Raíces en la oscuridad

A fuego lento.
"El país de las mandrágoras" de Ethel Krauze.
"El país de las mandrágoras" de Ethel Krauze. (Especial)

Estamos en Xiutlaltepec, a las afueras de Cuernavaca. Nada sugiere tanto nuestro presente como los cuerpos que aparecen colgando de un puente y los jóvenes desaparecidos a manos de individuos con aliento infame. Sí, estamos en mitad de las tinieblas, ahí donde las madres se sienten cada día más deshijadas y los padres conocen el nuevo significado de la orfandad. Puestas así las cosas, podríamos creer que Ethel Krauze ha escrito una novela militante, de esas que enmascaran su desprecio a la imaginación literaria con el ardid de la consigna política. Podríamos creerlo y sin embargo no podríamos estar más equivocados.

El país de las mandrágoras (Alfaguara, México, 2016) hunde sus raíces en el Morelos convertido en tierra propicia para las complicidades entre la policía y el narcotráfico. Toma entonces la forma de un responso por todos los muertos que se resisten a partir pues continúan siendo un recuerdo para los vivos. No olvidemos que, ante todo, Ethel Krauze es poeta. De modo que ese responso elude con suficiencia la banalidad sociológica para interpretar el dolor en clave lírica. Los hechos —decididamente cruentos como la tortura o la muerte por desmembramiento— adoptan la consistencia de las metáforas: son poderosos, y telúricos, no por lo que hacen evidente sino porque se disponen con una dimensión extraordinaria, porque se transforman en arte moral.

Así que las mandrágoras no pueden ser solo mandrágoras. Son tubérculos cuya raíz guarda un inquietante parecido con la figura humana y son, por encima de cualquier significado, “todos los muchachos que van muriendo” y todas las muchachas que lloran su pérdida. Esas mandrágoras crecen a ritmo informe y poseen una enorme cantidad de información que esparcen como heraldos negros. Las almas pacíficas tiemblan frente a las desgarraduras que comunican.

El país de las mandrágoras es así el país de la juventud segada. Sabe de su existencia la narradora de la novela —Tana—, maestra de español en una universidad de Cuernavaca; sabe porque la información irrumpe en su vida a modo de susurros, correos electrónicos, mensajes de texto, notas periodísticas, relatos que en trance va escribiendo en un cuaderno, frases que se perfilan en el retumbe de un rayo, sobre el aceite hirviendo o su piel cansada.

Ahora podemos participar de la riada de voces a las que Ethel Krauze convoca y, por tanto, ver el empuje de esa corriente que más que sustancias vitales arrastra restos en descomposición. Una vez que lo hayamos hecho, tendremos más que la futilidad y la desazón que deja la muerte por mandato venal. Tendremos el consuelo de la transfiguración que ofrenda esta novela dolorosa sin renunciar a la belleza, bella porque se atreve a ser aterradora y cierta porque echa raíces en la oscuridad.