos.

Por ejemplo, en Argelia nos encontrábamos en una situación de paz relativa —a pesar de que estábamos bajo una junta militar— y vimos cómo comenzaban a instalarse ciertos comportamientos religiosos extremistas y durante largo tiempo hicimos lo mismo que hoy hace Europa, pensamos que no era grave, que eran solo cosas de su religión. Nadie denunciaba el islamismo, todo el mundo condenaba el terrorismo e incluso ahora el gobierno argelino evita ambos términos. En los últimos cinco años la palabra terrorismo ha sido prohibida, pues se dice que implica una crítica del islamismo e incluso del propio Islam. Y como nuestro presidente, Abdelaziz Buteflika, no quiere tener problemas, prefiere hablar solamente de “la violencia”.

Cuando comenzaron los asesinatos, empecé a reunirme con un grupo de escritores, abogados; al principio por curiosidad, para intentar entender lo que ocurría, pero hubo un momento en que tuvimos que prepararnos para el combate y organizar la defensa del país y de los jóvenes a los que les atrae ese tipo de discurso. Pero fracasamos porque la guerra ha tenido lugar y ha habido miles de muertos. Los llamados islamistas se han instalado ahora en el país, en el gobierno. Han ganado terreno en todas partes. En Marruecos, en Túnez, en Siria, en Irak, y ahora también ya están conquistando Bélgica, Francia, Suiza, con una velocidad impresionante. Y por esto, en mi última novela, 2084, he querido mostrar que la defensa no es lo que conviene a la situación, que hay que tener ahora el coraje de desencadenar la guerra.

 

Cuando dice que se debe pasar hoy a la ofensiva, ¿habla solamente en términos políticos?

No. En todos los aspectos, literario, filosófico, ciudadano, militar… Porque nos están asesinando, porque llevan una guerra contra nosotros con armas, además de la guerra ideológica. No podemos continuar defendiéndonos únicamente, ahora hay que combatirlos.

 

En su obra se observa una crítica de la religión en general pero, particularmente, del Islam. ¿Estaría de acuerdo con la afirmación que circula en la opinión pública europea de que el Islam es incompatible con la democracia?

En Argelia he visto cómo se practica el Islam. El islamismo del que todo mundo habla ahora yo no sé qué es, creo que se trata de una teoría que se usa con fines políticos. Lo que veo a diario es el Islam y constato que esa creencia le impide a la gente realizarse, lleva a la sociedad al estancamiento. Esta creencia —no la llamemos Islam porque abarca tanto la religión como las tradiciones y circunstancias particulares, como la dictadura— les ha cerrado tantas puertas y, en particular, la de la libertad, la de la modernidad, la de ir hacia los otros, pues es algo que no se puede hacer cuando se está encerrado en su propia religión. Constato también que esta creencia genera una violencia extraordinaria hacia las mujeres. Pero resulta curioso que cuando uno va a un país musulmán todo parece muy pacífico. Si usted va a Marruecos o a Túnez, la gente se pasea tranquilamente. Sin embargo, detrás de esta apariencia de calma encontramos el hecho de que todo está prohibido y que todo el mundo respeta las prohibiciones. Si quiere ser feliz en esos países ¡prohíbase todo!

La gente dice “ese Sansal exagera, la gente sigue viviendo normalmente”, sí, pero el precio es que a las mujeres y a los jóvenes se les restringe todo y si alguien no se apega a esta situación, se le sancionará con violencia: lapidación, degollación para las mujeres que han perdido la virginidad o que han engañado a sus maridos, mutilación de las manos a los ladrones, prisión solo por fumar durante el ramadán. ¿Es esto vivir? Gran parte de la violencia que se atribuye a los llamados islamistas es atribuible al Islam. La violencia está en el Islam mismo. Es una violencia inconmensurable que no se puede adjudicar solamente a los islamistas, que únicamente son responsables de utilizar una religión para hacerse del poder. No son ellos los responsables de una religión que existe desde hace catorce siglos. ¿Quiénes son los verdaderos responsables? Los que permiten que esto exista, los que dicen hay que dejarlo todo tal como está.

 

En su opinión, ¿qué es lo que habría que hacer entonces para cambiar la relación que se tiene actualmente con el Islam?

Todas las religiones han sido así, la iglesia católica con las brujas por ejemplo. Pero con el tiempo se han ido reformando. Con el Islam se debe realizar el mismo trabajo: conservar el fondo de la religión, llámese Alá o lo que sea, pero todos esos aspectos violentos hay que erradicarlos y que sea el derecho de un estado laico el que se imponga. Hay países como Argelia, Marruecos o Túnez, que han comenzado a cambiar algunas cosas. Pero lo que es preocupante es que al mismo tiempo, en estos países, que podemos considerar modernos, se observa una regresión y en lugar de reforzar las leyes del Estado y hacer que las leyes religiosas retrocedan, se hace todo lo contrario, incluso en los países más avanzados en esa dirección, como Argelia. Después de siglo y medio de colonización francesa y tras la independencia,  de un régimen socialista, casi comunista, en el que se había abandonado la religión, nadie se acordaba de lo que era rezar, más que los viejos; las mezquitas estaban vacías y cada vez había menos. Ahora se han construido mezquitas por todas partes, se improvisan en todas partes: las empresas, los edificios, los sótanos. Y todo mundo dice que hay que volver a los orígenes. En Argelia, uno podría explicar la situación diciendo que se debe al peso de la tradición en los países musulmanes, pero ¿en los suburbios en Francia, en Londres, Bruselas o Berlín cómo podríamos hacerlo? No hay una tradición que lo justifique, ya que se trata de gente que vive en Europa desde hace alrededor de cuarenta años y cuyos hijos nacieron ahí. Sin embargo, cuando uno habla con los jóvenes originarios de la inmigración, lo que desean es imponer las leyes de la sharia y afirman que no pueden vivir en un país democrático y parten para unirse a Dáesh.

Por eso digo que nos hemos equivocado de diagnóstico, el problema no es el islamismo sino el Islam. Y lo que también me inquieta es que todo el mundo protege al Islam: los musulmanes, desde luego, puesto que se trata de su religión, pero principalmente todos los que dicen que el Islam no es el culpable, que le achacan la responsabilidad al islamismo, a los terroristas, y con esto impiden que el Islam evolucione. No hay nada que me enoje más que la gente que dice “el Islam no es responsable, no hay que hacer amalgamas”, entonces que no vengan a quejarse si mañana hay otro atentado como los de París. Porque si se quiere realmente proteger al Islam, si es que existe un Islam verdadero, hay que eliminar toda esa violencia.

 

Recientemente, la escritora tunecina Fawzia Zouari abordaba en una columna la necesidad que tiene la comunidad laica musulmana —a la que usted pertenece— en convertirse en actores de su propia historia. Sin embargo, señalaba la dificultad que esta comunidad enfrenta en ser escuchada, ya que se les suele acusar, debido a su punto de vista crítico, de islamofobia. ¿Estaría usted de acuerdo con este diagnóstico?

Fawziaesuna escritora muy talentosa y, sobre todo, muy valiente. Estoy de acuerdo con ella. No se nos escucha en absoluto, incluso molestamos cuando decimos que hay que encarar la realidad. El Islam es una religión como las otras, y todas las religiones son violentas pero han procedido a su aggiornamento. Los musulmanes deben hacer lo mismo, pero no los dejan. Tengo la impresión de que Occidente necesita un Islam así. Todo el mundo ha querido instrumentalizar al mundo árabe y al Islam y se continúa haciéndolo para que siga siendo un buen cliente de la economía mundial. El mundo árabe está tan atrasado que tiene que importarlo todo, no fabrica nada. Es hora de que el mundo tome conciencia de que hay que contribuir a que la gente haga evolucionar su religión, ante todo, para ellos mismos, así podrán amar a Alá siendo libres.

 

¿Por qué sigue viviendo en Argelia, a pesar de la censura y de las amenazas islamistas que ha recibido?

Sigo en Argelia porque no se puede llevar a cabo una resistencia a lo que ocurre en el país de origen desde los barrios chic de París.

A pesar de la censura que se ejerce sobre mis libros, en Argelia todo el mundo me conoce, sabe lo que hago, ya sea por la propaganda de los islamistas que me acusan de apóstata o por el gobierno que me tacha de traidor. Me encuentro aislado en mi propio país, no tengo interlocutores. Nadie viene a entrevistarme para conocer mi opinión. Lo que no me preocupa pues no es mi persona lo que cuenta, sino la transmisión, que las ideas circulen. Uno está obligado a pensar de manera estratégica, a adoptar una táctica. Por ejemplo, si no logro convencer a los argelinos del peligro que representa el Islam actualmente, tal vez pueda hacerlo en Francia convenciendo a los intelectuales, los periodistas, puesto que en Argelia se les escucha más que a mí. No tengo que ser yo, forzosamente, el que los haga cambiar de opinión. Las ideas circulan de manera sorprendente, creo que, sobre todo, un trabajo de relevo hace que las cosas avancen. Aunque a veces no se necesita solo convencer, en ocasiones hay que saberse imponer.

 

En sus novelas como Rue Darwin o La aldea del alemán, sus personajes se imponen como deber existencial, ético, el de confrontarse con la verdad, familiar, histórica, política. A su parecer, ¿el compromiso propio del escritor se situaría en esta manera de establecer una relación esencial entre escritura y verdad?

Totalmente. Ocurren tantas cosas que se nos esconden. Todo aquello que choca con el discurso oficial, la doxa, es relegado y entonces se comienza a vivir en una mentira perpetua, que representa un peligro en todos los planos. Hay mentiras que son abominables como cuando se nos afirma que no hay problema con el islamismo. ¿Cuál es la razón de tal mentira sino que Occidente vende armas a los países árabes? Por ello es mejor no suscitar conflictos para que pueda seguir vendiéndoselas.

Pero también existen mentiras que hacen mucho daño, aunque siempre se puede restablecer la verdad. Como sucedió con la relación entre Francia y Argelia. Hace dos años, Francia reconoció que su ejército practicó la tortura a gran escala durante la guerra de independencia de Argelia. Hasta entonces se había vivido en una mentira histórica que lastimaba, ya que todo el mundo conocía lo ocurrido y, no obstante, la versión oficial lo negaba: no estaba escrito, no se enseñaba en las escuelas. Era doloroso tanto en Francia como en Argelia. Ese tipo de mentiras protegen a los criminales, que viven tranquilamente sin ser juzgados. En dado momento, se debe emprender la guerra contra la mentira. Por mi parte, yo no estoy en guerra con el Islam ni el islamismo, sino con la mentira.

 

¿Diría que lucha, mediante la escritura, contra el olvido que amenaza a la Historia, como se observa en su última novela, 2084?

La palabra olvido no es la que conviene aquí, el olvido es algo natural, necesario. Es la ocultación lo que resulta preocupante, que se eliminen momentos de la historia porque incomodan, molestan. Se trata de mentiras organizadas, pero al final siempre nos damos cuenta de que vivir en la mentira causa un inmenso malestar. La verdad es dolorosa pero es mejor afrontarla, ya que posee el poder de lastimar pero al mismo tiempo de sanar el daño que produce.

En mis libros abordo varios tipos de mentira. Entre ellos, la mentira identitaria. En el caso de Argelia, se nos dice que todos somos árabes pero en realidad hay muy pocos que lo son de verdad; la mayoría son bereberes o judíos que conforman la población original. Después vinieron los griegos, los romanos, los árabes, los otomanos, los españoles, los franceses… Y esta mentira con respecto a nuestra identidad hace daño en Argelia, en donde una guerra civil se anuncia en perspectiva, ya que regiones enteras se alzan contra el gobierno y reclaman su independencia.

Otra mentira consiste en la afirmación de que todos somos musulmanes, por lo que si alguien no lo es y lo hace saber, simplemente lo matan. Hay argelinos cristianos, católicos, que han tenido que convertirse a pesar de que existe una larga tradición cristiana; no olvidemos que el cristianismo tomó forma ahí, con San Agustín, antes de llegar a Roma.

 

En sus novelas, la descripción de Argelia es desoladora. Escribe, por ejemplo, que se trata de “una prisión a cielo abierto” o incluso de “una necrópolis abierta”, en donde se vive “como en el tiempo medieval”. ¿Sigue siendo ésta su visión del país?

Escribo lo que dice la gente. Me considero como una cámara fotográfica. Nunca he escrito a partir de mí o para mí, ya que en lo que relato hay muchas situaciones que no me conciernen, como la miseria. Yo vengo de una familia bien. Nunca he conocido el desempleo. Realicé estudios superiores muy elevados, ocupé funciones muy importantes, así que no hablo de mí. Si tuviera que escribir una novela acerca de mi vida, tendría que escribir más bien una novela muy parisina, intimista… Pero decidí convertirme más bien en observador del país, esa ha sido mi elección desde el inicio, con la excepción de Rue Darwin, en donde hay un poco de mí, pero en el resto de mis novelas no.

Elegí, además, escribir acerca de lo que vive el pueblo, en vez de contar historias que transcurren en los círculos acomodados de Argel, toda esa parte de la sociedad que vive como en los barrios ricos de París. La Argelia profunda, el pueblo humilde, son los que me importan. Casi podría decirse que escribo por procuración, en su nombre. Escribo para ellos.