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El seductor

Escolios

D’Annunzio es escandaloso no solo por su excentricidad, sino porque logra moldear las emociones colectivas hacia las formas más agresivas de nacionalismo
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La morada de los últimos años del escritor Gabriele D’Annunzio (1863–1938), Il Vittoriale degli Italiani, es una suntuosa ciudadela y, al mismo tiempo, el monumento al kitsch de un ególatra. Dividido entre el escritor sobreabundante, el político demencial y el héroe pintoresco, D’Annunzio se ha casi borrado de la memoria literaria, ocupa un lugar marginal en el terreno de las ideas extremas y sus poses políticas han sido superadas por nuevos bufones. Nacido en Pescara, hijo de un terrateniente, D’Annunzio es un joven tan poco agraciado como inteligente e inquieto que se obsesiona con otros dos megalómanos, Byron y Napoleón; que publica su primer libro de poesía a los dieciséis años y que, pasados los veinte, se convierte en novelista de éxito, con El placer. Prolífico, seductor y retador pronto se vuelve una estrella tanto en el firmamento intelectual como en la farándula. Sus obras son recibidas con elogios insospechados por parte de autores como Henry James o Marcel Proust y su fama se refuerza por sus romances con nobles y actrices, quienes caen rendidas ante el magnetismo del gnomo.

D’Annunzio es escandaloso no solo por su excentricidad, sino porque logra moldear las emociones colectivas hacia las formas más agresivas de nacionalismo. La utilización del espectáculo como parte del discurso político, la explotación de los sentimientos sociales de vulnerabilidad y el gusto por la mentira le brindan una peligrosa actualidad. Ante el estallido de la Gran Guerra en 1914, empujó la intervención italiana. Ya en la batalla, D’Annunzio combatió audazmente y, por ejemplo, al frente del escuadrón aéreo la “Serenísima”, realizó una célebre incursión hasta Viena. La búsqueda de vértigo no se agotó con la guerra y, tras el término de las hostilidades, el poeta invadió, con un grupo de aventureros, la ciudad de Fiume (hoy Rijeka, en Croacia), que Italia había reclamado sin éxito como recompensa. Ahí instauró un régimen demencial donde lo mismo había medidas de avanzada que ráfagas de terror policial y el cual, con su culto a la personalidad, anunciaba el estilo ulterior del fascismo. Ante las delicadas implicaciones de política internacional que implicaba esta mascarada, luego de más de un año de solaparla, el propio ejército italiano terminó la representación. La relación de D’Annunzio con el fascismo fue ambivalente, pues aunque no participó directamente en el gobierno, se atribuyó la autoría de muchos de sus rasgos y vivió lujosamente a sus expensas. Agotado por el ajetreo político, las drogas y las enfermedades venéreas, el poeta falleció en su retiro dorado. Como dice su biógrafa Lucy Hughes–Hallett: “incluso quienes lo veían con malos ojos lo encontraban irresistible. De manera similar, y por censurables que resultaran los movimientos fascistas, la historia ha demostrado lo poderoso que fue su glamour. Para evitar que se repitan no solo tenemos que ser conscientes de su crueldad, sino entender además su poder de seducción”.


@Sobreperdonar

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