No hay quien le quite lo güey

Toscanadas
(Especial)
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No necesitábamos de la prueba PISA para saber que la situación educativa de México anda por los suelos; nada ha ocurrido en este sexenio para anticipar una mejoría, y ya el propio secretario de Educación anticipó que México obtendrá los mismos resultados en 2018. Menos mal que es funcionario de un gobierno incapaz; pues en cualquier otro puesto, perdería su empleo solo con decir tal cosa. Imaginemos un entrenador de futbol que dijera: “Mi equipo descenderá a la segunda división”. En ese momento lo echarían. Pero en fin, ya sabemos que lo último que hace un funcionario es renunciar.

La cuesta abajo se seguirá dando por algo que he mencionado en varias ocasiones: no existe una reforma educativa. Pero esto no se debe a la renuencia de los líderes maestriles, sino a que un puñado de políticos poco ilustrados apenas tuvo cabeza para pensar en una reforma magisterial, nunca educativa. Y juntos, sindicatos, maestros y autoridades, condenaron a millones de niños a desperdiciar sus mejores años cerebrales en un proceso de gradual enmemizamiento.

Luego ya es demasiado tarde. Como dice el proverbio: “Lo que no aprendió Juanito nunca lo sabrá Juan”. Y es que la inteligencia debe desarrollarse en la infancia; más tarde es muy tarde. Por eso la escuela debe ser un lugar de reto, de exigencia; no de apapacho o ablandamiento sicológico. La escuela debe ser como la víbora de la mar, donde los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán. Si nos apiadamos por los de atrás, si los esperamos, acaban todos por quedarse rezagados; y entonces la escuela no sirvió sino para mediocrizar.

Así las cosas, dentro de unos años, los jóvenes que hayan cursado la primaria en el mismo sexenio peñista cargarán con el estigma de la desconfianza. Seguro no saben ni sumar, pensará un posible empleador. Seguro no saben leer. Pero eso sí, serán un blanco muy atractivo para las campañas políticas. ¡Voten por el PRI! Y esas mismas cabezas subdesarrolladas habrían hallado plenitud con el simple hecho de haber nacido en Singapur. “No; tonto no era”, dirán las madres, “pero así me lo hicieron en la escuela”.

Al final, el gran desfalco no lo realizaron los Duarte ni los Moreira, sino un sistema gastado, corrupto, holgazán, inepto, apático, mafioso y estancado que al pian piano va liquidando neuronas, malversando años, restando humanidad; un sistema que toma niños tan brillantes como los finlandeses o japoneses y los transforma en jóvenes tan zonzos como los colombianos o montenegrinos.

Si agarramos a un muchacho promedio en México podríamos preguntarnos cuántas palabras podrían estar en su cabeza, cuántos versos, historias, números, ideas, sueños, planes, ambiciones, cuánta dignidad, cuánto orgullo, cuánto ánimo por expresarse, cuántos libros leídos, por leer y hasta por escribir, cuántos empleos dignos. Cuánta humanidad. Cuánta riqueza intelectual. Cuánto bienestar.

Mas en la realidad, ese muchacho promedio tiene poco más que dos monosílabos y la tabla del siete. Y dice Aurelio Nuño que así se va a quedar, que en México no hay quien le quite lo güey.