Despacito

Toscanadas
(Especial)
(Especial)

La vejez se hace tolerable porque llega poco a poco. Si un joven de veinticinco años amaneciese un mal día convertido en un hombre de sesentaicinco se espantaría ante el espejo. Tendría que llamar a sus compañeros para decirles que este domingo se busquen quién lo sustituya en el campo de futbol y cancelaría la cita amorosa con la novia, pese a que un hombre de sesentaicinco estaría muy contento con una novia de veinte. Luego el espanto pasaría a ser rabia y quizá desconsuelo.

Por suerte los años nos caen encima uno a la vez, día tras día, aunque no por eso exentos de desazón; tanto así que seguido nos vienen a la cabeza los versos de Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida,/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando,/ cuán presto se va el placer,/ cómo después de acordado/ da dolor;/ cómo a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado/ fue mejor”.

Algo parecido ocurre con los dineros. Dejamos que un banco nos desplume paso a paso, que gradualmente nos haga pagar dos o tres veces el valor de lo que compramos, pero nos irrita que en el supermercado nos hayan cobrado dos botes de mayonesa cuando solo compramos uno.

Pues bien, ahora la gasolina no subió centavo a centavo sino veinte por ciento de sopetón. Y ese porcentaje de un día para otro nos despierta de nuestros sueños dogmáticos como no lo hace el cuatrocientos por ciento si viene poco a poco durante cuarenta años de pésima administración por parte de los gobiernos desde José López Portillo hasta nuestros días.

Recordemos que el peso vale una seismilésima parte de lo que valía hace cuarenta años, allá cuando teníamos que acostumbrarnos a administrar la abundancia. A mayor o menor velocidad, en esas cuatro décadas nos han venido recetando gasolinazos, frijolazos, tortillazos, gasazos, luzazos, rentazos, impuestazos y demás que van muy por encima del veinte por ciento. Ya son harto conocidos los esfuerzos adicionales que piden los presidentes a su pueblo, el proverbial “apretarse el cinturón”.

Pensaba en esto porque me topé con un artículo de 1987. El columnista Víctor Wario se lamentaba de que con el salario mínimo vigente se podían comprar apenas diez litros de leche, y aseguraba que en 1979 éste habría alcanzado para 118 kilos de huevo. Pues bien, hoy día pueden comprarse apenas cinco litros de leche y tres de huevo. Así que el huevazo y el lechazo en mucho superan el gasolinazo.

Cuando era estudiante, calculábamos que con tres meses de sueldo de recién egresado se podía comprar un bocho o vocho. Las casas donde vivían los obreros del pasado, hoy con deudas y mucho esfuerzo las ocupan empleados de la clase media.

Así, volviendo a la imagen del chico de veinticinco años, supongamos que duerme en enero de 1976 y despierta hoy. Se escandalizará con cuán pobres se volvieron los trabajadores en esas cuatro décadas y cuán descaradamente ricos se volvieron los políticos en ese mismo periodo. Se reiría del 20 por ciento de la gasolina porque en ello vería la paja y no la viga. Y, sobre todo, se sorprendería de la docilidad del ser humano para dejarse empalar con la única condición de que se lo hagan des–pa–ci–to.