“La muerte llega y ni cuenta nos damos”: Hugo Gutiérrez Vega

En febrero de 2014, tras varios meses de no verlo, me reencontré con Hugo Gutiérrez Vega en la Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Hugo Gutiérrez Vega
Hugo Gutiérrez Vega (Pascual Borzelli Iglesias)

Ciudad de México

En febrero de 2014, tras varios meses de no verlo, me reencontré con Hugo Gutiérrez Vega en la Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Bromeó sobre la edad (la semana anterior había cumplido 80 años), platicamos con gran ánimo con los poetas Minerva Margarita y José Javier Villarreal y acordé con él esta entrevista para el día siguiente en el Hotel Ancira. Al llegar al hotel, Lucinda, su esposa, amable como siempre, me pidió que subiera a la habitación, donde el autor de Los pasos revividos platicó conmigo durante dos horas. Aquí presentamos un fragmento de aquella charla en la que advertí que su memoria era lluvia inextinguible.

¿A qué jugaba cuando era niño?

Era un poco solitario. Nací en Guadalajara pero muy chicos nos fuimos a Lagos de Moreno. Mis primos eran charros aguerridos, capaces de suertes prodigiosas; yo me escondía debajo de la cama. Un día me perdonaron y un tío dijo: “Está bien, denle oportunidad de que tire un píalo”. Me dieron la reata, cerré los ojos, la aventé y lacé a la tía Elena. A raíz de esa aventura, el dictamen de mi tío fue categórico: ese pendejo que se vaya a leer. 

¿Cuál es el primer recuerdo de su educación sentimental?

Una prima. Con las primas se hacían comparaciones de lo que uno tenía y ellas no, y no se llegaba generalmente al extremo final. Poco después vino una sirvienta encantadora, porque fue la iniciadora, con una paciencia infinita lo sacaba a uno adelante. Se llamaba Margarita.

En Lagos de Moreno, Francisco González León significó el primer contacto con un poeta vivo, en la farmacia donde trabajaba.

González León era un poeta extraordinario, escribía en papel estraza y lo guardaba en un cajón de la botica, hasta que un día llegó Ramón López Velarde y dijo: “A ver, enséñeme esos poemas, ¿me los regala?”. Se los llevó a México y con ayuda de Pedro de Alba los publicó con el título de Campanas de la tarde. González León era un simbolista tardío.

Después se van a la Ciudad de México. Muchos años después formó parte del cuerpo diplomático de la embajada de México en Roma.

Tenía 28 años, llegamos a Roma en agosto de 1963. Regresamos a México en diciembre de 1965, cuando me nombraron rector de la Universidad de Querétaro. En Roma fui agregado cultural. El embajador era Rafael Fuentes, padre de Carlos Fuentes. Mi amistad principal en Roma fue Rafael Alberti.

¿Cómo eran las tertulias en casa de Alberti en esos años?

Maravillosas. Rafael era un histrión en el mejor sentido de la palabra. Concurrían además Pasolini, Vittorio Gassman, Vittorio Sereni, Alfonso Gato, Renato Guttuso, los españoles de paso por Roma, sobre todo comunistas. Alberti tenía casa abierta, era generosísimo, lo mismo María Teresa León, su mujer, y Aitana, su hija. De repente, a la mañana siguiente de una fiesta oíamos un quejido debajo de un sofá. Alguien se había quedado a dormir, salía de debajo del sofá, nos saludaba amablemente y se iba. Entre otros refugiados estaban Miguel Ángel Asturias, que llevaba una gran amistad con Rafael Alberti, Jorge Amado, los viejos comunistas.

En esos años van a parar a Rumania. ¿La visita tuvo qué ver con la toma de poder de Maurer?

Con Maurer vino una especie de dictablanda. Era de mano suave, mucho más inteligente que los anteriores. Los rumanos empezaban a ver teatro de Ionesco. Se puso Rinoceronte, Radu Beligan actuaba ese papel. Yo había traducido La carta perdida de Ian Luca Caragiale. Obviamente, Rafael influyó para que me invitaran, él iba también. Llegando a Rumania me enteré que los otros compañeros de viaje eran Neruda y Asturias. Recorrimos Rumania de lado a lado. Un muchachito que apenas había traducido una obra y tenía un libro de quince poemas, muchos de ellos plagios de Marinero en tierra, no podía hacer otra cosa que escucharlos y cargar las maletas. De regreso a Roma vi a don Gonzalo Losada, editor de la mitológica Losada de Buenos Aires, quien me dijo: “Yo sabía que los mexicanos eran hábiles, pero no tanto. Mis lectores de poesía son Neruda, Alberti y Asturias y usted les cargó las maletas por toda Rumania; no van a poder decirle que no”. Ahí salió Buscado amor.

¿Quiénes eran los poetas italianos más cercanos a usted?

Sobre todo Pasolini. Conocí a Quasimodo, que era un personaje difícil; acababa de recibir el Premio Nobel y era más bien insoportable, muy arrogante. En cambio a Ungaretti lo traté bastante: era un viejito encantador, brincón y enamorado como Alfonso Reyes. Conocí a Montale, fui a verlo a Milán, le hice dos o tres entrevistas y hablamos sobre todo de la época fascista. Fue de los pocos intelectuales que no aceptó la credencial la tessera del partito. Conocí también a Cardarelli. A Umberto Saba no, me hubiera gustado, pero ya había muerto, igual que Dino Campana.

Durante su estancia en Roma fundó una compañía de teatro.

El grupo de teatro latinoamericano de Roma estaba integrado por dos actrices argentinas, un actor mexicano, que era mi caso, un actor puertorriqueño, una actriz venezolana y un actor venezolano. Trabajábamos en un teatro de corte que se llamaba Goldoni. Logramos alquilarlo a buen precio. La dueña era una inglesa excéntrica que salía por la mañana en patines a comprar cosas al mercado. Le caímos bien y nos rentó el Palazzo Altemps, a dos cuadras de la Piazza Navona. 

Incluso llegó a actuar en una película de Pasolini.

Estaba filmando El evangelio según San Mateo. Le dije que quería trabajar con él y me citó al día siguiente en Cinecittà. Llegué muy temprano pidiendo mis líneas. Me entregaron unas alpargatas, una túnica y un tarbush. Me dieron un sándwich y una naranjada y me subieron a un camión con un grupo de gente. Yo esperaba mis líneas. Llegamos a un bosque de pinos mediterráneos, nos dieron instrucciones: caminen y al llegar al final del bosque desaparezcan por esta ladera. Yo pregunté por mis líneas, se me quedaron viendo y dijeron que obedeciera. Cuando se estrenó la película yo me buscaba como desesperado, pero no, mi papel fue como lo describe Lucinda: sombra que pasa en la lejanía.

Mientras estaba en Inglaterra, José Carlos Becerra compró un carro para ir a visitarlo.

Carlos estuvo una temporada con nosotros en Inglaterra cuando recibió la beca Guggenheim. Yo le dije: “Toma el tren, el Europass”, pero él quería detenerse en una piedra, en un camino, y se compró un Volkswagen usado en malas condiciones. Manejaba muy mal. Primero fue a España, nos mandó varias cartas, la última fue una postal. Lucinda le estaba pasando a máquina Fotografía bajo un tulipán, una prosita sobre Calcaneo Díaz, un héroe tabasqueño que era familiar de José Carlos. En la postal decía: “Carissima, por favor envíale el prólogo a mi prima Angelita, estoy cansado de esta absurda errancia de ciudad en ciudad, lo que necesito llegando es un departamento como el de Luisita, ojalá que me presentara en Roma con il commendatore Hugo, suo marito”.

Recibimos la postal días después de que murió. Esperaba con ansia una carta de Lezama Lima, le había enviado Relación de los hechos. Nos hablaba por teléfono preguntando por la carta de Lezama y yo le decía: “Ten paciencia, Lezama escribe muy lento, piensa muy bien las cosas, es un perfeccionista”. Por fin llegó ocho días después de la muerte de José Carlos, diciéndole, entre otras cosas: “Su voz es una de las más originales y profundas de la lírica española actual”.

Lucinda y yo le enviamos esa carta a José Emilio Pacheco y a Gabriel Zaid que prepararon la poesía póstuma de José Carlos. Le dieron el título de El otoño recorre las islas, que es un verso de Lezama.

Después del lamentable fallecimiento de su hija, ¿ha podido retomar la escritura?

No he acabado de retomarla totalmente, pero me estoy acercando a ella con cautela. Escribí un poema sobre la muerte de mi hija, un poema muy doloroso que dudo en publicar. Me quedé seco por tres años y medio, estoy tratando de retomarlo. Cada vez que hablábamos, Juan Gelman me decía: “¿Cómo vas? ¿Qué escribes?”

2014 comenzó con un enero negro. Partieron varios de la generación del treinta. Mi camada se va quedando sin maestros. ¿Considera que la generación de los cincuenta está a la altura?

Creo que de momento no, tal vez lo esté dentro de algunos años. Hay gente muy valiosa en proceso de maduración. Efectivamente, se fueron Rubén Bonifaz, Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Félix Grande, Paco de Lucía, Tomás Segovia, Mariano Flores Castro. Ahora que me hicieron un homenaje en Guadalajara, dije: “Huesuda, deja en paz a los poetas, dedícate a los diputados, que son más aburridos”.

A los 80 años, ¿piensa en la muerte?

Siempre, desde hace muchos años, pero cada vez con menos angustia. A mí lo que me duele es la muerte de los seres que amo. Decirle a alguien “Te amo” significa: tú no debes morir. Decía Gabriel Marcel: “Y decía el negro cubano, pensar que llegar a quererte es creer que la muerte se puede evitar”. La muerte de los seres queridos es lo que realmente nos mata. La muerte personal llega y ni cuenta nos damos, pero la muerte de los seres que uno ama nos disminuye.