Después de Saint–Denis

Reportaje.
Policías revisan uno de los cafés donde terroristas dispararon a comensales en París.
Policías revisan uno de los cafés donde terroristas dispararon a comensales en París. (EFE)

París, Francia

El 11 de noviembre Francia conmemoraba un aniversario más del armisticio de 1918, fin oficial de la Primera Guerra Mundial. El partido amistoso de futbol entre las selecciones de Francia y Alemania, programado para el viernes 13 en el Stade de France, realzaba en cierto modo esa fecha histórica. Sin embargo, la noche en Saint–Denis mutó su aire conmemorativo cuando a las 21:20 una explosión en la puerta D marcó el inicio de una funesta velada.

¿Por qué París? Es la pregunta que se hacían los franceses el sábado luego de conocer el saldo rojo del ataque coordinado y reivindicado por el Estado Islámico (EI). ¿Por qué de nuevo el distrito XI? ¿Por qué una sala de conciertos? ¿Por qué un bar, un café y un restaurante más bien anónimos?

Una vez consumados los hechos, no queda sino buscar las razones, tratar de entender los motivos que llevaron a un grupo de individuos a anteponer la causa terrorista a su propia vida. El matiz de las opiniones es variado. Para el filósofo y ensayista Pascal Bruckner, la determinación de los terroristas del EI es total. "Estos kamikazes dijeron a sus víctimas: Mírame. Para ellos matar y morir es una misma cosa. Hay que reconocer que estamos completamente desarmados frente a esta ira nihilista. Cierto, tenemos respuestas policiacas y militares pero de nada valen frente a hombres a quienes no les importa morir. Nietzsche dijo: la juventud es la edad del absoluto. Estos jóvenes están en una dimensión apocalíptica, una escatología mesiánica del baño de sangre. Para ellos la muerte es la vida". En efecto, dentro de la mística que impulsa al EI, también conocido como ISIS (Islamic State of Iraq and al–Sham), existe la creencia del Final de los Tiempos. A los jóvenes se les inculca, entre otras cosas, el advenimiento de una batalla épica en Dabiq (norte de Siria) que será la antesala del Apocalipsis y la victoria de su causa.

El ensayista Olivier Postel–Vinay refiere que la cristalización del fanatismo es una búsqueda de sentido, un refugio semántico, que conduce al enclaustramiento en un universo mental cerrado. "Entendemos hoy por fanatismo una locura religiosa, sombría y cruel, escribía ya Voltaire en su Diccionario filosófico, publicado en 1764 en Ginebra. 'El que respalda su locura con el asesinato es un fanático. El ejemplo más detestable del fanatismo es el de los burgueses de París que corrieron a asesinar, degollar, arrojar por las ventanas, despedazar, en la noche de San Bartolomé, a sus conciudadanos que no iban a misa'. Desde entonces, hemos aprendido que el adjetivo 'religioso debe entenderse en un amplio, muy amplio sentido. Voltaire escribió lo anterior antes del comunismo, de la fe nazi, de la Revolución cultural, Pol Pot y Ruanda. Desde este punto de vista el fanatismo islamista es un regreso a las fuentes". La palabra fanático proviene del latin fanum, templo. El fanaticus era el servidor del templo. El sentido figurado se utilizó, en Roma, para designar a los padres del culto a Belona, diosa de la guerra.

Una de las voces más consultadas y escuchadas no solo ahora sino en los últimos años, cuando la amenaza terrorista se hacía inminente, es la del juez antiterrorismo Marc Trévidic. Apenas en septiembre había advertido que la alarma terrorista estaba en su grado máximo. "El terrorismo es una escalada: intenta siempre ir más lejos, golpear más fuerte. Para mí, es evidente que hay un Premio Goncourt del terrorismo —los atentados del World Trade Center— que los terroristas buscan superar. No creo que Abou Bakr al–Baghdadi[1] y su ejército se conformen por mucho tiempo con operaciones exteriores de poca envergadura. Están ideando algo grande cuyo objetivo es el hexágono francés. Somos el blanco ideal. Tradicionalmente el adversario número uno del terrorismo jihadista era Estados Unidos, pero los parámetros han cambiado. Los estadunidenses están lejos, aunque ahora somos su principal aliado en esta lucha. La proximidad geográfica, los enlaces en Europa y la facilidad de enviar a nuestro territorio voluntarios aguerridos, hacen de Francia el blanco principal del EI. Un boleto de 200 euros a Turquía basta para pasar al acto". Estas mismas palabras las repitió el juez Trévidic en las distintas ocasiones en que fue entrevistado después de los ataques del 13 de noviembre; ataques que, por cierto, no le sorprendieron.

Al este del paraíso

Salvo por su vida nocturna, el distrito XI es de los menos conocidos para quien no vive en París. Esta zona ubicada al este tiene una historia muy ligada al pasado revolucionario francés. Prueba de ello son las tres importantes plazas que lo acotan: la Place de la Bastille, la Place de la Nation y la Place de la Republique. Antaño fue un enclave obrero pero con los años ha sido objeto de la llamada gentrificación, convirtiéndose en un lugar de moda para los "bobós" (bourgeois–bohèmes). La calle Oberkampf es el epicentro y los nombres de sus bares denotan el carácter branché: Le Kitsch, Bespoke, La Mercerie, Quartier Général, Les Philanthropes, A la Folie, Ex Nihilo... No lejos de ahí, en el Boulevard Voltaire, se encuentra el Bataclan.

La diversidad cultural es otro aspecto que distingue al XI distrito; en sus calles conviven individuos de distintos credos y religiones en una relativa armonía. Al bar Le Carillon acuden tanto magrebíes como recalcitrantes parisinos; y el Petit Cambodge es un restaurante de comida asiática con clientela variada. Al parecer, es este aspecto de integración exitosa el que molesta a los extremistas islámicos, y es ahí donde decidieron golpear. "Cualquiera que sea el contexto, época o latitud", refiere Edwy Plenel, cofundador de Mediapart, medio independiente de noticias, "el terrorismo apuesta por el miedo. En el seno de estas lógicas asesinas están las profecías autorrealizadoras: provocar mediante el terror un gran caos del cual se espera suscitar la cólera, el resentimiento, la injusticia. Los terroristas no tenían como blanco lugares manifiestamente simbólicos como en los atentados de enero (Charlie Hebdo y un supermercado judío). En esta ocasión, armados antes que nada de una ideología totalitaria, iban a matar toda pluralidad, borrar toda diversidad, negar toda individualidad; tenían por misión aterrorizar a una sociedad que encarna esa promesa de libertad".

En el siglo XIII había una ley que proclamaba que si un siervo respiraba el aire de París, se volvía un hombre libre. Hoy día, esta libertad es usada por individuos que aprovechan la laxitud que el Estado les otorga para actuar a su antojo. De pronto, en Francia se habla de guerra, de una situación de guerra inminente. Para el historiador Pascal Ory, el terrorismo es la guerra de nuestro tiempo. "Este viernes 13 me parece confirmar, palabra por palabra, lo siguiente: el terrorismo es la guerra, el terrorismo es la guerra de nuestro tiempo, en la historia, el terrorismo siempre ha fracasado. En realidad, el objetivo del terrorismo no es matar sino propagar el terror. Terror: estremecimiento del enemigo, reducido a la parálisis (asombro), a la pérdida del control, a la pérdida del rostro. Cuando Aristóteles habla también de terror (traducción habitual de su phobos), el objetivo final es, lo sabemos, la catarsis, a la vez expiación y purificación: todo lo que hace la diferencia entre un film de acción y una snuff movie. En términos políticos: la diferencia entre un tribunal por Charlie y una Kalashnikov. Es decir, el Estado de derecho".

El punto de vista histórico será siempre revelador para entender el presente. Para Sophie Bessis, historiadora y autora de libros como El doble impasse. Lo universal a prueba ante los fundamentalismos religiosos y mercantiles, Francia está pagando las inconsecuencias de su política en Medio Oriente. "Seamos realistas, pedimos lo imposible, clamaron en las calles de París los utopistas de mayo del 68. Ser realista hoy es reclamar a aquellos que gobiernan ir a las raíces de este mal que cegó la vida de al menos 129 personas en la capital francesa. Son múltiples, no se trata de hacer aquí un inventario. No voy a evocar ni el abandono de los suburbios, ni la escuela, ni la reproducción endogámica de elites francesas incapaces de leer la complejidad del mundo. Desde que empezó a ganar poder al inicio de los años setenta, los dirigentes occidentales se convencieron de que el islamismo era la fuerza política dominante en el mundo árabe–musulmán. Adicción del petróleo de por medio, reforzaron el pacto faustiano que los ligaba a los Estados que son la matriz ideológica del jihadismo. Incluso inventaron un oxímoron, islamismo moderado, para poder justificar estas alianzas. Los muertos del 13 de noviembre son las víctimas de esta ceguera voluntaria".

El sociólogo y filósofo Edgar Morin apunta en el mismo sentido: para evitar una lucha armada en Francia, debe haber paz en Medio Oriente. "Recordemos que las fuerzas de ISIS son endógenas al Islam, donde constituyen una minoría demoniaca que cree luchar contra el Demonio. Es el Occidente, sobre todo estadunidense, el aprendiz de brujo engendrador de estas fuerzas ciegas que se han desatado. Podemos denunciar sus monstruosidades aquí y allá, pero sin omitir las nuestras. Pues también utilizamos, a nuestra manera occidental, masacres y terror: los objetivos de drones y bombarderos no son solo militares, también son poblaciones".

Para el también filosofo Etienne Balibar, más que estar en guerra estamos dentro de una guerra en la que a veces damos golpes y a veces los recibimos. "No es sencillo definir de qué guerra se trata, pues está hecha de muchos tipos, acumulados con el tiempo y que parecen inextricables. Guerras de Estado a Estado (o un pseudo Estado como ISIS). Guerras civiles nacionales y transnacionales. Guerra de 'civilizaciones', pues se creen una. Guerra de intereses y de clientelas imperialistas. Guerra de religiones y de sectas o justificadas como tales. Es el gran stasis del siglo XXI, que compararemos con el tiempo, si sobrevivimos, a sus modelos antiguos: la guerra del Peloponeso, la guerra de los Treinta Años...".

Un otoño templado

Si hay algo que preocupa a los parisinos, además de la gastronomía y el buen vino, es el clima. 2015 ha sido con mucho un año benévolo en cuestiones climáticas. La entrada del otoño fue plácida, las temperaturas en noviembre han marcado récords de calidez. Michel Crépu, redactor jefe de la Nouvelle Révue Française, vivió una tarde peculiar el 13 de noviembre en el entierro del filósofo André Glucksmann. "Hacía buen tiempo, el otro día, en Père Lachaise, para decir adiós a André. Estaba presente toda una tribu de una época a la cual no le faltaba ningún centinela, de Daniel Cohn–Bendit a Pascal Bruckner, de Bernard–Henri Levy a Bernard Kouchner. Impresión extraña de una historia desdoblada, la de la sociedad de los antiguos del 68, y otra, transgeneracional, la del siglo que nos vio nacer, y luego caminar en una ruta de tinieblas: el gulag, Ruanda, Chechenia, sitios visitados por la conciencia filosófica de Glucksmann. [...] Estábamos absortos en nuestros pensamientos cuando se escuchó Bach, preferido del difunto. La música de Bach, de la que Cioran escribió alguna vez que 'es la única excusa del universo puesto que necesita una'. Y es verdad que en esa tarde de otoño, mientras ardía el cuerpo de Glucksmann, la música de Bach se llevaba todo con ella. Cioran tiene razón: con Bach, el Bien derrota al Mal en el último momento. Podíamos regresar en paz. Pero el tiempo de atravesar París solo nos arrojó a la pesadilla. Pasar de Bach al horror demencial de una noche en el Bataclan. La hermosa tarde en Père Lachaise no tuvo el crepúsculo de melancolía que podíamos esperar".

La novela ganadora del premio Goncourt 2015, Boussole, aborda en buena medida al Medio Oriente pero desde un punto de vista del orientalismo erudito. Su autor, Mathias Enard, vive en Barcelona. Pese a la lejanía, los ataques en París no lo han dejado indiferente. "Los atentados y la violencia no tienen nada que ver con la literatura. Son lo opuesto. Son lo opuesto de la cultura. La tragedia es enorme, gigantesca para todo el mundo, pues el objetivo son las personas. Y más que ellas, es la cultura, la tolerancia. Los atentados no tienen nada que ver con Oriente, con Medio Oriente o con el Lejano Oriente. Son algo mundial. Son una globalización del terror".

Alguien que vivió de cerca esa noche violenta del 13 es la novelista Agnès Desarthe, quien desde su piso en las fronteras de los distritos X y XI presenció los hechos. "Hacia las diez de la noche los teléfonos comenzaron a sonar; esta sirena íntima la escuchamos siempre. Las personas se inquietan por nosotros, porque vivimos cerca de Republique, porque nuestros hijos frecuentan los lugares que ahora vemos una y otra vez por televisión: vidrios rotos, manchas de sangre, cuerpos semidesnudos, espaldas de desconocidos. Me cubro los ojos, como si hubiera perdido ya esa virginidad de la mirada. [...] Algunas llamadas llegan del extranjero. Gente que nos habla, inquieta, y solo entonces nos damos cuenta de que es a nosotros a quienes nos sucede. A nosotros. ¿Pero quiénes somos nosotros? Nosotros, los habitantes del X distrito. Nosotros, los parisinos. Nosotros, Francia, un país donde, no hace mucho me enteré, se hablan 75 lenguas además del francés. Un país de ríos y de bosques. Un país donde uno puede recibir servicios médicos gratuitamente. Donde la mayoría de la gente es malhumorada. Donde no somos muy corteses. Donde la escuela es obligatoria. Donde a los extranjeros se los desprecia como en cualquier otra parte. Un país de clima templado, de gastronomía rebuscada, según muchos. Un país que se observa y no se reconoce. ¿Quiénes somos? Ayer, toda esa noche y a lo mejor mañana, hemos sido, somos y seremos blancos. No hay que dejarse reducir a eso, a ese doble papel que nos propone el terror: espectador o blanco. Cuando la muerte se vuelve un juego, hay que abandonar la arena. Proponer otras reglas, otros juegos. Ser uno. Amar la vida. Ser humano".

[1] El autoproclamado califa del Ejercito Islámico (N. del A.).