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El ritual de la fortuna

Danza

Hace 35 años la coreógrafa Nellie Happee creó Carmina Burana, un ballet sobre la cantata escénica de Carl Orff.
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En días recientes, y después de ocho años de no montarla, la Compañía Nacional de Danza la presentó como parte de su programación y del homenaje que rindieran a la coreógrafa que celebra, además, 88 años de vida.

La obra monumental que, a decir de la creadora, no es exigente respecto del bagaje técnico, requiere principalmente de potencia interpretativa por parte del elenco para entrar en sintonía con los textos goliardos que dibujan al pueblo llano del siglo XII.

Con la presencia de la Orquesta y el Coro de Bellas Artes, la cantata de Orff resulta no solo monumental por el número de artistas cuya presencia en escena es ya de por sí poderosa y estridente, sino por la riqueza en la partitura que va de la grandeza instrumental y coral a la sutileza de melodías que hacen de la pieza un catálogo de posibilidades para que las bailarinas y bailarines se integren en una dinámica lúdica, desparpajada y sensual que caracteriza a la poesía goliarda.

Es cierto que la coreografía de Happee solo hace un esbozo sutil de los excesos que sugieren los versos de Bouré, pero acierta en la ambientación e histrionismo de los artistas. La enorme aceptación que la partitura, por su monumentalidad sonora, tiene en el público, se conjuga con la riqueza visual que aporta la escenografía. Maravilloso y simbólico el instante en que, a modo de obertura y cierre, aparece en escena la rueda de la fortuna, mientras el coro ensordecedor sentencia: “¡Oh, Fortuna, siempre variable, como la luna!”

Una comunidad de bailarines rodea este símbolo para, en una reverencialidad ritual que viaja más allá del escenario y hace partícipe al espectador, reconocer a la vulnerable Fortuna como emperatriz del mundo, casi diosa que por momentos nos encumbra para después humillarnos.

Luego del despropósito que resultó la Consagración de la primavera, la Compañía tuvo la oportunidad de acertar al recuperar una obra ya madurada, popular entre el público y pieza fundamental de la coreógrafa Nellie Happe que, con 68 años de trayectoria artística, no improvisa y respeta su oficio. Abrevar de su legado es una ruta que le viene bien a la danza mexicana. El eje de la Fortuna hoy ha girado en su favor.

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