En busca del mayor Tom

Memoria
Earthling
Earthling (Frank W)

Madrid

Como Christiane F, la chica heroinómana de Los niños de la estación del zoo, que ve cumplido su sueño de ver en vivo a David Bowie, en el verano de 1996 conduje un pequeño Renault 5 por las carreteras españolas hasta los Pirineos catalanes con el único fin de ver sobre el escenario al músico y compositor cuyas canciones habían formado parte fundamental de la banda sonora de mi adolescencia y juventud.

Bowie acababa de publicar su decimonoveno álbum, Outside, el cual representaba el regreso de Brian Eno como mancuerna en la producción e instrumentación, y mostraba a un enjundioso y renovado Bowie, quien daba una nueva lección de cómo debía reinventarse un artista a partir de la búsqueda, el riesgo y la experimentación.

En aquel paraje idílico rodeado de montañas, Lord Bowie apareció tras una jornada en la que habían desfilado por las tablas gente como un jovencísimo Moby, los duros Sepultura o Suede, precedido por los acordes de un guitarrazo que irrumpió en la campiña y los golpes de un bajo ejecutado por una negra de ébano que le abría el camino a su voz, mientras con sus largos dedos sujetaba un cigarrillo que deleitaba como si aspirara las estrellas de la noche.

Con una levita salpicada de lentejuelas que estampaban la Union Flag británica, el cabello rubio escrupulosamente bien peinado y los ojos bicolores atrapando las miles de miradas que lo seguían hechizadas, aquella noche memorable Bowie repartió su nueva música con el aplomo de un maestro bien curtido en el oficio.

Llevaba poco más de una década metido en una deriva creativa un tanto comercial, desde que su disco Let’s Dance (1983) lo había aupado al número uno de las listas de más vendidos. Sus siguientes obras, Tonight (1984), Never Let Me Down (1987) y Black Tie White Noise (1993) no lograron calar en el gusto de sus fans de toda la vida, esos que rendían pleitesía a The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, Aladdin Sane, Diamond Dogs, Station to Station, Low, Heroes, Lodger o Scary Monsters.

Sin embargo, aquella noche no pretendía otra cosa que atender a mi nostalgia y ver al mito, sentir su música de cerca, en vivo, aunque tuviera que chutarme una dosis de rítmicas bailables. Pero no fue así, y en cambio recibí una sobredosis de puro rock en vena, trepidante, eléctrica, casi inesperada, que me permitió comprender que estaba ante uno de esos raros ejemplos de músicos que van y vienen por el mainstream sin perder el rumbo, simplemente porque les apetece darle un giro a su trabajo y prueban y prueban y prueban sin que su talento se resienta.

Y no contento con dejar alucinado al personal con su nueva música, y tras reventar la tierra con temazos como “Hallo Spaceboy” o “I’m Deranged”, Bowie trajo al presente una serie de deslumbrantes versiones de “Five Years”, “Ashes to Ashes”, “Space Oddity” y “Heroes”, ese himno que canto y escucho desde finales de los años setenta y que no me cansaré de cantar y escuchar mientras viva.

Aunque no hubiera hecho falta, esa noche en los Pirineos catalanes Bowie me reconquistó para siempre, inyectándome su música en el flujo sanguíneo como una droga que te devora y te hace subir y subir hasta alcanzar el cielo, y sabes que nunca podrás dejarla.

Dice William Burroughs que un adicto nunca deja de crecer. Con Bowie, con mi adicción a la música de Bowie, no he dejado de crecer. Earthling, Hours, pero sobre todo Heathen, Reality, The Next Day y ahora mismo Blackstar, siguen dándome qué pensar sobre cómo entendía la música este hombre nacido en Londres en 1947 y que dos días después de su  cumpleaños 69 emprendió el viaje definitivo en busca del mayor Tom.

Bowie dijo en cierta ocasión: “El verdadero éxito viene cuando alcanzo una cierta plenitud en la composición e interpretación de un trabajo. Cuando un trabajo es artísticamente vibrante, siento que he alcanzado ese tipo de éxito que me parece el único por el cual vale la pena luchar. Cualquier éxito material es algo secundario o, supongo, una especie de bono de reconocimiento. El éxito real es artístico y espiritual”.