El sabio tonto de Monterrey

A fuego lento
(Especial)
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David Toscana ha dado vida a un personaje insustancial, un don nadie sin oficio ni inteligencia, que a pesar de sí mismo provoca disputas intelectuales y encontronazos teológicos, que pone a las matemáticas de cabeza y hasta remueve los cimientos del arte y el futbol. Ha conseguido, en pocas palabras, que las piedras hablen y los páramos tengan la apariencia de un vergel. A eso se dedica la gran literatura: a convencernos de la existencia de gigantes con la apariencia de molinos de viento.

Olegaroy (Alfaguara, México, 2017) es pues la novela de un personaje: Olegaroy, un hombre de 53 años, insomne y obeso, atenido a su madre, quien se alimenta, y alimenta a su hijo, con los canapés que hurta de los funerales. Suena carnavalesco y carnavalesco es el mundo que Toscana ha erigido desde Estación Tula y Santa María del Circo. ¿En qué radica la grandeza de este personaje que pasa los días intentando resolver el crimen a puñaladas de una joven solitaria y hermosa en la disciplinada ciudad de Monterrey de 1949? No en su habilidad para sacar conclusiones erróneas de todo hecho cotidiano sino de su incapacidad para estar en el mundo. Sabemos de Olegaroy por la intervención de un narrador malévolo, siempre dispuesto a confirmar los desatinos que se transforman en verdad revelada y en la bandera de fanáticos o seguidores. Si resuelve, por ejemplo, contraer de nuevo matrimonio porque “En estos días he tenido experiencias transformadoras. Ya no soy el mismo con el que Salomé se casó”, sus palabras se vuelven la semilla de enconados debates sobre la vitalidad de las células humanas y los misterios de la resurrección.

Este “impío sofista regiomontano” alcanza, sin llegar a comprenderlas, revelaciones como por qué hay algo en vez de nada o si es posible que un infinito engendre otro infinito. Es, en muchos sentidos, un pícaro que por las noches diserta en un parque donde se reúnen una prostituta —su esposa—, un matemático esquizofrénico y un cura rebelde. Si las acciones transcurren en un tono de teatro guiñol, la escritura se piensa como una glosa de las ideas que generan los axiomas de Olegaroy. No es posible, por lo mismo, tomarse las cosas en serio. Solo importa el acto de contar.

David Toscana es incapaz de quedarse en un mismo lugar, de sentirse cómodo en una realidad que parece sentarle bien. Se reinventa en cada novela. Con Olegaroy ha reflexionado sobre la imposibilidad de conocer las leyes terrenales y del universo mediante las palabras. Lo que resulta irónico, y por demás placentero, es que Toscana expresa este vacío con toda la potencia estética del lenguaje.