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Doble tour a contracorriente

Danza

Haber decidido, contra todo pronóstico, dedicarse a una profesión marcadacomo una actividad esencialmente para mujeres, haber iniciado su desarrollo profesional fuera de las instituciones “formales” al no contar con una matrícula; es la constante de
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Recuerdo las clases de ballet de hace ya algunos años en el estudio de la bailarina Olga Rodríguez. El mismo estudio en el que conocí, escuché y aprendí del genial Philip Beamish, recientemente fallecido. Un espacio pequeño acondicionado en la sala de una casa cuya distribución y tamaño no siempre eran óptimos para la ejecución de clases profesionales de danza clásica, pero tanto Philip como Olga solían repetir, a modo de reivindicación de nuestro salón: “Piensen en los hermanos Hernández, ellos no tuvieron ni este salón y miren dónde bailan hoy”.

La frase por supuesto hacía referencia a Isaac y Esteban Hernández, los dos hermanos de Zapopan, cuyo padre, quien fuera bailarín y maestro, les impartió sus primeras lecciones de ballet en el patio de su casa con unas barras improvisadas, desafiando las múltiples adversidades que implica la decisión de convertirse en bailarín, en un país como México.

El mérito no es menor, sino más bien inspirador, aunque no en el sentido en que se ha orientado, en distintos medios de comunicación y espacios oficiales, durante los últimos días el significado del esfuerzo de estos bailarines.

Por ello traigo a la memoria aquella frase de mis maestros y resalto la dificultad sorteada por estos bailarines: haber decidido, contra todo pronóstico, dedicarse a una profesión marcada en el imaginario de una sociedad conservadora como una actividad esencialmente para mujeres o que feminiza (con toda la controversia que esto conlleva); haber iniciado su desarrollo profesional fuera de las instituciones “formales”, públicas o privadas, dedicadas a la formación de bailarines y que año con año reportan peores condiciones para su misión, además de ser profundamente excluyentes al no contar con las herramientas suficientes para ofrecer una matrícula amplia por lo que la marginación es la constante de aquellos y aquellas que desean dedicarse a esta profesión.

Otra dificultad enfrentada por los hermanos Hernández fue la de haber consolidado su perfil profesional en Jalisco, pues la centralización de las actividades artísticas es extremadamente marcada y eso se traduce en la migración de casi la totalidad de los niños y jóvenes que desean consolidarse como artistas, ya no a los centros urbanos sino a la Ciudad de México. Fuera de ella, las opciones y posibilidades son pocas; se requiere agrietar un muro para lograrlo.

Hace unos días le otorgaron a Isaac Hernández el Premio Benois de la Danse como mejor bailarín por su ejecución del rol de Basilio en la obra Don Quijote. 

El Premio es el máximo reconocimiento existente en el mundo de la danza clásica, pero deberíamos ser muy cuidadosos en torno a la euforia desatada a partir de su anuncio. En casi todos los medios de comunicación y redes sociales se ha hablado del bailarín “orgullosamente mexicano”, incluso en programas de espectáculos se proyectó su persona y funcionarios públicos de todos los niveles se refirieron a él como ejemplo e inspiración. 

Sin duda el reconocimiento para Isaac Hernández es por demás plausible pero, como he planteado en estas líneas, el mérito de haber agrietado un sistema completamente indiferente al mundo de la cultura es de él, de nadie más. 

Isaac Hernández representa la excepción, no es fruto de un sistema cultural ocupado en formar artistas y público que reconozca su trabajo. México no fue el escenario que catapultó su desarrollo artístico y no fueron sus teatros y foros quienes le abrieron las puertas sino hasta su regreso, cuando a contracorriente se había consolidado como primer bailarín del English National Ballet.

Con cada saut de basque, doble tour y piruette ha logrado sortear un muro para “que los jóvenes sepan que se puede vivir una vida digna a través de las artes”. Atendamos su mensaje. 

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