Sos grande

Toscanadas
La creación de Adán
La creación de Adán (Miguel Ángel)

Si alguien cree en un invisible espíritu todopoderoso que se apacigua cuando le repiten cientos, miles, millones, billones de veces unas mismas frases halagadoras, está en su derecho. Si alguien quiere imaginar que ese espíritu tiene un ojo omnimetiche que se entretiene mirándonos cuando dormimos o salimos a la calle o nos metemos en el baño o nos bebemos un trago o nos rascamos o nos cortamos las uñas, está en su derecho. Si alguien cree que esa entidad es inconcebiblemente inteligente a pesar de que nunca dijo nada que no pudiese entender un pastor iletrado de hace seis mil años, no solo está en su derecho, sino que está en su capacidad. Si alguien cree que ese ser amoroso fue el peor padre del mundo al enviar a su hijo con el único propósito de que lo flagelaran bonitamente porque de entre todas las posibilidades de perdón solo se le ocurrió un extraño proceso lleno de sangre y torturas, está en su derecho aunque no entienda el asunto y termine llamándole “misterio”. Si alguien percibe actos de justicia en hacer llover agua hasta eliminar a casi toda la humanidad, en hacer llover azufre en ciudades donde había muchos niños aún incapaces de pecar, en pasear durante cuarenta años a sus elegidos por el desierto hasta que todos murieran, también está en su derecho aunque se trate de una sinrazón.

Pero nadie tiene el derecho de utilizar estas fantasías inanimadas de ayer y hoy para legislar en un país. Los derechos humanos no pueden depender de un dictadorzuelo imaginario de un reino también imaginario ni mucho menos de las diversas instituciones que se sienten embajadas de ese reino. La ley debe construirse con argumentos, no con supersticiones.

Además, resulta curioso que el tal dictadorzuelo suela mostrar harta tolerancia con los asesinos, ladrones y corruptos, pero no así con la vida privada de los laicos. Basta ver la larga ristra de jefes de Estado asesinos, ladrones y corruptos que han sido amablemente recibidos por Su Santidad, que no mía, al tiempo que no le abrió la puerta al embajador francés por sus preferencias en el amor.

Esta exitosa hipocresía hace que los gobiernos amen a la Iglesia. Se fingen entes aparte, hasta llegan a presentarse rivales, pero siempre están bailando la misma canción. Un gobierno se pone muy feliz cuando ve que los ciudadanos religiosos se movilizan contra una ley de matrimonios igualitarios, muy feliz de saber que toda esa borregada está protestando contra la libertad, y que en cambio nunca se movilizarían para defender el verdadero discurso cristiano, que era mucho menos entrepernil y mucho más social; que tenía como máxima preocupación la injusta distribución de las riquezas.

Por algo en la historia casi siempre hemos visto apareadas a las instituciones religiosas con los gobiernos totalitarios. Y ahora, ante el desastre del gobierno peñaniético, iremos viendo el coqueteo de la Iglesia con la derecha y de la derecha con la iglesia, hasta convertirse en romance. Así es que de una vez podemos predecir que en el siguiente sexenio se avanzará poco, e incluso se retrocederá, en materia de libertades y derechos. Mas no se preocupen, queridos amigos, gracias a eso tendremos mejores posibilidades de ir al cielo, un lugar que, según nos cuentan, es peor que Corea del Norte, pues nada hay para hacer en toda la eternidad sino contemplar al dictador en su trono y decirle con acento porteño: “Sos grande”.