Revolución 1

Lo que contemplas
(Bernie Boston)
(Bernie Boston)

Una exposición que te lleva tres horas y media recorrer, hasta que cierran el museo, que te sacude intelectualmente y te conmueve con emociones contradictorias, es de celebrarse. Eso es You Say You Want a Revolution? Records and Rebels 1966-1970, en el Museo Victoria and Albert, que explora cómo las revoluciones (también las inconclusas) de esos años transformaron nuestra forma de ver el mundo.

No mencionaré a todos los artistas, músicos, filósofos, activistas, políticos, estrellas del pop, la moda y el cine o acontecimientos incluidos porque no alcanzaría el espacio. Y espacio es justamente lo que los curadores crearon con maestría.

El inicio del recorrido es como entrar a una fiesta. La banda sonora mientras caminamos entre carteles y portadas de LP es un gozo, y un golpe de nostalgia hasta para los que apenas caminábamos en el 66. Hay, claro, muchos Beatles y Rolling Stones, pero la selección incluye también a los grandes olvidados, y en las primeras salas, donde el énfasis es la revolución como sueño de un mundo mejor, entendemos de golpe que esto es música gloriosa pero también mucho más que música: la unión genuina de arte y política, libre, sin panfleto, sin mensaje partidario. En una pantalla Bob Dylan, jovencísimo, arroja palabras a nuestros pies, y todo es desafío, la energía de una audacia indomable.

Avanzamos por un laberinto de psicodelia (lo fascinante y lo absurdo), belleza y mal gusto, ingenuidad e inteligencia, una explosión de moda extravagante, humor y osadía que nos hace mirar con ojos nuevos esa vehemencia desbordante como un clamor de jóvenes. Ésa era su fuerza y su inocencia: querer levantar al mundo de la cruda adormilada de la guerra. Y me parece extraordinario.

En las salas dedicadas a los movimientos globales de resistencia (pacifistas, de estudiantes, feministas, de liberación gay, antirracistas) esa inocencia muestra su gravedad, su volverse adulta, recordándonos que, por supuesto, no todo era fiesta. Desde las múltiples pantallas (en el techo incluso, con bombardeos y conflagración) nos asalta la atrocidad, que era mucha. El coraje, en los dos sentidos de la palabra, también abundaba. Las llamas envuelven a Thích Quảng Đức, el monje que se prendió fuego en protesta por la persecución a los budistas en Vietnam del Sur, una entre muchas otras formas de la inmolación. El dolor es palpable. ¿Y desesperanza? (en los audífonos, Léo Ferré canta “Paris, je ne t’aime plus”). Quizá, pero más sonora es la unidad, la voluntad de cambiar el mundo, de una vez por todas. Para siempre. Ahí me doy cuenta de que un mensaje rotundo de la exposición es paz, paz, paz, sin duda porque eso quería una generación que era mucho más que simplemente hedonista, pero intuyo que también los curadores han querido enfatizar ese llamado. No es desesperado, pero sí constante.  

De este reclamo que hace de la exposición algo relevante hoy, y no un simple ejercicio de nostalgia, me ocuparé en la siguiente entrega.