El legado secreto de David Ojeda (1950–2016)

Visceral e inteligente, impecable en la técnica pero incorrecto en lo político, es triste, muy triste, que David Ojeda (1950–2016) haya muerto
David Ojeda
David Ojeda (INBA)

Pues no solo perdimos a uno de nuestros narradores más personales, arriesgados y críticos, sino también a un activo promotor cultural. Con su labor en los talleres de provincia, Ojeda fue un auténtico misionero de la literatura, responsable de formar a narradores y poetas como Luis Humberto Crosthwaite, Jesús de León, Félix Dauajare, Juan José Macías, Jorge Humberto y Miguel Ángel Chávez, cuyo ejemplo fertilizó a su vez la más reciente camada de escritores del norte y centro del país. Como “maestro de maestros”, David Ojeda debería ser reconocido por su aporte a la reconfiguración de las letras mexicanas, aporte que acaso constituye su legado más evidente.

Para entender por qué su herencia como narrador fue menos visible, debe recordarse que Ojeda, a contrapelo, decidió escribir en San Luis Potosí, su ciudad natal, en vez de emigrar a la capital nacional de la cultura, como tantos hicieron. Esa decisión tuvo un precio. Por más que obtuviera el prestigioso Casa de las Américas, Las condiciones de la guerra (1978) fue desdeñado por la crítica mexicana, asustada tal vez por sus temas subversivos y sus audacias formales. Todavía hoy, cuentos como “Frankie” deslumbran por su estructura neobarroca, por su humor, su intertextualidad y su técnica narrativa, que mezcla la realidad con los sueños, al autor con su personaje, los mitos con el insomnio, la esperanza utópica con el desencanto poético.

Guiado por sus convicciones y su instinto transgresor, en esta primera época su obra maestra fue Cuando el espejo mira (1989), una noveleta publicada por una notable editorial independiente, Joan Boldó i Climent. Estructurada en un solo capítulo, esta “novela río de cuentos” es la crónica alucinada de una ciudad y una noche que contienen dentro de sí múltiples noches y ciudades: espacio y tiempo que se multiplican, se invierten, se deforman sobre el espejo de la página literaria. Inconseguible en la actualidad, la escasa distribución de esta noveleta puede explicarse, tal vez, por el deceso de su editora, Nuria Boldó, que condenó al tiradero todos los bellos libros que había editado.

Tras Los testigos de Madigan (Verdehalago, 1995), con su afortunada mezcla de prosa y verso, Ojeda publicó El teorema de Darwin (Conaculta, 2000), que evidenció su tránsito hacia una prosa más sobria y concentrada. Este cambio estilístico se consolidó después en sus dos novelas más conocidas: La santa de San Luis (2006) y El hijo del coronel (2008), ambas publicadas por Tusquets. La primera —una venturosa incursión en la novela histórica— desmitifica la figura de Concepción Cabrera de Armida, la “santa” potosina que se hizo famosa por sus arrebatos místicos, mientras que la segunda —ubicada en la Huasteca potosina— entrelaza tres voces para hacer una disección de nuestros prejuicios en torno a la transexualidad y la identidad personal.

Me atrevo a sospechar que estas dos novelas iban a conformar una trilogía sobre “la potosinidad” que sería completada con Brujas latinas: la obra que Ojeda concluyó poco antes de morir y que confrontaba su vida y su tiempo con los de Manuel José Othón, su paisano. Quisiera pensar que al ser publicada, esta novela —junto con sus ensayos y artículos dispersos— por fin nos permitirá aquilatar su legado secreto, su poética, es decir, su rigurosa y contracultural visión del mundo y la palabra, lo político y lo literario. Una poética que él ponía en práctica cada vez que corregía cuentos de sus alumnos, cuando armaba una antología, escribía un artículo o se bronqueaba con las instituciones para publicar o promover la obra de sus contemporáneos.

Sí, es triste, muy triste, que David se fuera. Sin menoscabo a nuestro luto, celebremos que el viejo amigo haya dejado de sufrir, así como las historias, los recuerdos, la enseñanza que nos legó.