Adiós a los burros

Toscanadas
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En su novela El evangelista, Federico Gamboa nos cuenta la cuestabajo de un amanuense en los portales de Santo Domingo ante la llegada de la mecanografía. “Primero, fue uno, de avanzada; y menuda gresca la que se ganó el que la llevaba, al desenfundarla y ponerse a recorrer su teclado; porque se trataba de una máquina de escribir, remozada y que sonaba a vidriera rota”.

Algo parecido debió ocurrirles a los calígrafos turcos cuando Atatürk decretó que se dejaba el alfabeto de orígenes persa y árabe en favor del latino.

Al igual que en la novela de Gamboa, desaparecieron del mundo y de la literatura los Bartlebys y los Akaki Akakieviches.

Las mujeres vieron cómo decaían las escuelas para secretarias con la llegada de la computadora personal; pero no se sentaron a lloriquear ni a lamentar la cuasi inutilidad de aprender taquigrafía. Mejor se pusieron a estudiar otras cosas para ser jefas y no secretarias.

En México había millones y millones de burros. El oficio de arriero era indispensable para el comercio. Pero luego llegó la máquina de vapor para los trenes y después el motor de combustión interna para los automóviles. Adiós a los burros. Hoy se tienen contingencias ambientales; pero las crónicas antiguas hablaban del pestilente problema de tanta caca de burro y caballo en los pueblos y ciudades.

La literatura rusa está repleta de coches tirados por caballos. Y los cocheros suelen tener roles protagónicos. Esos personajes chejovianos han desaparecido. Ahora existen inrománticos taxistas sin cabida en la literatura. Ni modo que en el cuento “La tristeza”, el protagonista le hable al motor de tres cilindros de su Ford Fiesta.

Con las nuevas tecnologías de caza y localización, escribir hoy Moby Dick sería una aburrida novela sobre la clandestinidad del oficio de cazaballenas y una concientización para cuidar la flora y la fauna de nuestro planeta. La primera frase diría: “Llámenme Yasuhito”.

Los finales de Ana Karenina y Emma Bovary podrían ser los mismos hoy día, acaso la primera batallaría con la impuntualidad de los trenes rusos y la segunda preferiría el Nembutal en vez de arsénico. Pushkin no habría muerto a consecuencia de un duelo, sino baleado por un sicario enviado por D’Anthès.

Aunque la industria editorial se resistió al libro electrónico, ahora lo publica, promueve y hace negocio con él. Y desde hace tiempo ponen a cualquier famoso iletrado e improvisado a competir contra los literatos, y el famoso suele ganar. Eso no nos agrada a los escritores, ¿pero qué le vamos a hacer? Hay que tener entereza y seguir escribiendo.

No por mantener un orden anterior vamos a jugar con balones de piel de vaca. No por la nostalgia queremos reflotar el Andrea Doria en vez de tomar un vuelo de Air France para ir a París.

La historia del ser humano ha sido darwiniana. Hemos sustituido viejos órdenes por los nuevos a base de fuerza, inteligencia o tecnología. Es lo natural, aunque unos ganen y otros pierdan. Aunque unos mueran anquilosados y otros se adapten para vivir. Desde que el hombre eliminó al Neandertal, nadie ha resultado tan llorón como los taxistas.