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Domingo , 21.10.2018 / 08:42 Hoy

En aguas de Rimas

Poesía en segundos

En 2001 apareció un libro magnífico: Fiori di sonneti / Flores de sonetos en edición de Antonio Alato-rre
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El ensayo previo y la antología eran una invitación a la lectura placentera de esta forma histórica y, a la vez, transhistórica. Pero también era una revisión crítica de cómo una composición tan orgánica como móvil había saltado, gracias a las traducciones, desde el modo ejemplar de Petrarca —con Ariosto, Tasso y muchos más— hasta la estructura poliédrica de los sonetos de Góngora o la crispada hondura metafísica de Quevedo, pasando por la monstruosa vitalidad de Lope de Vega que sentenció “con el tiempo da el tiempo desengaños”, verso germen —podríamos intuir— del famoso soneto de Renato Leduc sobre el mismo tema. El libro de Alatorre nos regalaba una síntesis espléndida y una manera de entender, en la comparación, la influencia de los poetas italianos sobre los españoles. Así, también, nos empujaba de manera indirecta a ver este efecto en los mexicanos del siglo XVII y —¿por qué no?— en los del XX.

Ahora, podemos completar Flores de sonetos con Rimas (Almadía, UNAM, 2018) de Giovanni Boccaccio, en selección, estudio y notas de Fernando Ibarra Chávez. Del mismo modo que el filólogo de Autlán, Ibarra busca antes que nada facilitar la lectura de la poesía italiana y, en particular, de Boccaccio. El pequeño volumen distingue claramente, en concordancia con Paolo Vechi Galli, la presencia del dolce stil novo y de Petrarca en las Rimas. No hay la pretensión de que el autor del Decamerón posea el rango poético de los grandes líricos toscanos, pero sí hay quizá el designio de encontrar una personalidad evidente en algunas de las composiciones. En los sonetos de Boccaccio vemos la conocida escena de las amigas reunidas en corro. Las muchachas platican en un jardín o caminan junto al mar. Destaca una pieza donde una joven, al plantar los pies en la resaca, eleva las enaguas. En ese instante, Boccaccio se aleja del viaje trascendental de Dante y de la hermosa sublimación petrarquista y se hunde en las efímeras certezas sensibles y en las percepciones fuertes del cuerpo que caracterizan al Decamerón: “Oh! ¡Si hubiese habido alguno do yo estaba/ habría mirado mis ojos deseosos/ de ver acaso un poco más arriba!” En tres versos, vemos la frescura del deseo de antes y de hoy, a pesar del embarazo de la hipócrita moral sexual contemporánea.

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