El esquivo

Caracteres.
Caracteres.
Caracteres.

Ciudad de México

Tres tristes taras, tres vicios inerradicables o tres atávicas manías lastran el comportamiento y la reputación de este mexicano arquetípico: la imposibilidad de decir no, la imposibilidad de cumplir un compromiso y la imposibilidad de mirarte sostenidamente a los ojos cuando te asegura que sí o cuando hace contigo una cita a la que no acudirá.

Peleado con la verdad, el esquivo es todos y cada uno de nosotros en México. La empleada de la tienda de la esquina que al pedirle tus cigarros favoritos te dice sonriente que se le acaban de terminar. El plomero que te promete al teléfono que en menos de una hora estará allí para contener una fuga de agua en tu baño. El burócrata que con la vista fija en su computadora te garantiza que mañana sin falta tendrá el documento que debió haberte entregado hoy. El pintor de brocha gorda que por repintar tu recámara te pide una suma que no le regateas y después arguye compungido que no le alcanzó para el material. La sirvienta que te jura por Dios que ella no rompió la taza antigua, un fetiche para ti, que creías perdida y cuyos pedazos descubriste en el bote de la basura orgánica.

Pero no solo en el sector de los servicios medra el esquivo. También se lo encuentra en situaciones menos utilitarias. Como la del transeúnte que, con tal de no admitir su ignorancia cuando le preguntas por una calle, finge reflexionar y luego te encamina en una dirección errónea. O la de aquella señora tan bien educada que, para no contradecir a su oftalmólogo, no le precisa con qué gradación exacta de los lentes ve mejor.

Todos los esquivos, sin importar su clase o su ideología, creen que decir con franqueza lo que uno piensa o siente o sabe de veras es de mala educación. Lo cree tu amigo Ivo, que se jacta sin embargo de ser hombre de mundo y ajeno a las pequeñeces de la mexicanidad.

Editor o periodista, crítico o promotor cultural, Ivo es siempre idéntico a sí mismo. Cuando le llevas un manuscrito para que te lo publique, o quedas de verte con él para que te entreviste sobre el libro ya publicado, o se lo mandas para que le haga una reseña, o se lo das en propia mano para que te incluya en la próxima gira de escritores nacionales en el extranjero, Ivo indefectiblemente se alegra y te felicita y te promete y te abraza mirando a otro lado. Después viene el silencio. Semanas de silencio. Meses de silencio. Hasta que por fin te tragas tu orgullo y lo llamas o le mandas un correo o incluso te presentas en su oficina. Pero Ivo no te responde la llamada ni el mail, y su secretaria te dice, esquiva, que él está en una junta y mañana a primera hora te buscará.

Condenarías sin piedad la taimada cobardía de Ivo el esquivo, de no ser porque más de una vez se te acercó un escritor joven o no tanto y te endilgó una novela inédita o recién publicada y tú mostraste un gran interés y le diste al colega ilusionado una dirección electrónica falsa y te despediste de él efusivamente y al final dejaste el libro no leído en el cuarto del hotel.