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El beso caníbal

Hombre de celuloide

En 1976 Bruno Bettelheim se lanzó a la apasionante tarea de psicoanalizar a Caperucita Roja y otros personajes igual de ambiguos
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En 1976 Bruno Bettelheim se lanzó a la apasionante tarea de psicoanalizar a Caperucita Roja y otros personajes igual de ambiguos. Lo hizo en Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Y no era necesaria mucha justificación. El pensamiento psicoanalítico estaba de moda y uno podía ver en estos relatos el viaje simbólico de la niñez hasta el mundo adulto. Hoy que se ha puesto de moda el Anime vale la pena escribir dos o tres líneas para encontrar las constantes en estas historias japonesas que inundan el cine y la televisión. Lo primero que salta a la vista en Tokyo Ghoul (versión actuada de la caricatura japonesa) es un asunto cultural: como Evangelion, Tokyo Ghoul utiliza el imaginario “abrahámico”, término con que los japoneses se refieren a las religiones que dicen tener como origen a Abraham de Ur de Caldea. A saber: judíos, cristianos y musulmanes. El asunto resulta intrigante porque para la cultura japonesa, con menos del uno por ciento de habitantes identificados con estas religiones, resulta exótico un imaginario que tal vez para nosotros es un lugar común. Tokyo Ghoul, como tantas otras series televisivas y películas, está basada en un manga, esto es, un libro que cuenta la historia de unos comedores de carne humana que han salido del mundo musulmán que dio origen a Las mil y una noches. Los guls en el folklore islámico son necrófagos que habitan los cementerios y comen carne humana. Ahora bien, en la cosmogonía de Tokyo Ghoul hace tiempo que los humanos saben de la existencia de estos seres. Han creado incluso una policía que cuida a los habitantes de Tokio de quien pueda ser devorado por ellos. La cosa comienza a ponerse psicoanalítica cuando aparece nuestro héroe, un galán incapaz de hacer una cita y que, animado por su mejor amigo, decide invitar a comer a una chica que durante la noche le da un beso que pronto le inyecta los ojos en sangre. El beso se transforma en una auténtica carnicería en la que aparecen una suerte de tentáculos dispuestos a devorar al pobre adolescente. Dichos tentáculos tienen el aspecto de la famosa vagina dentada que puebla el folklore del mundo y en el que los freudianos de hueso colorado han visto una simbolización del miedo a la castración que se da en los adolescentes varones y aún vírgenes. Pero Tokyo Ghoul tiene más. El muchachito mordido es huérfano, como suele suceder en esta clase de dibujos animados; los protagonistas todo el tiempo se cubren la cara con el cabello como hacen quienes muy jóvenes se sienten avergonzados por deseos sexuales, y la belleza angelical de los protagonistas se ve amenazada por una transformación en la que es posible ver el miedo a los cambios que suceden durante la pubertad. Si uno se fija, en todas estas caricaturas los personajes siempre son ambiguos. Demasiado jóvenes para ser adultos, pero demasiado viejos para ser niños. Sus caras son andróginas e igual pueden temblar ante la visión de la sangre que de pronto saltar obsesionados por este líquido que unos segundos antes les daba asco. Ya lo dijo el sabio Freud: es increíble el modo en que el instinto supera el asco en pocos años y vuelve deseables una serie de prácticas que originalmente se consideraban asquerosas. Tokyo Ghoul además habla de canibalismo, de devorar y ser devorado por la persona deseada y aunque dudo que a la gente muy seria le guste mucho, estoy convencido de que todos aquellos que amen el folklore y el psicoanálisis van a sentir con Tokyo Ghoul una explosión en sus intestinos.

@fernandovzamora


​Tokyo Ghoul. Dirección, Kentarô Hagiwara. Japón, 2017.

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