Por amor al artificio

A fuego lento
En soledad.piedra, Edson Lechuga acumula cinco sueños que no tienen más relación que la de terminar de golpe cuando se levanta la neblina.
En soledad.piedra, Edson Lechuga acumula cinco sueños que no tienen más relación que la de terminar de golpe cuando se levanta la neblina. (Especial)

Atendamos las palabras siguientes: “entre el llanto dijo que te quiere, que aún le dueles, que es terrible cuando el mar se apaga y sus orillas no lo notan. habló de la verdad que alguna vez tocaron juntos. de todo lo que tiembla entre ustedes. habló de septiembre bajo la lluvia, de las veces que contaste los besos que caben entre sus pechos y su ombligo, de la poca importancia que tenían las calles cuando estaba enredada en tu cabello”. Pertenecen a uno de los cuentos —cinco— que reúne soledad.piedra pero podrían asignarse a cualquier otro. Atendamos si no estas palabras: “no había entonces resentimiento, ni pudor, ni miedo. No había soledad, ni este hoyo negro que descubrí en mi pecho hace algunos años, ni esta sensación de lejanía que siento ahora mientras camino y cavilo en el anonimato de las calles, escondido del mundo, luido por dentro”. Pertenece a otro relato y, sí, exhibe el mismo recurso cansino de la enumeración.

Consideremos el relato que cierra el libro, “soñeus”. Sin intenciones claras, Edson Lechuga acumula cinco sueños que no tienen más relación que la de terminar de golpe cuando se levanta la neblina. Convocan por igual a una manada de tigres o a un papalote o a un filme proyectado sobre el agua, en fin, y lo mismo daría que fueran protagonizados por cacahuates o vendedores ambulantes porque se sustentan en la pura apariencia verbal que se solaza mirándose el ombligo. Lo mismo hubiera dado también que, en vez de cinco, Edson Lechuga hubiera presentado veintitrés o cuarentaiséis. Concluimos la lectura y queda la sensación de que cualquiera puede escribir un relato mientras se sienta dotado de cierto ingenio (manifiesto en la voluntad de suprimir las mayúsculas y armar palabras al estilo.com) y muestre un amor incondicional por los epígrafes y por Roberto Bolaño.

Erraríamos si creyéramos que soledad.piedra es una máquina verbal. Cree a ciegas en el artificio pero no desdeña el argumento. Digamos que no renuncia a que pase algo o a que sus personajes se sientan de pronto merecedores de súbitas revelaciones o repentinas desgracias, lo que los convierte en encarnaciones de un romanticismo que, en términos psicológicos y no literarios, tiende a derramar tanto pero tanto sufrimiento que uno se ve obligado a tomarlos muy poco en serio. Cuando no están a punto del suicidio por horca, lloran a la mujer que dejaron ir por tibieza de ánimo. Claro, algunos de ellos saben de poesía y dictan conferencias en universidades, y dicen cosas como “¿cuántas constelaciones se podrían dibujar uniendo los lunares de tu espalda”?

En el prólogo, Sergio González Rodríguez señala que “Si la narrativa en lengua española de los últimos años ha privilegiado la novelística y, en menor grado, el cuento, con soledad.piedra comenzará a reconocer que sus mejores cuentistas están aún por ser descubiertos y aclamados, como es el caso de Edson Lechuga”. ¿En serio? ¿Debemos aclamar un libro que solo se vale del artificio, la enumeración y el lloriqueo?