Sabrá Dios

Toscanadas.
Universo.

Ciudad de México

Estoy leyendo un libro científico sobre los orígenes de la vida, publicado por la Universidad de Oxford. En una página tomada al azar, puedo ver las siguientes expresiones: “tal vez”, “quizás”, “generalmente aceptado”, “probablemente”, “de momento aceptada”, “es posible”, “tiende a confirmar”, “podría ser”, “acaso”, “podría haber sido”, “más convincente”, “tal parece”. Cuando el autor pasó a discutir las viejas teorías de Oparin, cerré el libro. No digo que la química, biología y paleontología no hayan aprendido nada en los últimos años, todo lo contrario, pero en cuanto al origen de la vida se avanza con la paradoja de Zenón.

Lo mismo ocurre con el universo, tanto si nos queremos acercar al origen como a sus confines. Para cuando acordamos ya se está hablando de singularidades o linduras como la materia oscura o la energía oscura. En algún pasado newtoniano el universo se explicaba con fórmulas sencillas y la verdad de una teoría radicaba en su sencillez. Hoy, entre más se compliquen las cosas más cerca nos sentimos de la verdad, así tengan que aparecer manos invisibles, distintas dimensiones e infinidad de universos.

No recuerdo quién dijo que el universo no solo era más extraño de lo que imaginamos, sino que es más extraño de lo que podemos imaginar. Por su parte, Richard Feynman dijo: “Si crees que entiendes la mecánica cuántica, entonces no entiendes la mecánica cuántica”.

En su libro Un universo de la nada, Lawrence Krauss no revela lo que se supone que debía revelar, en tanto que ni ciencia ni filosofía han respondido la inquietante pregunta de: ¿por qué hay algo en vez de nada?

Por supuesto no estoy poniéndome religioso. Sería tanto como nostalgiar la Edad Media. Celebro todo lo que el ser humano ha aprendido en tan pocos siglos pese a que apenas una mínima fracción de esa humanidad se ha dedicado a pensar; pero de cierto os digo que pasará esta generación sin que tengamos respuestas a las preguntas esenciales.

¿Cómo se originó la vida? ¿Qué pasó con los 43? ¿Hay un límite a la expansión del universo? ¿Dónde quedó el avión de Malaysia Airlines? ¿Qué había antes del Big Bang? ¿Cuánta lana desfalcó Rodrigo Medina? ¿La selección natural explica la evolución? ¿Existen los dioses? ¿Todo fue legal en el asunto de la casa blanca? ¿Acabará por demostrarse la hipótesis de Riemann? ¿Y la del asesino solitario? ¿Existe el multiverso? ¿Para qué sirve la Secretaría de la Función Pública? ¿De veras la velocidad de la luz es un límite? ¿Tiene alguna validez la teoría de cuerdas o es un disparate?

Como suele ocurrir, este 2016 sumará más preguntas que respuestas. En parte porque algunas dudas son complicadas; en parte por falta de inteligencia. Podemos llenar el zócalo para exigir que nos expliquen cuál es la esencia del tiempo o podemos torturar a varios físicos teóricos para que demuestren la existencia de la materia oscura o el Estado puede nombrar un funcionario para que nos diga qué hay más allá del universo observable, pero supongo que de poco servirá.

En 1930, el matemático regiomontano David Hilbert lanzó en Königsberg el reto: “Debemos saber. Vamos a saber”, y casi siempre mi ánimo está con él. Aunque a veces me descorazono, y me inclino entonces por las notas de Álvaro Carrillo. “Sabrá Dios. Uno no sabe nunca nada”.