La escritura empática

El escritor español Eduardo Mendoza obtuvo el Premio Cervantes 2016
Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 2016
Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 2016 (Especial)

Madrid

“Yo creo que la función de la novela es establecer un diálogo de empatía con el lector”, me dijo Eduardo Mendoza hace no mucho tiempo, cuando el autor de La verdad sobre el caso Savolta, con la cual inauguró en 1975 “una nueva etapa de la narrativa española del fin del siglo XX”, publicaba la que es hasta ahora su más reciente novela, El secreto de la modelo extraviada.

En el fondo, todo el proyecto literario del escritor barcelonés ha estado cimentado sobre la base de ese deseo: establecer una complicidad entre el lector y él, y de que ambos sientan un mismo sentimiento, una visión del mundo que puedan compartir.

El Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2016, que acaba de serle otorgado, es un reconocimiento a esa vocación con la que ha construido una especie de gran ciudad literaria compuesta por quince novelas, cuatro libros de ensayos, dos volúmenes de relatos y dos obras teatrales mediante las que, a lo largo de cuatro décadas y una vida dedicada a la escritura día tras día, ha planteado formas y estructuras literarias como lo haría un arquitecto: a veces para levantar enormes edificios literarios o pequeñas casitas al lado de la playa. 

“Y sea lo que sea”, ha dicho, “lo importante es que salga bien”, algunas ocasiones tratando de echar el resto, de construir algo ambicioso y complejo, y en otras algo que en cambio tenga una frescura y una rapidez que casi parezca improvisado, nada más lejos de la realidad de su empeño porque siempre hay un trabajo minucioso, perfeccionista y memorioso hasta en los más mínimos detalles.

Como asegura el jurado que decidió el miércoles pasado concederle el Premio Cervantes, Eduardo Mendoza es un autor “en la estela de la mejor tradición cervantina”, y su obra “posee una lengua literaria llena de sutilezas e ironía”, algo que el gran público y la crítica siempre han sabido reconocer, además de su extraordinaria proyección internacional, siendo galardonado, hace apenas un año, con el Premio Franz Kafka, por el carácter humanista de su obra y su capacidad para recoger un testimonio sobre nuestro tiempo.

En ese sentido, otro de los motivos literarios de Mendoza ha sido escribir pequeñas crónicas de nuestra realidad, no análisis grandilocuentes y mucho menos pomposas y sesudas reflexiones, sino la vida común de ese tipo de ciudadano que es bastante parecido en todos los rincones del mundo cuando va por la calle, cuando sale a comprar, cuando va al mercado o hace cola para que le resuelvan un asunto administrativo. Un poco ese mundo que finalmente es el nuestro, ese mundo de todos los días que abandonamos a veces tentados de vivir a grandes rasgos, de llevar una vida simbólica entre los deportes y las políticas mundiales, y que es para Mendoza el territorio ideal del novelista, un novelista que, en su caso, emplea para observar el mundo una mirada escéptica, desencantada, paródica y cargada de crítica, humor e ironía, de esa realidad humana, política y social que no es la “gran realidad”, esa que aparece en los periódicos y en los discursos políticos, sino la que se respira en la calle y que permite al escritor dar una visión de lo que sucede en el mundo como si lo hiciera desde la ventana de un autobús o desde el paseo callejero de todos los días.

Hay otro elemento fundamental en la literatura de Eduardo Mendoza: Barcelona, la ciudad que lo vio nacer hace 73 años, y que ha sido de muchas maneras uno de sus personajes más importantes; esa Barcelona que, según ha declarado, pasó de ser una ciudad por donde atravesaban los automóviles camino de las playas del sur a ser el destino turístico por excelencia en todo el mundo; esa Barcelona de cuyas Ramblas han desaparecido el sombrero mexicano, las banderillas y la ensaimada, sustituidos por comida insalubre y camisetas de Messi; esa Barcelona que irrita al escritor por el tópico publicitario de ser una ciudad de fiestas y congresos y balcón del Mediterráneo, cosas que a su juicio le dan una imagen de baratillo y que oculta una ciudad en realidad dura, violenta, conflictiva y corrupta que tiene el potencial de convertirse en algo terrible, a pesar de que, a diferencia de Nueva York o Shangai, Barcelona tenga una máscara de amabilidad.

Es ese el entorno que Mendoza ha elegido, sin nostalgias, para echar a andar en diversos tiempos y épocas a sus personajes, muchos de ellos casi al borde de la nada, pero que sin embargo tienen una vida como cualquiera y sobreviven durante años buscando distintas formas de adaptación, mostrando que la evolución de Darwin continúa en los actuales tiempos de crisis y perplejidad y que el ser humano, ese ser humano que tan bien ha reflejado el nuevo Premio Cervantes en sus novelas, es inagotable en su capacidad de sorprendernos.