Don Quijote en prisión

Teatro
Para participar en "Un grito de libertad" como espectador, necesita enviar un mail a info@sinergia.com.
Para participar en "Un grito de libertad" como espectador, necesita enviar un mail a info@sinergia.com. (Especial)

Cómo entrar a la ficción de El hombre de La Mancha, donde Quijote y Sancho Panza se encuentran encerrados en una cárcel, cuando los actores del montaje son internos del Reclusorio Oriente de la Ciudad de México, que actúan junto a sus compañeros ante un grupo de espectadores conformado por sus familiares, a quienes en algunos casos no han visto en años. 

Imposible mantenerse por completo dentro de la convención teatral, ante un elenco de 170 personas, incluidas 20 mujeres que pertenecen a otro centro penitenciario, que  actúan, cantan y bailan, junto a sus compañeros de reclusión, entre quienes 25 son músicos y 75 se dedican al área de producción, que abarca utilería, vestuario, sonido, luces, limpieza y alimentos.

El escenario hierve de humanidad. Ellas son campesinas, gitanas, la sobrina, el ama de llaves y Aldonza. Ellos, inquisidores, parroquianos, el ventero, el cura, el barbero, campesinos, gitanos, Rocinante, Rucio, saltimbanquis, acróbatas, Cervantes y Sancho, casi siempre juntos  sobre el escenario, en una comunidad que se mueve armónicamente al son de la música compuesta por Mitch Leigh y letras de Joe Darion, en esta ocasión adaptadas, en versión libre como la obra de Wasserman, por Napoleón Ochoa.     

La impresión es la de estar ante más de cien almas puras que no saben engolar la voz, ni revestirla,  pero a cambio exhalan las palabras que dice su personaje, francas y en perfecta sincronía con su cuerpo y rostro. Los personajes están allí, plenos, en la libertad que les da el escenario, donde su mirada se abre como su sonrisa en un paso de danza, una acrobacia, o en más de 400 brazos que se levantan.

Las piernas de tela se abren para dar entrada y salida a los actores, rumbo a un desahogo que, en vez de un camerino, deja ver una blanca reja de metal resguardada por un custodio, pero de regreso al escenario están a salvo de miradas, de órdenes y barrotes, al interior de una cárcel donde se enjuicia a Don Quijote, que lucha contra molinos de viento, en este caso de madera, movidos por brazos que hacen la labor del aire, y aparece la magia que todo lo inunda.

La música surge desde un templete superior, adosado a un extremo del escenario, donde los intérpretes, vestidos con pantalón beige, camisa blanca y roja corbata de moño, son parte del grupo que ofrenda cada respiro por estar ahí, enjuiciando al loco que les permite brindar en la imaginación con tarros rebosantes.

El sueño se verifica. Los 280 internos que dedican once horas de trabajo los lunes en talleres de vestuario, utilería y maquillaje, paralelos a las sesiones de baile, canto, actuación, concentración, charlas sobre tolerancia, generación de energía y meditación, además de la lectura de El Quijote, cumplen con el director de escena, Arturo Morell, presidente de la Fundación Voz de Libertad AC, que muestra el resultado de su séptimo proyecto con internos del sistema penitenciario capitalino, hombres y mujeres que reciben aplausos y bravos a cambio de su entrega.

Morell, quien incluye en su equipo al actor y bailarín Bernardo Vega, ensaya con tres personas distintas los personajes de Aldonza, Sancho y Quijote, de forma que se pueda seguir adelante con el montaje aunque haya diligencias en los juzgados, o no haya autorización para que alguien salga del dormitorio.

Sin conocer el motivo individual de la reclusión, Un grito de libertad  le da al director la oportunidad de trabajar con seres humanos respecto a su postura frente a la vida y al paréntesis que significa el encierro, sin que importe si son culpables o inocentes.

Sobre este escenario, donde se da la lucha del caballero andante contra la injusticia, la transformación de Aldonza en Dulcinea y la ternura de Sancho, que como Cervantes persiste en la amistad, se persigue el ideal por el que cada alma grita con toda la fuerza de que es capaz y los muros del reclusorio parecen desvanecerse, al menos durante las horas de teatro en las que cada quien, espectador incluido, tiene la oportunidad de ser otro.