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Jueves , 13.12.2018 / 14:35 Hoy

El virginiano

Toscanadas

La novela madre del western es El virginiano, de Owen Wister, publicada en 1902. Al final del capítulo dos aparece la frase más famosa del género vaquero: “Cuando me llames así, sonríe”
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La novela madre del western es El virginiano, de Owen Wister, publicada en 1902. Al final del capítulo dos aparece la frase más famosa del género vaquero: “Cuando me llames así, sonríe”.

La escena es así: los personajes están en un saloon jugando cartas. En el calor del juego uno de ellos, de nombre Trampas, le dice Son of a… al virginiano. El lector tiene que llenar la palabra bitch que no se escribía a principios del siglo veinte. Continúa la narración: “La pistola del virginiano apareció y la apoyó en la mesa, sujetándola con una mano pero sin apuntar. Y con una voz más suave que nunca, una voz que sonaba casi como una caricia, pero arrastrando las palabras un poco más de lo habitual, de manera que casi había una pausa entre ellas, comunicó sus órdenes al tal Trampas:

“Cuando me llames así, sonríe”.


El virginiano inaugura en la literatura la pose del cowboy valeroso, macho, digno. Pero vaya uno a saber dónde están esas agallas cuando tuvo que sacar un arma para mostrarlas.

En nuestro vapuleado México conocemos muchos valientes armados que luego da lástima verlos tan frágiles cuando les quitan la pistolita.

Desde la aparición de las armas de fuego, los críticos se dieron cuenta de que sería difícil distinguir al guerrero grande del pequeño. Esto se agudizó con el nacimiento del rifle. Las primeras guerras en las que se emplearon mosquetes todavía tenían restos de las estrategias de la antigüedad. Se acercaban los dos ejércitos, disparaban “al ai se va” cuando estaban a tiro de piedra, y luego se lanzaban a luchar cuerpo a cuerpo.

En la guerra de independencia gringa, apareció el rifle por primera vez, con el que ya se podía apuntar de manera precisa al rival que se deseaba liquidar. Los ingleses protestaron: “esto ya no es una lucha digna sino mero asesinato”. El francotirador, que hoy puede ser un héroe, no era entonces sino un homicida. Por eso ni siquiera llevaban uniforme militar, sino vestimentas parecidas a las de los indios. ¿Cómo podía considerarse valiente un soldado que se ocultaba para disparar y se retiraba luego de jalar el gatillo? Para más inri, a estos tiradores les gustaba cazar oficiales, no soldados de a pie.

Los gringos se convirtieron en un país de colonos que emigraban al oeste. El rifle se volvió un compañero inseparable para protegerse, cazar, divertirse, matar y morir. Y ningún gobierno les va a quitar el derecho de poseer armas. De hecho, cuando las leyes prohíben las armas a los civiles, consiguen que solo los criminales las posean.

Por eso en México, cada vez que un virginiano saque su arma y nos diga “sonríe”, tendremos que sonreír.


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